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 La Entrevista Parte III 
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Sargento
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Nota La Entrevista Parte III
La Entrevista
(Parte III)


En ese momento hice una pausa, tanto para descansar como para dejar descansar a mis entrevistados (y a Hayes ir a buscar unos sándwiches para la hora del almuerzo), y para ocuparme de una misión particular: reportarme con Denise. No es que necesitara hacerlo, pero nunca está de más una llamada telefónica, aunque más no sea para que más tarde no se me reproche el no haber llamado.
En fin, después de alejarme a un cuarto en donde pudiera hablar por privado para decirle a mi prometida que estaba vivo y respirando mientras ella devoraba abogados y alegatos en la corte de Nueva York, volví a la sala de estar para encontrarme con mis dos entrevistados, que me recibieron con una mirada pícara que me incomodó más que cualquier grito.
La que rompió el silencio fue Lisa Hayes en cuanto me senté, quizás porque temía que fuera a trastabillar si me preguntaba antes.
– ¿Todo en orden?
– Por suerte, así es – confirmé, mostrándoles mi teléfono como evidencia. – Simplemente me reportaba para evitar problemas después.
Hunter gruñó, pero sin perder la sonrisa:
– Sana actitud, muchacho.
– Y sólo te tomó cincuenta años darte cuenta – le reprochó jovialmente su esposa, y él se encogió de hombros.
– Pero lo hice – se defendió él mientras se apoderaba de un sandwich. – Nunca hay que hacer enojar innecesariamente a la familia.
Ella lo acompañó en la risa por unos instantes, pero bien pronto suspiró y volvió la tristeza a sus facciones. La mirada de aquella anciana volvió a perderse en el infinito de la tristeza, y entonces me refrené de sonreír, mientras dejaba que el silencio obrara lo que tenía que hacer.
– Después de toda la gente que perdimos en estos años... – dijo entonces ella, sin mirarme ni a mí ni a su esposo. – Todo lo que te ocurrió te hace valorar mucho más a la gente que tienes cerca de ti.
Ante eso, no había quien pudiera objetar. Y de pensar en lo que vieron ellos, no había forma de que no me llegara al alma.
Sin embargo, mediante lo que sólo puedo calificar como "instinto profesional", encontré allí una nueva vía de preguntas para hacerles a aquellas dos personalidades. Como si los méritos militares y políticos, y todas las controversias asociadas, no fueran suficientes para garantizarles a ambos un lugar de privilegio en la Historia, la vida privada de Rick Hunter y Lisa Hayes ha tenido ribetes y vericuetos dignos de la más lograda novela romántica... o de la más espectacular holonovela imaginable.
Créanme, debería saberlo bien: lo que ocurría en cada capítulo de Robotech con Rick y Lisa (o los actores que los representaban en la serie de holovisión, que he de decir que estuvieron muy bien logrados) era el tema favorito de Denise durante nuestras cenas. Baste decirles que por más amante del pop que sea mi Denise, regalarle música de Minmei siempre fue la forma más certera de asegurarme una muerte brutal y dolorosa. Tampoco puedo culparla: es dura de escuchar.
Pero en fin, divagaba. La historia de amor de Hunter y Hayes, aquella que fuera bien llamada por el general Shelby en una entrevista como "esa guerra de la que nos tomábamos vacaciones para matarnos con los Zentraedi", es épica. Admitámoslo, hasta el más duro y recio se quedó sonriendo como un condenado cuando escuchó la historia del rescate de la Base Alaska durante el Holocausto... o cuando vio aquel capítulo de Robotech por holovisión.
Era hora de preguntar sobre la vida íntima de ambos. No sobre los detalles, que ya eran harto conocidos por todos, sino sobre otros aspectos.
– Como es el caso de ustedes dos – dije para abrir la línea de preguntas luego de dar cuenta de un sandwich, y Hayes se sobresaltó y sonrojó a la vez.
– ¿Perdón?
– Parte de la fama que tienen ustedes viene por la... historia que hay entre ambos – dije como quien no quiere decir de entrada que quería abordar su particular (y soy generoso con el término) historia romántica.
El sonrojado fue mutuo, al igual que las sonrisas nerviosas de aquella pareja legendaria. Les di algo de tiempo para que se hicieran a la idea, y debo decir que se hicieron a la idea mucho más rápidamente que lo que esperaba, pues en cuanto pudo hilar una palabra, Hunter dijo con voz de querer estar a miles de años luz de ahí:
– Bueno...
– Como lo dice usted, lo hace parecer como... – intervino su esposa, y luego el propio Hunter acabó la frase.
– Como si fuera algo más que una clásica historia...
– Dos personas que se conocen y que... – intentó explicar Hayes, aunque su conciencia traicionó la presunta condición de "clásica" de su historia mediante unas ahogadas risas. – Bueno, que se casan-
Los dejé reír y respirar, y luego continué con mi arremetida.
– Con todo el respeto del mundo, dudo mucho que haya algún matrimonio en el Universo entero con una historia como la suya.
– Max y Mir- – comenzó a responderme Lisa con un guiño cómplice. – Los Sterling se ofenderían si lo escucharan, Jeff.
– No lo dudo y acepto la corrección – reconocí encogiéndome de hombros y dispuesto a seguir. – Pero más allá de los hitos que marcaron en... las relaciones entre humanos y alienígenas, los logros históricos de los Sterling, y con esto no pretendo desmerecerlos ni hacer ninguna clase de comparación entre ellos y ustedes, han sido estrictamente en el campo de batalla.
Ambos me miraron extrañados, con sus manos congeladas mientras sostenían el café.
– Nunca tuvieron el destino de la raza humana en sus manos – traté de explicarme. – Como sí lo han tenido ustedes.
El almirante Hunter carraspeó e intentó defenderse y desviar un poco la marcha de la conversación.
– Creo que eso es un tanto exagerado...
– La formación y conducción de las Fuerzas Expedicionarias, la Marcha Hacia Tirol, la Tercera Guerra Robotech, la Liberación... la Segunda Reconstrucción... – lo interrumpí aún sabiendo que en eso podía írseme la vida misma. – No exagero cuando digo que este mundo es lo que es hoy en día gracias a sus decisiones.
Hubo un breve silencio y otra vez se sonrojaron, pero esta vez no fue algo agradable de ver. Sabía en lo que me estaba metiendo, aunque no tendría plena confianza de hasta qué punto estaba metido sino hasta más tarde en la entrevista.
– En este punto me interesa saber la dinámica entre ambos detrás de aquellas decisiones – pregunté sin cambiar de tono, con la esperanza de aliviar un poco el clima que se había creado. – Ustedes podrán haber tenido los cargos que ocuparon y tomado las decisiones que tomaron en su momento, pero al final del día eran un matrimonio...
Sentí la mirada azul de Hunter y la verde de Hayes como verdaderos latigazos sobre mí, y mi esfuerzo por aparecer sonriente y calmo comenzó a flaquear.
– ¿Cómo se sobrelleva la vida de casados así? – pregunté finalmente, convencido de que cualquier estiramiento innecesario hubiera acabado con la paz de la entrevista.
– ¿Busca consejos conyugales, Jeff? – replicó sin perder tiempo ella, guiñándome un ojo mientras su esposo meneaba la cabeza y sonreía.
– Si vinieran de ustedes, los tomaría al pie de la letra – reí, aliviado por dentro de que la tensión se hubiera disipado. – Cuarenta años de matrimonio que sobrevivieron a toda la demencia de medio siglo...
Hunter dejó escapar una carcajada de aquellas que daban gusto escuchar, mientras Hayes meneó la cabeza y respiró con fuerza, dándome la impresión de que trataba de ganar tiempo para pensar mejor una respuesta.
– Realmente no sabría qué decir para responder a esa pregunta, Jeff... cualquier respuesta que te pudiera decir sería sobresimplificar algo demasiado... demasiado íntimo y complejo como para poder describir – me dijo finalmente; sus manos se movían inquietas, como si con eso. – Es una mezcla de conocer a la otra persona casi tanto o más que a ti mismo... y dejar que el otro te conozca hasta que no existan secretos entre ambos.
Hunter asintió y le sonrió a ella, tomándola de la mano mientras se hacía cargo de responderme.
– Y ver al otro no como un problema o una complicación, sino como tu único y más verdadero aliado... la persona que, aunque el resto del Universo colapse en torno a ti, siempre va a estar a tu lado y cuidando tus espaldas.
Ella lo miró y le sonrió, y yo me sentí cada vez más como que no tenía nada que hacer allí, mientras los dos se turnaban para responder la pregunta que había hecho yo.
– Cuando sabes que el otro es tu único remanso de paz, tu único refugio en la tempestad.
– El único hombro en el que puedes llorar hasta quedarte dormido – agregó él, ignorando todo lo que existía por fuera de su esposa, quien me lanzó la siguiente frase.
– Cuando sabes que la única verdad que tienes en la vida es que quien está a tu lado te ama.
¿Quieren que les diga algo? Bueno, no se los diré. Nada de lo que diga yo puede hacerle justicia a lo que vi entre ellos en ese instante. Llámenme cursi o lo que quieran, pero les digo que en ese momento vi amor puro. Si ustedes son cínicos y creen esas idioteces que dicen por ahí sobre la "conveniente" relación entre ambos, o de cómo Hunter engatusó a la hija de un almirante para trepar por la cadena de mando, o esas imbecilidades sobre la supuesta ninfomanía de Hayes, esas miradas les hubieran obligado a golpearse el pecho y pedirles perdón de rodillas.
¿Exagerado? Yo estuve ahí, muchachos. Sé lo que vi.
– Para llegar a eso no tiene que haber secretos – me dijo de pronto Hunter, recordando que yo estaba presente ante ellos, y recordando que a fin de cuentas toda esa respuesta era a una pregunta que había hecho yo. – Entiendo que alguien pueda querer proteger al otro de la verdad, pero lo único que hace es hacer más duro el momento de la verdad, e incluso privarse de encontrar una solución a través del otro.
– Y si tienes problemas, los llevas hasta el fin – intervino con plena determinación Hayes. – Los purgas a como dé lugar y sin importar lo dolorosos que son.
– No voy a mentirte, muchacho: no es un lecho de rosas ni es una vacación a perpetuidad – me advirtió Hunter, apretando los labios mientras su esposa asentía con resignación. – Están esos momentos en que quieres estrangular a la otra persona porque ya ni le toleras los hábitos, o las opiniones... o las histerias particulares...
– O lo bocones que son – lo calló ella, agregándole un golpe bastante certero en el hombro, de esos golpes que sólo toleras si te lo hace alguien muy cercano y sin la menor intención de lastimarte, y luego continuó respondiéndome. – Lo único que puedo decirte es que lo mejor que puedes hacer es mantenerte enfocado en el problema y no en la persona.
– Cuando conviertes a la persona en parte del problema, la única solución que encuentras es deshacerte de la persona – intervino Hunter, y yo me encontré asintiendo con más energía y emoción que la que debí haberme permitido.
– Lo que nunca, jamás, debes plantearte es que la solución pasa por abandonarlo todo y separarte – me recomendó Hayes como si en ese consejo se le estuviera yendo la vida misma... y la energía en su voz y su mirada me sobrecogieron. – Entiendo que hay circunstancias en que eso es precisamente lo que debes hacer, pero son la excepción y no la regla.
– Si ya desde el vamos te niegas a considerar la separación como una solución, puedes enfocarte mejor en todas las otras soluciones y salidas que pueden existir – resumió Hunter. – Y resuelves el problema en lugar de arrojar al bebé con el agua del baño.
Los dos me miraron, y por el amor de Dios que traté de decirles algo, pero no podía. Por fortuna, ella me libró de la necesidad al hablarme, aunque parecía que toda su atención estaba puesta en su esposo.
– Créeme... hay momentos en los que lo único que te salva de la desesperación, de la locura y del derrotismo es saber que a tu lado está tu mejor aliado en la vida.
– De no haber sido porque estábamos juntos, hubiéramos colapsado antes de tomar algunas de las decisiones que debimos tomar en todos estos años – reconoció Hunter con voz que empezaba a quebrarse, mientras su esposa lo tomaba con fuerza de la mano. – Y aún así, el peso de las cosas que tuvimos que hacer fue tanto que sólo gracias a que estábamos los dos lo pudimos sobrellevar...
No hubo más que preguntar sobre eso. O al menos no se me ocurrió a mí. Nunca dije que fuera el mejor en este negocio del periodismo.
Pero mientras ellos callaban finalmente y volvían a mirarse y sonreírse al tiempo que yo revisaba la grabadora, algo hizo click en mi cabeza en ese momento.
Qué curioso que hablara de las cosas que tuvieron que hacer... porque precisamente sobre eso quería hablar con ellos.
Los miré y respiré con fuerza. No iba a ser nada fácil.
Y definitivamente no sería agradable.

Bueno, antes de seguir creo que vale la pena hablar un poco de lo que quería preguntarles luego a los Hunter-Hayes.
Al momento de escribir esto, el episodio que quería discutir con ellos era un episodio controvertido de una historia bastante controvertida de por sí. Los historiadores debatieron y debatirán sobre esto durante siglos, y supongo que nadie podrá ser neutral al respecto, pero eso es lo esperable. Polémico, pero no algo que pudiera arruinar amistades y llevar a los tipos más amistosos a querer estrangularse.
Precisamente eso era lo que ocurría en el '59... y ya habían pasado quince años del episodio en cuestión.
Se los pondré de la siguiente manera. Imaginen que están en el '44, viviendo en algún lugar más o menos decente en donde tienen servicios públicos elementales, comida asegurada y algo parecido a calidad de vida, sin mucha atención de parte de las patrullas de la colmena Invid local. Así han sido las cosas por casi catorce años, mientras ustedes tratan de vivir sus vidas y no quedar envueltos en las fiestitas que la Resistencia le ofrece a los Invid, sin mencionar la ocasional noche de fuegos artificiales cada vez que una flota era destrozada en un intento de liberar a la Tierra.
De tanto en tanto alguien viene con rumores de que esta vez sí, de verdad, palabra de Scout y jurando por lo que más quieran, la flota expedicionaria del almirante Hunter viene a liberar la Tierra de una vez por todas de las garras de las babosas Invid. No le prestan mucha atención... después de todo, ya van catorce años que lo prometen. Ya sonríen con complicidad y menean la cabeza con esos rumores: no habrá nunca una liberación, si es que existe el almirante Hunter y no murió en el espacio a manos de quién sabe qué cosa.
Y un buen día ven un espectáculo todavía mayor de fuegos artificiales... y escuchan rumores bastante creíbles de que hay batallas en todo el mundo, ataques contra colmenas, campañas a escala masiva, e incluso un ataque total contra Punto Reflex. Ven al cielo y la batalla que observan allí es pasmosa y monumental.
Y de pronto los Invid desaparecen en medio de pilares de luz, y luego ven llegar los transbordadores llenos de médicos, ingenieros, tropas y oficiales sonrientes que vienen a decirles que al fin llegó la Liberación, que ya no hay más Invid en el planeta y que la Tierra vuelve a pertenecer a la humanidad.
Y de pronto, escuchan que esos sonrientes libertadores estuvieron tan cerca de perder que decidieron acabar con todo y lanzar un bombardeo nuclear masivo contra la Tierra, borrándonos a todo lo vivo en un sólo ataque. Por orden del almirante Hunter, nada más y nada menos. Bonita forma de comprobar que el viejo Rick estaba vivito y coleando.
Y que la única razón por la que no son desechos radiactivos volando en la estratósfera es porque los mismísimos y malditos Invid detuvieron los misiles en cuestión. Bah, si es que se les pueden decir "misiles" a los Neutron-S; en realidad eran las viejas naves colonizadoras clase Angel que habían sacado de servicio unos años antes, y que ahora las habían recomisionado para que llevaran suficiente poder como para borrar un continente con una sola de ellas.
Y las habían lanzado. Así de simple.
¿Imaginan su enojo? Multiplíquenlo por millones de personas y por miles de veces más en intensidad, y les aseguro que así sentirán lo que sentían los que estaban anestesiados al respecto.
Por supuesto que al paso del tiempo las pasiones se calman un poco... por lo menos, en el '59 ya no moría nadie en batallas campales a la salida de los bares por este tema. Pero sí era candente, álgido y bastante incómodo.
Hunter no había dicho más que ciertas defensas institucionales e intentos por reivindicar al general Reinhardt. En rigor de verdad, la ira contra Hunter era sólo porque él había confeccionado la orden que contemplaba el uso de los misiles si no se podía derrotar a los Invid por medios convencionales. Había sido el teniente general Gunther Reinhardt, comandante accidental de la Fuerza Expedicionaria durante la desaparición del SDF-3, el que ordenó disparar los misiles.
Fue algo que a Reinhardt nunca se le perdonó, por más que nunca hubiera ido a la cárcel o sido sometido a juicio. De todas maneras, supongo que no pudo escapar al juicio de su conciencia; eso fue lo que pensamos cuando se voló la tapa de los sesos en el '54 al cumplirse el décimo aniversario de la Liberación.
Y ahora tenía la oportunidad de preguntarle a Hunter (Hayes no había tenido mucho que ver en esa decisión) el porqué de todo eso. No iba a ser fácil, pero para eso estaba allí.
Sólo esperaba no morir en el intento.
– Mencionó hace un rato las cosas que tuvieron que hacer, almirante – le dije a Hunter casi sin respirar, queriendo sacar la pregunta entera de mi boca antes de que el miedo me detuviera. – ¿Como por ejemplo la-?
Me detuve con horror. Frente mío tenía a Lisa Hayes-Hunter lanzándome la mirada más furiosa y letal que hubiera visto en ser humano alguno. No ignoraba las historias sobre la gente que Hayes había destruido a partir de una mirada, y mientras veía el fuego en esos ojos verdes a los que la edad no les había quitado su potencia y energía, supe que había presionado demasiado mi propia suerte... y que el choque que tanto temía iba a tener lugar.
Pero de pronto, mientras en mi mente me despedía de Denise, algo me salvó.
– Adelante, joven, pregunte. No tenga miedo – intervino Hunter, y luego intentó tranquilizar a su mujer para que no diera rienda suelta a sus ánimos homicidas conmigo. – Yo me ocupo de esto, Lisa.
– Como quieras – se limitó a decir ella, aunque no sonaba calmada ni tranquila ni por accidente.
El almirante sonrió, acarició el cabello de su esposa, cerró los ojos y cuando los abrió, fue para lanzarme directamente la pregunta que quería hacer.
– ¿Me quiere preguntar por la orden de disparar los misiles Neutron-S, señor Piersall?
¿Para qué iba a reformular la pregunta cuando el propio entrevistado la había hecho por mí?
– Exactamente.
Ya había aprendido que lo mejor que podía hacer por mi salud física y mental en ese momento era no concentrarme en las reacciones de Lisa Hayes
– Mucha gente ha criticado la decisión del general Reinhardt de ordenar el disparo de los misiles contra la Tierra, y han dicho que había otras opciones antes de emplear esas armas. Que cualquier alternativa era preferible a ordenar un bombardeo nuclear indiscriminado que hubiera exterminado toda la vida en el planeta.
– ¿Quiénes? – me replicó como si me hubiera preguntado por el clima.
– ¿Perdón?
– ¿Quiénes dicen eso? – repitió el almirante. – No se asuste, joven. Sólo quiero que me nombre a uno.
– Pues... Gerald Palmer – respondí tras rememorar a uno de los autores que insistía en decir que los Hunter-Hayes eran los peores criminales de guerra desde Hitler por la orden de los misiles Neutron-S. – El analista del Instituto-
– Sé quién es el señor Palmer – me cortó con odio en la voz el almirante, y antes de que pudiera decir algo me asestó una pregunta insólita. – ¿Estuvo el señor Palmer en la Central de Comando de Flota del SDF-4 hace quince años?
Ahora bien, cuando el entrevistado replica con un non sequitur tal que una pregunta sobre el estado de la cosecha de tulipanes en Holanda hubiera sonado más pertinente, lo único que le queda a un periodista de sangre caliente por decir es:
– ¿Cómo dice?
– Quiero saber si el señor Palmer estuvo en la Central de Comando de Flota del SDF-4 durante la Batalla de Punto Reflex, en el momento preciso en el que el general Reinhardt decidió que, dadas las circunstancias de la batalla, la correlación de fuerzas entre su flota y el enemigo, el estado de las tropas de tierra cerca de Punto Reflex, y las probabilidades de logro del objetivo principal de la misión, la única alternativa táctica que le quedaba a la flota expedicionaria era emplear los misiles Neutron-S.
– No, no lo creo... – le contesté medio confundido, pues todavía trataba de alinear en la cabeza todo lo que él me estaba diciendo. – Sin embargo, él-
– Conozco el argumento del señor Palmer... si Reinhardt hubiera ordenado el empleo de las tres alas de batalla de su reserva táctica en una maniobra de pinzas con el cuerpo principal de la flota para emboscar a los Invid, la situación orbital hubiera estado rápidamente bajo control, y se hubiera podido estabilizar la situación en las cercanías de Punto Reflex – prosiguió Hunter sin siquiera darse cuenta de que me había interrumpido, hasta que calló y me miró. – ¿Lo dije tal como es, Jeff?
– Así es.
– Patrañas.
– ¿Perdón? – contesté descolocado y desconcertado; de haber estado tomando algo, lo hubiera escupido.
– Patrañas... y podría usar términos peores – dijo él, bastándome a mí con mirarlo a los ojos para saber que efectivamente quería usar términos peores. – Le pregunté antes si Palmer había estado en el SDF-4 durante la batalla porque es fácil decir qué debió haber hecho Reinhardt a quince años de la batalla y con toda la información disponible. Lo que importa, lo único que importa para evaluar la decisión es si fue la mejor que se pudo tomar en ese instante en base a la mejor información disponible en el momento de la batalla, en medio del combate y con el destino de la guerra en sus manos. Es fácil decir qué debió haberse hecho con el diario del día siguiente en la mano.
– ¿Y fue la mejor decisión que pudo tomar el general Reinhardt? – contrapregunté sin dejarme intimidar por esa afirmación, y hablando con tanta energía que hizo que mi siguiente pregunta sonara demasiado próxima a un grito. – ¿Ordenar el bombardeo nuclear completo de la Tierra?
Reaccionaron mal. Es todo lo que les diré. Tan mal reaccionaron que al instante y por instinto bajé el tono, respiré y busqué su perdón a como diera lugar.
– Lo siento.
– No tiene que disculparse, hijo. Está enojado y lo comprendo... – me dijo, ya más calmado y sin dar señales de que fuera a ejecutarme... por más que mi propio tono y postura claramente le hubieran dado ganas de hacerlo. – Responderé a su pregunta, pero debo aclararle que será una respuesta larga y compleja. Como debe ser; quien quiera que le diga que hay respuestas simples para las preguntas difíciles, le está mintiendo en toda la línea.
Asentí y no dejé de mirarlo. Esa era una explicación que no iba a perderme en lo más mínimo.
– Hay un axioma de la guerra, uno de los muy pocos de cumplimiento universal, que dice que ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo. Ninguno, señor Piersall – insistió. – No importa qué tan exacta sea la información, qué tan precisas sean las maniobras, qué tanto hayan practicado antes de la operación, cuántas variables hayan sido previstas... le puedo garantizar que ni el plan más perfecto puede mantenerse en pie después de que empiezan los disparos.
Amén a eso. Conocí a demasiados tipos en la Resistencia que creían tener un plan infalible para todo, desde hacerle una zancadilla a alguno de los Guardias de Colmena que hacían las rondas de patrullaje, hasta conquistar el Punto Reflex sin más que una pistola Gallant y una lupa. Para hacer breve la historia, los planes de esos tipos, y muchas veces esos mismos tipos, acabaron convertidos en manchas negras en el suelo luego de encontrarse con un Invid.
– Naturalmente, eso no impide que tratemos de hacer el mejor plan posible y eso fue lo que hicimos en su momento. Sin embargo, estábamos conscientes de que esa iba a ser nuestra última oportunidad, al menos por esa década y quizás por la siguiente también, de montar un asalto a gran escala contra los Invid en la Tierra. Si perdíamos, no íbamos a tener posibilidades no ya de montar un nuevo contraataque, sino de mantener la defensa de nuestras colonias espaciales contra los Invid, o contra cualquier posible agresor. Sencillamente no hubiéramos tenido las naves, o el personal, o las armas suficientes como para proseguir la guerra o retirarnos a una posición defensiva hasta que lo estuviéramos – dijo el almirante, y luego calló, respiró un poco, cerró los ojos y luego dijo casi en un susurro desesperado. – Tanto estaba en juego entonces, que juzgamos imperioso que la guerra terminara con esa batalla de una manera u otra.
Podía haber hablado bajo, pero por Dios que estaba pendiente de cada palabra. ¡Cielo Santo, el hombre me estaba explicando qué lo llevó a poner la erradicación de toda la vida en la Tierra en una orden operacional!
– Los misiles Neutron-S eran la última alternativa, en caso de que todo fallara y fuera imposible derrotar a los Invid por medios convencionales. Hubiéramos destruido la Tierra, pero a la vez hubiéramos acabado con la amenaza Invid sobre el resto de la raza humana – gruñó Hunter. – No quería usarla, Reinhardt no quería usarla y nadie decente quería usarla, pero sabíamos que si todo lo demás fallaba, esa era nuestra última opción para acabar la guerra.
– ¿Cómo estaba tan seguro de que los Invid hubieran amenazado a las colonias si permanecían en la Tierra?
– Los Invid se tomaron el trabajo de hacer en catorce años una reconstrucción del medio ambiente de la Tierra que nosotros calculábamos posible sólo en dos siglos, sin tener la menor razón lógica para encarar esa tarea en un mundo que ocupaban por la fuerza. Y fueron los propios Invid los que destruyeron los misiles Neutron-S cuando nada los obligaba a hacerlo – replicó el almirante, y luego se reclinó en el sofá. – Creo que esos ejemplos son claras muestras de que era virtualmente imposible prever los cursos de acción que podían haber tomado.
Asentí con desgano. No quería darle la razón en eso, pero cuando la tenía, por Dios que la tenía. Y ciertamente si la Regis era capaz de destruir las bombitas de Hunter para evitar la destrucción completa de la raza que la había estado hostigando durante catorce años, pues debía creerle a Hunter cuando decía que los Invid eran impredecibles.
– ¿Y cómo pudieron tomar la decisión de destruir a la Tierra si hacía falta?
– Joven, odio ponerlo en estos términos, pero teníamos mucho más que la Tierra por lo que preocuparnos... veintitrés colonias en otros sistemas solares, más de doscientos millones de humanos esparcidos por la Galaxia de acuerdo al plan que el propio GTU concibió para evitar que un evento cataclísmico u otra guerra en la Tierra acabara con la raza humana... con todo el dolor del alma, evaluamos que la supervivencia de la raza humana debía anteponerse a cualquier otra consideración, y que esa supervivencia podía preservarse aún prescindiendo de la Tierra, tal como lo preveían todos nuestros planes desde la Iniciativa Gloval de 2013 en adelante.
A pesar de mis esfuerzos por mantener el control, hice una mueca bastante evidente y bastante desagradable. Por más que no coincidiera con los que condenaban a Hunter y Hayes como criminales de guerra, en cierto lugar de mi alma había aceptado aquella frase que en algún momento dijo o pensó cualquier persona que hubiera vivido en la Tierra durante la ocupación: "Somos prescindibles para ellos". Y "ellos" eran todos los expedicionarios y los coloniales.
Siempre pensé que, a pesar de lo que pudiera sentir en la boca del estómago, esa era una frase exagerada. ¿Cómo diablos iba a ser prescindible un planeta entero con cientos de millones de humanos? ¡Era la Tierra, por Dios, no una de esas colonias perdidas en el espacio! ¡Existíamos, vivíamos, sobrevivíamos y luchábamos contra las malditas babosas! ¡No podían simplemente ignorarnos!
¡Hunter y Hayes no podían ser tan desaprensivos, tan malnacidos, de calcular que la victoria podía pagarse con las vidas de seiscientos millones de seres humanos exterminados por nuestras propias armas!
Y sin embargo ahí lo tenía. "Esa supervivencia podía preservarse aún prescindiendo de la Tierra...", así había dicho el propio Hunter. No lo creí al principio y me negué a creerlo hasta diez o doce vistazos que le eché a la holograbación de la entrevista. De boca del propio hombre que había conducido la Tercera Guerra Robotech, la confirmación de que el Mando Expedicionario había considerado a la Tierra como... como...
Prescindible.
Yo, mi familia, mi pueblo, mi región, todo lo que conocía, el mundo entero, toda la historia, las ruinas de Grecia y las de Tokyo... todo el pasado y el alma de la raza humana... prescindible.
El café se revolvió en mi estómago y empecé a sentir que me mareaba, y hubiera vomitado de no ser porque Hunter habló en ese mismo momento en que volvía a sentir el calor del café subiendo por mi esófago.
– ¿Le parece cruel, Jeff? Lo entiendo, a mí también me lo parece. Es una decisión que odié tomar, son argumentos en los que odié basar mi decisión... y todos los días doy gracias al Cielo de que esas armas no hubieran sido empleadas.
– Pero no fue el Cielo el que impidió que fueran usadas, sino los propios Invid – objeté sin perder un segundo en cuanto pude poner en orden mis entrañas y recuperar la dignidad. – Y la orden de emplearlos fue dada.
Hunter entrecerró los ojos y les aseguro que el efecto de esa mirada no combinó bien con el modesto desayuno y todo el café que tenía en el estómago.
– Así es – me confirmó.
– Almirante Hunter, ¿se siente responsable de haber dado la orden? – lancé inmediatamente, sin percatarme de que Lisa Hayes estaba a instantes de abalanzarse sobre mí (sólo lo descubrí después al revisar la holograbación de la entrevista). – Sé que fue Reinhardt el que dio la orden en el campo de batalla, pero-
– Si Reinhardt dio esa orden, fue porque yo le di la posibilidad de hacerlo. Como máximo comandante de la Fuerza Expedicionaria, yo soy el responsable de una orden operativa que incluía la posibilidad de emplear los misiles Neutron-S en un ataque estratégico contra la Tierra – volvió a interrumpirme el almirante, para luego hablarme con más calma y serenidad. – Si Reinhardt dio esa orden, fue porque yo consideré que él era el hombre más capacitado para hacerse cargo de la situación en caso de mi ausencia. Contrariamente a lo que muchos dicen alegremente, no somos locos o desquiciados, y mucho menos Gunther Reinhardt; nadie llega a general de tres estrellas siendo un enfermo mental. Yo elegí al teniente general Gunther Reinhardt para tomar el mando si algo me ocurría, y si el SDF-3 no hubiera tenido ese desperfecto que nos tuvo perdidos en el hiperespacio por cuatro meses, yo hubiera estado al mando de la flota, y habría sido yo el que hubiera tenido que evaluar la posibilidad de ordenar el disparo.
Wow. Esperaba una defensa de Reinhardt, pero lo que Hunter acababa de hacer era levantarle un monumento a su memoria. Primero corroboraba que la Tierra era prescindible y luego salía en defensa del hombre que por fallar en su misión de liberar a la Tierra llegó a dar la orden de lanzar un bombardeo nuclear en su contra.
Miré a Hunter con extrañeza. Woodland no estaba tan lejos de Nueva Albany, o de Nueva York por tal caso, como para que no viniera alguien a matarlo. ¿Acaso quería suicidarse por intermedio de mi artículo?
¿Suicidio via periódico? La vida te sorprende.
– Soy responsable de la orden, soy responsable del nombramiento de Reinhardt, y mi ausencia fue la responsable de que Reinhardt hubiera estado en condiciones de ordenar el lanzamiento de los misiles – dijo el hombre que había puesto en manos de Reinhardt la posibilidad de disparar esos misiles y acabar con la vida en la Tierra. – Yo era el máximo oficial en ese momento, y como dicen por ahí, el pase de culpas termina aquí.
Quizás les parezca que estoy un tanto inestable y les tendré que dar la razón, creo que pocas veces como en esa entrevista me sentí en una maldita montaña rusa. Pero debo decir que después de toda la ira, la irritación, el malestar y el disgusto, todavía había lugar para la sorpresa y en efecto me sorprendí. Acostumbrado a políticos y figurones que escapan a su responsabilidad ante cualquier cosa mínimamente objetable, nunca esperé que Hunter aceptara la plena responsabilidad de lo que pudo haber sido el más brutal acto de violencia entre humanos de la Historia y el fin mismo de la vida en la Tierra.
Santo Cielo, estaba librando a Reinhardt de culpa y cargo... y asumiendo todo en su persona. Pero hacerse cargo de la responsabilidad era una cosa y lo que ahora quería saber era bien simple: ¿Hunter hubiera dado la misma orden que dio Reinhardt en ese momento?
– ¿Hubiera disparado los misiles, de haber estado en el lugar de Reinhardt?
– Así como el señor Palmer no estuvo en el SDF-4 durante la batalla, yo tampoco estuve – me respondió sin dudarlo, y debo decir que su respuesta me sorprendió. – Conozco intelectualmente las circunstancias en las que Reinhardt tomó la decisión, pero no estuve allí en ese momento. No pude saber lo que Reinhardt supo, no pude ver lo que Reinhardt vio, y no pude evaluar lo que Reinhardt evaluó para tomar la decisión en el momento y en las circunstancias en las que la tomó.
Luego Hunter se irguió un poco y se movió hacia adelante, casi lanzándose sobre mí... y si no lo hizo, les aseguro que así se sintió.
– ¿Qué quiero decir con esto, Jeff? Lo mismo que digo desde hace quince años y lo mismo que diré al respecto hasta el día de mi muerte: no voy a criticar o abrir juicios de opinión sobre las decisiones que un camarada oficial tomó en el campo de batalla. Jamás – dijo con una voz tan fría que hubiera convertido al café en hielo. – No diré que lo que hizo estuvo mal, ni diré que yo lo hubiera hecho mejor porque es una presunción que no puedo tomarme, y porque aún cuando no sea una condena directa, sigue siendo una crítica que no estoy en condiciones morales de realizar.
En ese momento, sintiendo la mirada furiosa de su esposa, y con el propio Hunter esperando mi siguiente movimiento como si fuera un depredador que espera que su presa salga de la cueva, dije lo único que podía decir como para terminar esa parte de la entrevista con algo de dignidad.
– ¿Esa es su última palabra al respecto, almirante?
– Esa es mi única palabra, Jeff – me contestó el almirante en jefe Richard Andrew Hunter, sin despegar sus ojos de los míos. – ¿Quiere usted preguntar algo más?

¿Quieren averiguar qué tema traté después? No es muy difícil.
La amnistía. ¿Qué otra cosa podía preguntarles, que no fuera su decisión de dejar ir sin más a muchos de los colaboracionistas durante la ocupación Invid?
No fui nadie particularmente importante en la Resistencia, pues apenas me dedicaba a las noticias y dentro de lo que se le permitía a un quinceañero, pero me molestaba tanto como a cualquier otro miembro de la Resistencia el que hubiera humanos que apoyaran a los Invid. No voy a caer en el fanatismo de decir que quienes no estaban con nosotros estaban contra nosotros, pues Dios sabe que había demasiadas personas en ese momento que lo último que querían era perder lo poco que quedaba y sus pocos seres queridos vivos a manos de los Invid por ayudar a una banda de forajidos que decían ser "luchadores por la libertad".
A ellos no me refiero. Claro que no.
Me refiero a los que pasaron de la apatía al otro lado: a formar parte de los gobiernos títere en aquellos lugares en donde los Invid creyeron conveniente formar gobiernos en lugar de volarlos a fuerza de plasma. Me refiero a los políticos de esos pequeños gobiernos títeres, a sus burócratas y oficinistas, a sus administradores y científicos, y a sus militares y policías que en lugar de estar apoyando con sus armas a quienes luchábamos por la libertad de la Tierra, preferían conducir redadas y custodiar los caminos, calles y almacenes de protocultura contra nosotros y a favor de los Invid.
Imaginen, una vez más, nuestra reacción cuando al poco tiempo de conformarse el nuevo Gobierno Provisional, una de las primeras decisiones tomadas fue presentar al Senado un proyecto de ley de amnistía para excluir de la acción penal a todos aquellos colaboracionistas que no hubieran cometido crímenes de guerra tal como los concebía la legislación del GTU.
Los que quedaban "dentro" de las posibilidades de juicio eran esos verdaderos hijos de pu** que habían llevado el colaboracionismo al punto tal de atacar a otras comunidades humanas, realizar verdaderas operaciones militares combinadas con los Invid contra la Resistencia, entregar "voluntarios" humanos para la esclavitud en las granjas de protocultura, torturas, esa clase de cosas.
El resto, los políticos que jugaban a que gobernaban bajo la tutela de la Regis, los administradores que manejaban los almacenes de protocultura y de armas, los policías que "mantenían el orden" en las ciudades colaboracionistas, todos esos tipos que no tendrían personalmente manchadas de sangre sus manos pero que de cualquier manera se iban a dormir todas las noches sin tener insomnio por ayudar de una forma u otra a la Regis, esos se iban a salvar.
¿Que si fue polémico? Pueden darlo por seguro, si todavía hoy en día aparece algún que otro tipo diciendo que hay que reabrir todos los procesos... no sé cómo en ese tiempo no hubo más linchamientos que los que efectivamente ocurrieron.
Pero bueno, baste decir que no iba a dejar pasar la oportunidad de preguntarle a la mismísima mujer que presentó el proyecto de amnistía; quien fuera la mismísima Primera Ministra del Gobierno Provisional... la almirante retirada Elizabeth Hayes-Hunter.
Después de todo, había sobrevivido, maltrecho pero sobrevivido al fin, a las preguntas que le hice a su esposo por los misiles Neutron-S... bien podía acometer este desafío.
Luego de dejar que las tensiones bajaran tras mis preguntas anteriores a Hunter, y tras tomar algo de agua que ya necesitaba, carraspeé, me obligué a mirar a los ojos de la almirante Hayes, y me lancé a preguntar:
– Quisiera preguntarles por la decisión de amnistiar a los colaboracionistas...
– Yo me ocupo de esto, Rick – contestó tranquila ella, calmando a su esposo antes de que hiciera algo, y luego dirigiéndose a mí con exquisita cortesía. – ¿Qué quiere que le diga sobre eso, Jeff?
¿Que si dolía la mirada de esos ojos verdes? Después de ese día, puedo tomar sol recostado sobre acero fundido y sentirme mejor...
– Muchas personas han criticado y siguen criticando su decisión de no iniciar acciones judiciales contra los que prestaron colaboración con los Invid durante la ocupación de la Tierra-
– La amnistía no comprendió a todos los colaboracionistas – me corrigió inmediatamente ella, dejándome con la boca abierta. – Sólo a aquellos que no hubieran estado acusados de crímenes de guerra. Los criminales de guerra fueron, son y seguirán siendo juzgados.
– Lo sé y lo entiendo, pero muchos creen que colaborar con una fuerza de ocupación es un comportamiento lo bastante grave como para que se lo pueda disculpar de plano – contrapregunté y bien rápido me mordí la lengua por dejar que mi voz sonara molesta. – ¿Por qué creyó conveniente tomar esta decisión?
– Como lo dije en su momento, fueron varias razones las que me llevaron a decidir la amnistía – fue la contestación de Hayes, dicha con la seguridad y calma de quien ya ha dicho la misma cosa demasiadas veces. – La primera y más práctica en lo político era que la situación de la Tierra en 2044, luego de la Liberación, estaba muy cercana a la anarquía, y nuestras fuerzas expedicionarias estaban demasiado cansadas y desgastadas como para poder emprender con éxito una campaña global de pacificación.
– Las Fuerzas Expedicionarias conquistaron docenas de mundos de manos de los Invid-
– Conquistar es fácil para una fuerza militar; es para lo que fue diseñada... mantener la paz doméstica y el orden interior, bueno, eso es harina de otro costal. Además, esos mundos que usted menciona fueron conquistados luego de bombardeos orbitales extensivos, algo que no podíamos hacer en la Tierra, menos después de la partida de los Invid y por si fuera poco contra otros humanos – replicó sin cambiar el tono. – Pensé que acabamos de dejar en claro lo grave de bombardear la Tierra...
Me mordí la lengua para no seguir cavando mi propia tumba con ella, y sólo asentí para que ella siguiera hablando.
– En fin, como le decía, todo eso significa que en el '44 necesitábamos imperiosamente la colaboración de cuanto gobierno organizado existiera en el planeta para poder establecer una presencia efectiva en la Tierra que nos permitiera avanzar hacia la organización de un nuevo y efectivo gobierno. ¿Me sigue?
Por supuesto que la seguía. Tanto había necesitado Hayes la ayuda de los caudillejos que no habían dudado en hacer el trabajo sucio de manejar los rebaños humanos mientras los Invid estaban, que estaba dispuesta a quitarles de encima el pavor de tener que dar cuenta de su traición. Por supuesto que la seguía.
– Claro.
– Pues bien, ¿existía algún gobierno en la Tierra que en los catorce años de la Ocupación no hubiera colaborado de una manera u otra con los Invid? Dudo mucho que la Regis hubiera tolerado un gobierno organizado que combatiera activamente contra su enjambre, y sabe muy bien lo que los Invid hacían cuando se cansaban de tolerar algo – me dijo, lanzándome un argumento que a regañadientes debía reconocer como una manera alternativa y válida de ver el problema. – No hablo ya de los que se comportaron como verdaderos títeres, sino de aquellas autoridades que hicieron lo que estaba a su alcance para preservar la vida y relativa prosperidad de sus poblaciones en medio del colapso de la sociedad global. Aún si para eso hubieran tenido que abstenerse de combatir o de prestar apoyo directo a los grupos de la Resistencia.
Su esposo la tomó de la mano, como queriendo calmarla o detenerla, pero ella simplemente le sonrió, bebió algo de café, se acomodó en el sillón y continuó respondiéndome.
– Como Primera Ministra del Gobierno Provisional, no podía darme el lujo de considerar como "traidores" a quienes obraron de buena fe para mantener algo de paz y bienestar en medio de la ocupación. No podía darme el lujo de alienar a las únicas instituciones que mantenían la poca paz que había en un mundo arrasado y anarquizado. Fue mi decisión aceptar que algunos culpables quedaran sin castigo antes que meter a todos los inocentes, y a los impotentes, en una bolsa de culpabilidad que quizás no merecían – explicó la ex Primera Ministra, pudiéndole yo notar un dejo de culpa en su voz. – Eso no significa que los dejamos irse así en paz: insistimos e hicimos todas las gestiones posibles para que quienes hubieran estado en funciones de gobierno durante la Ocupación dejaran el cargo a gente menos... comprometida. Ese fue el compromiso que debimos hacer en aras de la estabilización política y del mantenimiento del orden en la Tierra.
Bueno, eso era cierto... quizás no hubieran comparecido ante un tribunal especial, pero la verdad era que muchos de los que habían manejado los gobiernos títeres durante la Ocupación empezaron a abandonar sus puestos con fulminante rapidez. Creo, y puede que mi memoria me falle, que al cabo de un año no quedaba ni un solo jefe de gobierno local en el planeta que hubiera ejercido su cargo cuando estaban los Invid.
Hasta ese día de la entrevista, lo había considerado como un simple fenómeno de supervivencia política: ¿quién hubiera querido quedarse en el cargo luego de haber estado allí con los Invid? Pero ahora... si lo que Hayes había dicho era cierto, y no tenía razón alguna para dudar de ello, entonces Hayes los había obligado a dimitir a cambio de no ir a juicio...
Esos eran tipos que habían estado atornillados a sus puestos cuando la Regis tenía poder de vida y muerte sobre la raza humana en la Tierra... pero que lo habían dejado sin más cuando aquella mujer amable y terrorífica sentada frente a mí se los había pedido, únicamente a cambio de la promesa de que no los enviaría a la cárcel o a manos del verdugo.
De pronto miré el rostro de Hayes y sentí que el corazón se me detenía del miedo.
– Esa fue la primera razón; la segunda... – prosiguió ella, aparentemente ignorante de mi pánico y quedándose a mitad de frase para después mirarme con curiosidad. – ¿Usted tenía veintinueve años?
– Sí.
– O sea que tenía unos quince años al momento de la Liberación – evaluó Hayes pensativa. – ¿Participó de alguna actividad de la Resistencia?
Bueno, ya que ellos me habían respondido a todo lo que pregunté...
– Formé parte de una red de comunicación clandestina que proveía a la Resistencia de Nueva Inglaterra de información sobre las colmenas, patrullas y movimientos Invid, sobre la disponibilidad de suministros y armas en toda la región, y sobre eventos que pudieran ser de interés para la Resistencia – dije, relatándoles a ambos mi modesto, aburrido y soso papel en los grupos de la Resistencia. – Al principio operaba desde Nueva Rochester y ayudaba con la preparación de los informes, luego empecé a hacer algunos viajes para distribuir la información entre las ciudades y aldeas de Nueva Inglaterra.
Hayes murmuró algo para sus adentros.
– Nueva Inglaterra... demasiado cerca del Punto Reflex para mi gusto – dijo entonces ella, una apreciación con la que coincidía bastante. – ¿Por qué no estuvo en un grupo combatiente?
– Había demasiada actividad Invid en la región... varias veces hubo intentos de formar grupos más activos en mi comarca, pero la Resistencia de Nueva Inglaterra creyó más conveniente que permaneciéramos lejos del combate – expliqué, recordando la furia que sentía cada vez que algún tipo de lo que pasaba por ser la cadena de mando de la Resistencia nos negaba una y otra vez a los de mi pueblo la autorización para pasar a la acción directa. – Decían que lo único que íbamos a lograr era hacer que los Invid destruyeran todas las comunidades humanas de la región a cambio de nada, y que éramos más útiles como proveedores de información.
Mi miedo retornó en proporciones de terror abyecto cuando vi que Lisa Hayes–Hunter me sonreía una sonrisa propia de un tiburón.
– ¿Ve lo que le digo, Jeff? Ese es mi segundo punto: ¿cuáles eran los límites entre la resistencia y el colaboracionismo? – me desafió a pensar la ex Primera Ministra. – Muchos podían tomar las armas contra los Invid; otros, como usted, debían conformarse con un papel importante pero no combatiente, muchas veces a pesar de lo que deseaban. Hubo mucha gente que no tuvo ni siquiera esa posibilidad, ¿debían ser considerados como colaboracionistas por ello?
– Pero pudo haberse determinado exactamente qué papel jugaron durante la Ocupación – argumenté.
– Cierto... desde cierto punto de vista – concedió ella antes de pasar al contraataque. – Lo que me lleva a la tercera razón.
– ¿Cuál es?
– Ese esfuerzo hubiera tomado años... quizás todavía hoy estaríamos analizando qué hizo cada uno durante los catorce años de ocupación. Y eso hubiera abierto las puertas a toda clase de miserias humanas – me respondió ella con suma calma, aunque en su mirada había algo demasiado terrible. – ¿Qué le impedía a un hombre celoso acusar a su vecino de colaboracionista sin más pruebas que su testimonio? ¿Qué hubiera detenido a un candidato de enlodar a su contrincante con la acusación de colaboracionista? ¿Qué hubiera disuadido a un aprendiz de tirano a hacer una caza de brujas de sus opositores bajo el cargo de haber colaborado con los Invid? ¿Cómo podíamos corroborar todas esas acusaciones si prácticamente no existían registros o evidencias de lo que hizo cada uno, excepto la palabra de los acusadores?
De pronto empecé a sentir que me costaba sostenerme en mi lugar. No porque fuera la primera vez que escuchaba ese argumento, sino primero porque Hayes evidentemente lo creía a pie juntillas en vez de sostenerlo como una artimaña política, y segundo porque de sólo pensar en poner en esa situación a la gente que conocía de toda mi vida, a mis conciudadanos del pueblo donde crecí, a mis vecinos neoyorquinos, no podía sino llegar a la misma conclusión que la que insinuaba la ex Primera Ministra: hubiera sido una caza de brujas.
– Abrir una puerta como esa nos hubiera expuesto al riesgo de una caza de brujas sin fin, de una eterna enemistad en un planeta que necesitaba imperiosamente de paz, y del uso mezquino e inescrupuloso de los sufrimientos de unos en beneficio de vaya a saber uno qué intereses... o incluso de una guerra civil – prosiguió Hayes, y de inmediato negó con la cabeza. – No... no podía tomar semejante riesgo.
Se detuvo mientras su esposo le alcanzaba un vaso de agua y luego la abrazaba. La noté cansada en ese instante, como si las tensiones y disgustos de aquella lejana decisión hubieran vuelto en tropel para atormentarla. De pronto, me sentí culpable por reavivar en ella esas emociones, y yo también ataqué mi vaso de agua para quitarme el mal gusto de la garganta.
– Entonces, para resumir, decidí declarar la amnistía general para integrar pacíficamente a las autoridades al nuevo Gobierno y contribuir con la paz y reconstrucción de la Tierra, y para evitar el riesgo de una conflictividad creciente entre quienes hicieron mucho por la liberación, quienes apenas pudieron hacer algo, y quienes no hicieron nada porque no pudieron o porque no quisieron, cosas que no teníamos forma de determinar fehacientemente sin embarcar al mundo en una campaña que hubiera hecho parecer a los Procesos de Salem como juegos de niños – continuó exponiendo la ex Primera Ministra en su afán por poner en términos claros y comprensibles el dilema al que se enfrentó. – Puesta a elegir entre una paz imperfecta y una cruzada interminable, elegí la paz. No me gustó que muchos escaparan sin el castigo que merecían, no me gustó la opción que debí tomar, pero no tuve la posibilidad de elegir entre una alternativa buena y una mala, sino entre una posible y otra potencialmente catastrófica.
Me sorprendí asintiendo, aunque mi estómago sufriera la familiar mala sensación que me provocaba el tema. No dejaba de tener sus razones... y eran razones válidas. Aunque me negara por completo a aceptarlas. No era posible dejar atrás décadas de odio y resentimiento, y así se lo hice saber de la manera más elíptica posible.
– Aún con las críticas de muchos.
– Críticas que entiendo y comprendo, pero que no podía convertir en política – repuso Hayes, sacudiendo levemente la cabeza. – Además, fue una propuesta que puse frente al Senado ni bien éste se constituyó, y el voto en esa ocasión fue para confirmar la amnistía.
– Si me disculpa, dudo mucho que el voto de los senadores de esa época fuera imparcial en ese tema – me permití objetar, aunque intenté no sonar pedante ni excesivamente confrontativo.
– ¿Y quién podía ser imparcial entonces? – contraatacó el almirante Hunter, haciéndose cargo de la defensa de su señora esposa. – Creo que ese voto fue una de las raras ocasiones en que los intereses privados de algunos coincidieron con las necesidades generales de todos.
Para mis adentros sonreí. No era ningún secreto que el primero en molestarse por la propuesta de amnistía fue el propio almirante Hunter. En ese momento, los debates en el seno del matrimonio fueron tanto o más virulentos que los que tenían lugar en el recinto del Senado, y había apuestas sobre qué colapsaría primero: si el gobierno de Hayes-Hunter, o su matrimonio.
Conocen la historia: Hayes gobernó hasta el '48, su matrimonio perduró sin problemas y la amnistía se aprobó con lo necesario, pero se aprobó al fin.
De cualquier manera, la opinión de Rick Hunter al respecto era más que interesante... y al igual que antes, me sería extraordinariamente útil, si es que no moría al preguntar.
– En su momento, usted no estuvo muy de acuerdo con la propuesta de amnistía, almirante... ¿qué lo convenció?
– No, no lo estuve – negó Hunter, escondiendo admirablemente el hecho de que no había respondido a mi pregunta de qué lo había convencido de las bondades de la amnistía. – No se asuste, muchacho, es una pregunta pertinente. Y le sorprenderá saber que Lisa y yo hemos estado más tiempo en lados opuestos de la discusión que de acuerdo.
– Nos conocimos a los gritos – dijo ella como si nada, besando luego a su esposo en la mejilla. – Es algo natural para nosotros.
Hunter le devolvió el favor con gusto y ganas de más.
– Pero volviendo a su pregunta... no quería amnistiar a los colaboracionistas que no hubiesen hecho nada. Para mí, los tipos que hicieron el trabajo sucio de los Invid, los colaboracionistas activos, eran culpables de traición a la Humanidad – me dijo sin ocultar el desprecio que sentía por esos personajes. – Los otros, los que pudieron haber hecho algo, los que pudieron tomar armas y combatir a los Invid, todos los que tuvieron en sus manos el poder de hacer algo y se quedaron de brazos cruzados, eran para mí culpables de traición por omisión.
El almirante paró para beber algo de café. La mano que sostenía la taza temblaba, y no precisamente de frío o de miedo.
– Y después estaban los políticos, todos los "gobernantes" que habían montado sus pequeños feudos a la sombra de las colmenas Invid, todos los "dignatarios" con los que negociamos la creación del Gobierno Provisional, todos esos capitostes que venían desde Norristown y el Estado de Buenos Aires hasta el Consorcio Neasiático... traidores algunos, acomodaticios todos – prácticamente escupió Hunter, y por instinto me eché hacia atrás. – No se inquiete, joven, no estoy diciendo nada que no haya dicho antes, ni en público ni en la cara de todos esos tipos de los que estoy hablando.
Los ojos azules de Richard Hunter chispearon fuego e ira mientras seguía hablando... y mientras yo notaba que hacía un esfuerzo sobrehumano para no mirar a su esposa, quien por su parte tampoco quería encontrarse con su mirada.
– ¿Amnistía? Si le parece que ahora estoy escupiendo la palabra, es porque usted no me oyó pronunciarla hace catorce años. ¿Cree que la acepté? Cree mal, muchacho... muy mal.
No dejaré de sorprenderme de lo mucho que se contorsionó mi rostro al escucharlo a Hunter diciendo eso. Creo que ese día se acalambró algún músculo de mi cara. Lo que todavía no entiendo es cómo ni Hunter ni Hayes se rieron de la cara de total y pavorosa confusión que puse en ese momento.
– ¡¿Qué? – balbuceé.
– Como piloto de combate, se me enseñó a confiar en mis instintos, a poner todo mi ser al servicio de la destrucción del enemigo. Se me instruyó a aniquilar al enemigo a la primera oportunidad, porque él no iba a tener la misma gentileza conmigo. Se me inculcó la necesidad de defender con uñas y dientes a mi comunidad y a mi especie, hasta perder la vida si era necesario – me explicó Hunter, y en su mirada pude ver qué tan ciertas eran esas palabras, y cuánta furia sentía todavía, a casi quince años, por aquella decisión. – Cuarenta años de esa mentalidad son difíciles de sacudir. Y me costaba refrenar mis instintos de cazador en esos momentos en los que hacía falta una mente más... más fría.
– Podíamos destruir a los colaboracionistas, acabar con los gobiernos que habían surgido en la Tierra y hacer lo que nos viniera en gana, ¿pero a qué precio? Catorce años trabajamos, luchamos y morimos para liberar a la Tierra de una tiranía, ¿y ahora íbamos a instalar otra? ¿A dividir a la humanidad en buenos y malos, en dignos y réprobos, en inocentes y en culpables? ¿A condenar a aquellos que estuvieron condenados a no poder hacer nada? – me desafió Hayes a pensar mientras su esposo le cedía la palabra, y era un desafío que me dolía tanto a mí como le dolía a ella pronunciarlo. – ¿Con qué autoridad iba yo a poder condenar a quienes no hicieron nada por liberar a la Tierra, cuando yo mismo estuve entre quienes decidieron que dejar que la Tierra cayera ante los Invid iba a ser "un costo exorbitante, doloroso e intolerable, pero ciertamente preferible a la alternativa"?
La miré sin poder pronunciar palabra. No era la primera vez que escuchaba eso acerca de la amnistía, pero de boca de Hunter y Hayes, bueno... era algo digno de ver y de escuchar. Y de pensar, pensar y seguir pensando, aún años después de la entrevista.
Lo que ya desde entonces supe era que no iba a pensar la cuestión de la amnistía de la misma manera que la había pensado hasta entonces... aún cuando ni siquiera dejara de pensar que estuvo mal perdonar a toda esa gente. Al menos, ahora me permitía tener dudas al respecto.
Y mientras tanto, la almirante retirada Lisa Hayes-Hunter, quien durante su paso como Primera Ministra de la Tierra Unida tomara esa decisión que criticaba frente a ella, me sonreía amablemente desde su asiento.
– Todos necesitábamos paz para sanar las heridas y seguir adelante. Teníamos que reconstruir un mundo por segunda vez en medio siglo. Teníamos que forjar una comunidad humana unificada a partir de un mundo hogar arrasado y colonias dispersas por el cosmos – me dijo ella sin desviar la mirada y sin intentar parecer más fuerte de lo que era, ni disimular el peso que esa decisión había tenido en su alma. – Necesitábamos paz, y si bien el sabor de esa paz fue amargo para quienes teníamos el fuego ardiendo en la sangre, iba a ser infinitamente mejor que el de una "justicia" bañada en sangre y cubierta de desencuentros.

– Noto que tiene otra pregunta que quiere hacer, señor Piersall – lanzó de pronto el almirante Hunter, sin disimular lo divertida que le resultaba esa situación... o tal vez el espanto en mi rostro. – No se cohíba, dispare sin dudarlo...
Habían pasado cinco minutos, o quizás diez, desde que tratamos el tema de la amnistía luego de la liberación. Todavía seguía desorientado, confundido, lo que ustedes quieran imaginarse, el adjetivo que más les guste... Hayes me había puesto a pensar en demasiadas cosas como para que pudiera bien rápido pensar en qué otro tema podía abordar con mis distinguidos entrevistados.
Miré a Hunter con extrañeza. ¿De qué diablos hablaba? ¿Qué pregunta quería hacerle, cuando ni yo mismo sabía cuál podía ser?
De pronto el almirante rió a carcajadas y su esposa lo acompañó, y cuando terminaron de reírse (de mí, que por más que ambos lo nieguen y lo sigan negando, era exactamente de lo que se reían), él sacudió la cabeza y me asestó directamente lo que tenía en mente.
– Quiere preguntar sobre la decisión de no reforzar a la Tierra antes de la invasión.
– ¿Por qué? – me hallé preguntando sin siquiera pensarlo; era como si el comentario de Hunter me hubiera levantado el bloqueo por arte de magia. – ¿Cómo pudieron-?



...Continuará...

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