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 La Entrevista (Final) 
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Sargento
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Nota La Entrevista (Final)
La Entrevista
(Parte IV y final)



No terminé la pregunta. No hubiera podido hacerlo sin empezar a llorar de rabia, impotencia y desconsuelo. Los que pasamos toda la ocupación sintiéndonos abandonados y entregados al enemigo por quienes debían defendernos, los que leímos todo lo que pudimos leer sobre los momentos previos a la invasión, los que miles de veces especulamos con "¿qué habría pasado si Hunter hubiera puesto cada nave capaz de combatir en órbita de la Tierra en el '31?" solemos sentirnos de esa manera. Rabiosos. Impotentes. Desconsolados.
Ante mí estaban los que pudieron evitar la ocupación (ya sé que eso está en duda, pero así pensaba en ese momento) y conscientemente no hicieron más que mandar algunas armas para los primeros grupos de resistencia, organizar una evacuación apresurada y claramente insuficiente del planeta, y dejarnos con condolencias que nos llenaban de furia en medio de las ruinas de la Segunda Guerra Robotech y de la cierta inminencia de la Tercera.
– ¿Cómo pudimos? – repitió Hunter, y se encogió de hombros. – Simple: era una alternativa mala entre otras que eran intolerables.
En ese instante sufrí de una curiosa dualidad emocional: por un lado quería escuchar con fascinación lo que tenía para decirme, y por el otro lado sentía un anhelo irrefrenable de estrangular a ese anciano indirectamente responsable de catorce años de esclavitud y sufrimiento para todo un planeta.
– ¿Sabe cómo estaban nuestras fuerzas en el '31, cuando terminó la Segunda Guerra Robotech aquí en la Tierra? Los Ejércitos de la Cruz del Sur y el resto de nuestras fuerzas aquí estaban demolidas, pero al menos sólo tenían un sistema estelar de qué preocuparse – dijo Hunter antes de estallar. – ¡Nosotros estábamos esparcidos por toda la Galaxia, con más misiones, enemigos y objetivos a defender que naves para ocuparnos de todo a la vez!
Tras su exabrupto, en el que ante mis ojos pareció más un oso que un ser humano, Rick Hunter se hundió en el sillón y lo vi aparentando todos y cada uno de sus sesenta y nueve años de edad.
– Veníamos de ocho años de campaña contra los restos del Imperio Tiroliano... estábamos sangrando por mil heridas, con las cadenas de suministros y repuestos al borde del colapso, con naves que no eran reparadas desde hacía años, con tripulaciones escasas de personal, equipos que necesitaban reemplazo, sin más respaldo logístico y de personal que nuestras colonias y bases, que por ese entonces apenas tenían para bastarse a sí mismas... – relataba con desconsuelo y rabia... que asumía yo que no debía ser ni la décima parte de las que sintió en esos tiempos. – Luchábamos contra lo que quedaba de los Ejércitos Zentraedi y del nunca suficientemente maldito Ejército de Supervisión, la condenada fuerza policíaca de los Amos Robotech. Sin comando central, sin los Amos mismos para darles órdenes, sin refuerzos, se convirtieron en poco menos que bandas de piratas que nos atacaban por todos lados... repelerlos era una tarea monumental para nosotros, una tarea que nos consumía hasta no dejar nada.
Y consumido hasta no dejar nada era precisamente como veía yo en ese momento a Rick Hunter. Cuando llegó a la casa para la entrevista, se lo veía imponente y digno. Ahora, mientras me contaba las consecuencias de esos ocho años que inocentemente había asumido como un paseo por la galaxia, podía empezar a imaginar las cosas que dependieron en algún momento del anciano al que entrevistaba por su decisión de abandonar a su suerte al planeta en donde nació.
– De la Tierra, del mundo al que habíamos jurado preservar de cualquier amenaza cuando la Fuerza Expedicionaria partió, nos llegaban pedidos cada vez más desesperados de refuerzos para luchar la guerra que nosotros debíamos haber estado peleando. Y como si eso fuera poco, los Invid – terminó por decir Hunter, alzando las manos al Cielo en señal de resignación. – Asolando todo el cuadrante como una plaga de langostas, barriendo con civilizaciones y mundos enteros, acosándonos en los puntos más débiles de nuestras colonias, bases y fuerzas, mientras nosotros estábamos a punto de colapsar.
Hunter se estiró para beber algo de café, mientras yo con mi mano me aseguraba de que la holograbadora siguiera funcionando.
– Supimos que los Invid iban a invadir la Tierra casi desde el mismo momento en que nos llegaron los reportes de la derrota final de los Amos ante la Cruz del Sur. Nuestros investigadores y especialistas de Inteligencia nos habían mostrado datos e imágenes acerca de una extraña especie de planta que crecía en todos los mundos que los Invid habían invadido cuando acabaron con lo que quedaba del Imperio Tiroliano – prosiguió explicando el almirante. – Creíamos que era una especie que los Invid habían introducido en esos mundos para... "invidizarlos", por así decirlo. Hasta que vimos las fotos de esas esporas volando con el viento por las Américas... y las primeras flores emergiendo de las ruinas de Monumento...
El almirante retirado bebió otro sorbo de su taza, la apoyó en la mesa, se reclinó en el sofá y cerró los ojos.
– Ahí supimos lo que le esperaba a la Tierra – murmuró.
Sentí que la garganta se me secaba una vez más. Ya era un mal y molesto hábito en esa reunión, pero era completamente inevitable para mí.
– Teníamos tres opciones en ese momento. La primera era clara y evidente: reuníamos a todas las fuerzas que estaban en condiciones de hacer el viaje, las llevábamos de regreso a la Tierra y montábamos una defensa desesperada del planeta – empezó a enumerar Hunter. – La segunda opción era retirar todo lo que podíamos de la Tierra y abandonarla a su suerte.
Temblaba de escalofríos. La segunda opción de Hunter era en realidad una que nunca habíamos pensado aquí en la Tierra, acostumbrados como estábamos a pensar que las alternativas previas a la invasión habían sido o traer de regreso a toda la flota o tomar las medidas que efectivamente tomaron para evacuar gente a las colonias, rehabilitar las bases en la Luna y en Marte como puntos avanzados para un eventual contraataque y montar la infraestructura de los movimientos de resistencia que debían hostigar a los Invid en el caso de una invasión.
Nunca jamás se nos ocurrió, o al menos a mí, pensar que pudieron tener en consideración la alternativa de llevarse todo lo que pudieran meter en sus naves y dejarnos a todos a merced de los Invid.
Todavía lo pienso y todavía tiemblo como en ese día.
Un suave carraspeo del almirante me hizo prestar más atención a la explicación que continuaba dándome.
– La tercera opción, aún reconociendo que era imposible repeler una invasión, era iniciar una evacuación del planeta para sacar a todos los que pudiéramos antes de que vinieran los Invid, porque ellos iban a venir sin lugar a dudas, y montar la infraestructura necesaria para que hubiera una resistencia que les hiciera las cosas difíciles, mientras el resto de las Fuerzas Expedicionarias limpiábamos el resto del cuadrante de Invids, librando nuestra retaguardia y nuestras colonias para entrenar nuevas tropas, reconstruir nuestra flota, fortificar las defensas coloniales, poder concentrarnos en la liberación de la Tierra... y volver para no irnos nunca más.
– Y esa fue la opción que eligió – le pregunté, y para mi sorpresa el almirante negó con la cabeza.
– No crea que fue mi primera opción.
– ¿No lo fue?
– Doy fe de ello, Jeff – intervino entonces Lisa Hayes, ganándose una sonrisa triste de su esposo, quien retomó la palabra.
– Yo quería volver a la Tierra con toda la flota y defenderla de los Invid a como diera lugar, al precio que tuviéramos que pagar – me dijo Hunter con rabia en la voz y los puños cerrados. – No quería que ni una sola de sus colmenas tocara el planeta, no quería que hubiera otra guerra más en la Tierra... si el resto del Universo explotaba a mi alrededor mientras yo luchaba hasta morir para defender el planeta en donde nací, pues que explotara.
De pronto, y con mayor tranquilidad, el almirante se encogió de hombros y suspiró resignado.
– El único problema era que eso era exactamente lo que ocurriría. Que explotara el Universo – aseguró el veterano militar con una sonrisa triste en los labios. – Podía reunir a lo que quedaba de nuestra flota y montar una línea defensiva cerca de la Tierra con cada nave en condición de combatir, y lo único que lograría sería la destrucción total de nuestras fuerzas sin la menor posibilidad de detener la invasión.
Lo miré con incredulidad. ¿Hunter pensaba que no había ninguna posibilidad de frenar a la Regis? No esperaba eso de parte de un oficial con su historial de combate... ¡Santo Dios, el tipo había escapado de la base de Dolza aún cuando no tenía ninguna certeza de que pudiera regresar a este sistema solar! ¿Cómo podía resignarse tan rápido a que no había posibilidades?
– No crea que exagero: nuestras previsiones anteriores a la invasión resultaron estar muy por debajo de lo que la Regis empeñó en su ataque contra la Tierra – me dijo, claramente consciente de mi incredulidad. – Suponga que lo hubiera hecho, y que hubiera montado una defensa final cerca de la Tierra. Venía la Regis, acababa con lo que quedaba de la flota, ocupaba el planeta a sangre y fuego... ¿y qué pasaba con el resto?
– ¿El resto? – le pregunté confundido.
– Las colonias... New Eden, Amaterasu, Valhalla, Persephone, Brandenburg, nuestros asentamientos en Tirol, todos los otros mundos que habíamos colonizado desde el Holocausto en adelante – explicó Hunter, mientras yo me ponía a pensar en todas las colonias de la Humanidad. – Todas esas otras pequeñas Tierras en donde vivían doscientos millones de seres humanos que habíamos dispersado por el cosmos para evitar que la raza humana desapareciera si algo catastrófico, como una invasión alienígena indetenible, llegaba a ocurrirle a la Tierra.
Me miró y volvió a sonreír con tristeza. Mi historia personal era una prueba, modesta y relativamente alegre en comparación con tantas otras, pero prueba al fin, del caso que el viejo almirante acababa de exponer para mí.
– Si comprometíamos todo en una defensa valiente, desesperada y en última instancia fútil de la Tierra, hubiéramos dejado a las colonias desguarnecidas ante cualquier agresor... que por esos días sobraban – recordó con resignación el hombre que en esa situación había decidido que no podía hacer más por la Tierra que prepararla para lo inevitable. – Con pesar, rabia e impotencia, acordé con la idea de que lo que importaba era la defensa de la Humanidad, y que nuestra situación en ese entonces, tanto militar como de recursos, nos obligaba a sacrificar momentáneamente a la Tierra.
– ¿Qué lo convenció? – me apresuré a preguntar mientras todavía tenía voz. – ¿Qué hizo que acordara con la decisión de abandonarn- de abandonar a la Tierra a los Invid?
– Después de varios días de discusiones brutales en las que lo único que lográbamos era herirnos y no resolver nada, un día dejé el salón de conferencias y fui a un mirador que había en el Cuartel General de Tiresia... todo lo que tenía en la mano era un álbum digital con copias de todas nuestras fotografías y grabaciones de la Tierra – comenzó a rememorar Rick Hunter tras dejar todo en silencio por algunos cuantos segundos. – Me senté frente a un ventanal con vista a la ciudad de Tiresia mientras el sol- mientras Valivarre se ponía ocultaba detrás de Fantoma, del planeta alrededor del cual orbita Tirol...
El viejo oficial miró por la ventana. Seguía siendo de día, pero no tenía la menor duda de que ese viejo lobo espacial sabía perfectamente hacia donde tenía que mirar para estar apuntando en dirección al planeta que había sido su hogar en el exilio por quince años.
– Empecé a ver todas esas fotografías y grabaciones sin solución de continuidad... un momento estaba viendo algunas viejas fotos mías de mis tiempos de piloto acrobático, luego las de nuestra boda... o de la fiesta de Navidad del 2012 en el SDF-1, o las grabaciones de la partida de la Fuerza Expedicionaria... o un simple día de campo en las afueras de Monumento, todos esos recuerdos de un mundo al que no había visto en ocho años, un mundo cuyo destino estaba en las manos de hombres y mujeres que estaban del otro lado de la galaxia, alejados de la carnicería, muerte y destrucción que dejó la guerra que habíamos sido encomendados para evitar – prosiguió contando Hunter en una voz tan baja que eventualmente se le quebró. – Veía... veía esas fotografías, esas imágenes, oía esas voces, recordaba esas personas, esas ciudades, esos paisajes y me sentía impotente... ¿Cómo diablos podía pensar en no hacer lo posible, lo imposible, para que no cayeran a merced de los Invid?
Me miró y vi lágrimas en sus ojos.
– ¿Cómo podía vivir con mi juramento de militar, con mi conciencia, si consideraba la caída de mi mundo ante un invasor como... como una alternativa estratégica?
Algo hizo que mi atención se enfocara en la mano de Hunter, no la que sostenía la taza de café, sino la que Lisa Hayes había tomado en algún momento pero que ahora estaba suelta... la mano que noté que estaba temblando.
Levanté la mirada y vi en los ojos del almirante algo muy parecido a la muerte.
– ¿Sabe? No estaba muy bien en esos días... demasiada presión, demasiadas decisiones que no podía tomar, o que no podía aceptar... más de una vez, en mis momentos de mayor desesperación, pensé que lo único que me quedaba por hacer era terminar con todo rápidamente...
Su mano libre se cerró de una manera muy extraña, pero curiosamente similar a la forma de empuñar una pistola Gallant.
– Aquel fue uno de esos momentos – susurró el almirante de manera casi inaudible.
El tic-tac del antiguo reloj de la pared se oyó ensordecedor en medio del silencio que se hizo allí. Incluso de haber querido romper ese silencio, hubiera descubierto que mi voz me fallaría por completo.
– Por esos días yo quería matar a Rick... a veces verbalmente, o literalmente en más ocasiones que las que quisiera reconocer – dijo entonces Lisa Hayes mientras su mano volvía a tomar la de Rick. – Digamos que yo me convencí, o más bien me resigné, a que la única posibilidad que teníamos era reconocer que la Tierra era indefendible frente a una agresión Invid, y a que la única esperanza de victoria pasaba por hostigar al enemigo mientras nos reforzábamos para un contraataque en el futuro.
De pronto, ella soltó la mano de su esposo y cerró sus puños y sus ojos, como si tuviera que hacer todo lo posible para evitar que su furia saliera a la luz.
– Que Rick fuera tan vehemente, tan apasionado... tan decidido a ir el todo por el todo y arriesgarlo todo en un esfuerzo final de defender a la Tierra me hacía odiarlo y odiarme a la vez – reconoció Hayes mientras su esposo levantaba la vista al techo aunque más no fuera para no ver a su mujer descargando todo el resentimiento de ese lejano momento sobre él. – Odiarlo por lo terco que era, por lo ciego que era de no darse cuenta de la realidad, odiarlo por no estar a mi lado tomando mi mano mientras yo hacía lo imposible por no llorar al pensar que lo único que estaba en nuestro poder era dejar que nuestro planeta fuera invadido y ocupado.
La anciana abrió los ojos, y los noté humedecidos de lágrimas. Sus labios y sus manos temblaban de impotencia y de rabia.
– Y me odiaba a mí misma por sucumbir tan rápido, por apagar el fuego que él mantenía con tanta vida y pasión frente a lo inevitable... por plegarme a los fríos reportes de Inteligencia y a las secas estimaciones del Mando Expedicionario que me decían que por más valor que tuviéramos, por más denodados que fueran nuestros esfuerzos, lo único que podíamos hacer era quitar de en medio todo lo que pudiéramos antes de que los Invid lo destruyeran todo.
De pronto ella sonrió, algo que en menos de lo que imaginé se convirtió en una risa, lo que no quería decir en absoluto que fuera por algo que Hayes hallara divertido...
– Y ahí estaba mi esposo, peleando con uñas y dientes contra lo inevitable, contra las frías opiniones que yo ya daba por verdaderas, desafiándonos a todos a buscar un milagro, a hacer una defensa final, a oponer el valor y la entereza frente a lo inevitable – me dijo, aunque no me miraba a mí sino a su esposo, quien por su parte todavía no se atrevía a devolverle el gesto. – Y yo me sentía una miserable por insistir con lo que la razón me decía... y él me hacía sentir una miserable.
Hunter finalmente la miró, y Hayes no desvió la mirada en absoluto.
Por mi parte, yo seguía mirándolos a ambos, plenamente consciente de que lo que me dijeran no sería nada en comparación con lo que se decían entre ellos con esas miradas...
– ¿Pensaba él que yo no sentía lo mismo? ¿Que no quería darlo todo, mi vida, la vida de él, todo lo que amaba y quería en el mundo, con tal de que la Tierra estuviera segura, libre y defendida contra cualquier peligro? ¿Que podía consentir tan alegremente en dejar que el enemigo conquistara el mundo en el que habíamos nacido? – comenzó a decirle ella en un tono cada vez más alto e irritado. – ¿Cómo diablos pudo él dejarme sola en ese momento, no venir a mí a tomar mi mano o a dejar que llorara en su hombro?
Por primera vez en un buen tiempo, el almirante Hunter habló, y al hacerlo sonó como si finalmente se hubiera quebrado bajo el peso de los años.
– No fue mi mejor momento, amor.
– No fue el mejor momento de nadie, Rick – le contestó ella más tranquila, y él pudo sonreír casi imperceptiblemente.
Resuelto eso, Hayes continuó con su relato.
– Aquella reunión había terminado y volví hecha una tromba a nuestros aposentos en el Cuartel General. Estaba harta de todo, iba a gritarle a Rick como nunca en su vida le había gritado. Iba a ser épico – relató la anciana, y esta vez la carcajada fue genuina.
– No esperaba menos de ti – agregó traviesamente Hunter. – Y lo veía venir.
– Por algo te ocultaste – le respondió ella, y tan rápidamente como habían comenzado, las carcajadas cesaron y retornó la seriedad. – Cuando llegué y vi que no había nadie, que los niños estaban aún en casa de los Sterling, pensé que cuando aquella búsqueda terminara, de Rick no iba a quedar nada. Fue entonces cuando noté que el álbum que teníamos en una de las mesas ya no estaba.
Siguiendo la mirada de Hayes, reparé en un libro negro con inscripciones doradas puesto sobre una de las repisas, y a mi muda pregunta, la almirante me confirmó asintiendo.
– No sé cómo diablos fue que llegué al mirador – continuó diciendo ella con genuino desconcierto aún después de dieciocho años. – Simplemente pensé que Rick debía estar allí, y así era... y lo que pensaba decirle se borró de mi mente.
– Ni la vi llegar... – agregó Hunter, para luego levantarse e ir por el álbum en cuestión. – De todos modos, le hice un lugar a mi lado y le mostré el álbum.
– Debimos haber estado dos o tres horas allí viendo todas esas imágenes... esas grabaciones de nuestra vida. Esas imágenes del mundo que debíamos abandonar a su suerte ante una invasión inevitable – prosiguió ella, mientras sus dedos recorrían junto a los de Hunter las páginas de ese volumen fotográfico. – Cuando terminamos, empecé a llorar.
– Yo también – se sumó Hunter a la confesión mutua. – No supe cómo, pero al final llegamos a una especie de entendimiento...
– En menos de una hora tuvimos definido un plan estratégico ante la situación que se nos presentaba... claro que el Estado Mayor lo pulió hasta sacarlo lindo y prolijo – dijo divertida Hayes, mientras su esposo acompañaba con una cara de abatimiento y hartazgo que sin duda debía ser parecida a la que pusiera cuando el Estado Mayor se dedicó a reescribir su plan. – Podíamos caer entre las llamas y hacer que la Tierra se incendiara con nosotros, o podíamos hacer lo posible para que lo que se pudiera preservar de la civilización humana fuera preservado, aún si para ello debíamos dejar que el planeta cayera en manos de los Invid.
Luego, como si yo le provocara pudor, Hayes calló y juro que me pidió perdón con la mirada. Una cosa debía ser para ella tomar la conquista Invid de la Tierra como una variable en un plan estratégico, pero otra muy distinta tenía que ser hablar con una persona que había vivido las consecuencias de esa variable y ese plan estratégico.
– Siempre podíamos recuperar el planeta... saber que existía en manos enemigas era preferible a la certeza de arrastrarlo con nosotros en una defensa inútil y suicida – fue todo lo que Hayes agregó antes de que su esposo tomara la palabra.
– Organizamos convoyes de evacuación de civiles para sacar a todas las personas que podíamos de la Tierra y enviarlas a las colonias – comenzó a enumerar el almirante Hunter con tanta vehemencia y entusiasmo que de pronto me imaginé como si fuera uno de esos consejeros y generales a los que debió convencer de la utilidad del plan. – Enviamos militares capacitados en operaciones especiales y combate irregular para organizar la infraestructura de la Resistencia, formamos grupos de defensa local que pudieran hostigar a los Invid, reforzamos las bases lunares Copernicus y Aluce para que funcionaran como nuestros puestos avanzados cerca de la Tierra...
Terminada la enumeración, Hunter se acomodó en el sillón, y su expresión se tornó terriblemente sanguinaria y viciosa.
– Los Invid podían apoderarse del planeta y no había nada que pudiéramos hacer al respecto, pero nos íbamos a asegurar de que su estancia fuera lo más incómoda y sangrienta posible.
– Y así fue – me hallé remarcando, para mi rotunda y completa sorpresa, tras pensar en algunas de las cosas que vi durante la Ocupación.
– Gracias a ustedes en la Resistencia, las cosas en la Tierra seguían calientes para los Invid mientras nosotros podíamos retirarnos, pasar a la defensiva y reagruparnos... o golpear rápidamente contra el enemigo con las fuerzas que teníamos para sacarlo de balance y dejarlo debilitado – agregó Hayes con una sonrisa muy similar a la que puso Hunter en algún momento, esa que me recordaba a un tiburón. – Y estar en mejores condiciones de recuperarnos y pasar al contraataque.
– Reunimos las fuerzas disponibles que teníamos y lanzamos un ataque contra una gran concentración de colmenas Invid – dijo luego el almirante Hunter. – Esperábamos que ese ataque los forzara a replantear su ofensiva y a redesplegar fuerzas en el frente de Tirol...
No necesitaba que me explicara mucho más sobre la batalla a la que había hecho referencia. Todavía hoy en día su nombre se utiliza como caso claro y paradigmático de esas situaciones en las que todo sale bien, excepto lo que está rotundamente fuera del control de cada uno. Nadie podía imaginar en la Fuerza Expedicionaria que su esfuerzo desesperado por alterar los planes de los Invid y forzarlos a dar marcha atrás con el ataque a la Tierra fracasaría a pesar de la victoria en la batalla simplemente porque la fuerza de invasión a la Tierra había partido una semana antes.
– Y si bien no salió así, al menos les dimos un golpe del que jamás se recuperaron. De no haber atacado esa base, la guerra contra los Invid en el sector Tirol hubiera durado... quién sabe, décadas – dijo a modo de conclusión la almirante Hayes. – Y no estaríamos teniendo esta entrevista hoy.
Por alguna razón, no encontré nada que me pudiera llevar a discutir esa afirmación. Y creo que ninguno de los críticos de los Hunter-Hayes podría hacerlo tampoco.
Terminada esa etapa, hicimos entonces una breve pausa; creo que todos la necesitábamos en ese momento, aunque más no fuera para beber algo, refrescarnos y relajarnos después de todo lo que se había dicho. Ciertamente yo lo aproveché bastante... mucho me temo que como invitado de los Hunter-Hayes, ese día bebí mucho más que lo que habitualmente se puede permitir un invitado.
Visto lo que ocurrió después, me parece que estaba más pendiente de lo que bebía que de lo que Hunter y Hayes se decían en el silencioso lenguaje construido tras medio siglo de conocerse.
Acababa de terminar una nueva taza de té y de revisar el estado de la holograbadora cuando, en el momento en que menos lo esperé, el almirante Hunter dijo como si nada:
– Claro, no cambia nada.
– ¿Perdón? – balbuceé, y Hunter simplemente asintió y me explicó.
– No cambia nada de lo que ocurrió. Sin importar lo que hicimos o lo que pudimos hacer, o incluso lo que no supimos cómo hacer, la realidad es una: la Tierra fue invadida, nuestras fuerzas derrotadas, y este planeta sometido a una ocupación de casi quince años.
– Nada de lo que digamos puede cambiar ese hecho – agregó Hayes con tristeza que noté claramente cuando me miró a los ojos. – O el que usted y todos los que vivieron en esos años debieron sufrir la opresión de los Invid.
Me quedé con la boca abierta. ¿Qué diablos pretendían aquellos dos? ¿No estaban... disculpándose conmigo?
¿O sí? Cielos...
– Todo lo que le dijimos, señor Piersall, fue nuestra parte de la historia – prosiguió el almirante Hunter, tratando de hablar con dignidad aunque todo su cuerpo parecía estar a punto de quebrarse junto con su alma. – No para exculparnos, o para excusarnos de lo que pasó, o para darnos más crédito que el que nos corresponde a expensas de otros. Sólo para que se sepa lo que dijimos.
Me quedé con la boca abierta. Debía ser así, ya que después tuve que hace el esfuerzo consciente de cerrarla y dejar de parecer un Neanderthal drogado.
– ¿Por qué? – pude decir en cuanto me fue posible decir algo; a estas alturas notarán que mi elocuencia era limitada, y más en medio de momentos como aquel. – ¿Por qué dicen todo esto?
– Porque usted y su generación crecieron en el mundo creado por nuestras decisiones. Somos nosotros los culpables de que las cosas estén así como están ahora – fue la respuesta que Lisa Hayes me dio, que sonó tan simple a mis oídos como poderosa a mi corazón.
– Y lo somos por acción y por omisión – intervino el almirante Hunter, con los puños cerrados y la voz calma. – Somos culpables por las cosas que hicimos para llegar a esto, y por las que no hicimos para evitarlo.
– No podemos pedir perdón por lo que hicimos – retomó la palabra Hayes, y en su voz había tristeza y desconsuelo que ni lo que yo pudiera decirle, ni lo que cualquier otro pudiera hacer, podría borrar jamás. – No por soberbia o vanidad, sino porque quienes pueden perdonarnos son los muertos, aquellos que perdieron la vida como consecuencia de lo que hicimos. A ellos les estaremos en deuda por siempre.
Tardé un poco en reparar que esta vez mi mano era la que temblaba. Ni en mis más delirantes expectativas hubiera imaginado que aquellas dos personas iban a... ¿pedirme disculpas? ¿Confesarse ante mí? ¿Mostrar qué tanto los habían golpeado esos cincuenta años que para mí no eran más que un aniversario redondo?
Eran héroes, nadie lo dudaba. No después de todo lo que hicieron y de los obstáculos que debieron superar.
Quizás por eso sentí tanto dolor en ese momento. No se supone que los héroes se confiesen ante uno.
– Pero... ustedes mismos lo dijeron... hicieron lo que pudieron-
– Estábamos a cargo. Fuimos los responsables – me dijo Hunter con la misma certeza con la que antes había dicho palabras similares para reivindicar al general Reinhardt. – Si hay algo que aprendimos, es que quien toma las decisiones debe cargar con la responsabilidad por lo que ocurre con ellas.
– Y ustedes, por ser los que sufrieron las consecuencias de nuestras decisiones, tienen derecho de saber todo acerca de ellas – agregó Hayes. – Y nosotros tenemos el deber de decírselo, y de ser responsables ante ustedes y ante la Historia.
Lisa Hayes calló, y fue como si sobre toda la sala de estar hubiera caído la noche, así como sobre mí la certeza de que lo que ambos querían decir ya estaba dicho. De alguna manera, me sentí como si yo hubiera sido utilizado tanto como yo los utilicé a ellos... aunque en mi caso, mi intención era sacar algunas buenas frases para incorporar al suplemento especial (y con todo lo que obtuve, tuve de sobra y para varias notas), mientras que la de ellos fue...
Decir su verdad, supongo. Creo que todos tenemos derecho, llegado determinado momento de nuestras vidas, a decirle al mundo entero nuestra verdad sin ocultarla ni maquillarla.
– ¿Hay algo más que desee preguntar, señor Piersall? – me preguntó con suma amabilidad el almirante Hunter.
– No... de momento, no – negué con la garganta seca; después de esa tarde en casa de los Hunter-Hayes, era un milagro que no hubiera muerto de un infarto.
– Es bienvenido a hacer todas las preguntas que quiera – replicó el viejo almirante.
– Nosotros las responderemos – me aseguró Hayes y con el guiño de su esposo agregó: – Cuando usted lo desee, podemos concertar otra entrevista.
Podía haber quedado aturdido después de semejante entrevista con semejantes personajes, pero no estaba tan embotado como para rechazar el ofrecimiento singular y excepcional que Hayes me hacía en nombre de ambos.
– Se los agradezco – me apresuré a decirles. – Si hiciera falta, los llamaré y concertaremos una nueva entrevista.
– Cuando usted lo desee – respondió Hunter, para luego mirar por la ventana y gruñir ante algo que no alcanzaba a ver. – Será mejor que vuelva a Nueva York, Jeff. Dicen que habrá una tormenta pronto...
Asentí y me levanté del sillón para chequear la grabadora y apagarla por el resto del día. Los indicadores confirmaban que había grabado absolutamente toda la entrevista y sonreí. Esa sería una grabación que vería una y otra vez, o en el holovisor, o en mi cabeza.
– Gracias... – pude decir en cuanto terminé, para después sentir el impulso irrefrenable de tratar de aliviar algo del sufrimiento que ellos me habían mostrado. – Si de algo les sirve-
– Por favor, no lo haga – me detuvo Hunter antes de que pudiera decir algo. – Entiendo lo que quiere hacer y sé que lo hace de buena voluntad, pero... ¿entiende?
Miré a esos ojos azules que habían visto cómo se cocinó medio siglo de historia y supe al instante lo que ese viejo guerrero me quería decir.
– Creo que sí.
Minutos después, tras ayudar a ambos a dejar en orden la sala de estar y de llevar todo a la cocina, Lisa Hayes y Rick Hunter me escoltaron hasta la puerta de su casa. Al abrir la puerta, un viento helado me azotó, aunque con todo lo vivido allí adentro, lo sentí como un golpe de calor en mi rostro.
– Que tenga un buen viaje de regreso, Jeff – me deseó Lisa Hayes con calidez, mientras a su lado su esposo sonreía y asentía.
– Gracias... – les dije a ambos, y fue desde el corazón.
Estreché las manos de ambos y caminé hacia mi automóvil, para luego arrancar e irme de la propiedad de los Hunter-Hayes.
Hasta el instante mismo en que la casa de Woodland desapareció de mi vista, pude divisar a ambos héroes en el porche de la residencia, viendo cómo yo me alejaba.

El viaje de regreso a Nueva York fue tan aburrido como el de ida a Woodland. Nada de tráfico, nada de ruido, un tiempo algo más clemente que el que esperaba. Por mí, eso era fantástico. Ya había tenido suficiente agitación en esa casa donde había pasado buena parte del día.
Me pasé buena parte del viaje maldiciéndome por no haber hecho muchas preguntas más, por no haber sido más incisivo, por no haber ido más a fondo con ciertas cosas, por haber aceptado sin más las versiones que ellos me daban de las cosas…
Al cabo de un rato, dejé de hacerlo. Bastante había sacado en esas horas que pasé con ellos. Había hecho lo mejor posible, y si en algún momento no me comporté con la sangre fría que se supone que debe tener un periodista… bueno, ¿quién hubiera podido estar ahí y no dejarse llevar por sus emociones? Dejo esa pregunta abierta.
Llegué a la ciudad poco antes de la puesta del Sol, y tuve tiempo suficiente para ir al edificio del diario a hacer algunas cuantas copias de la grabación, de modo de tener respaldos en caso de cualquier eventualidad.
De más está decir que tomé una copia de la grabación para mi propio uso personal, y esa copia todavía figura entre mis más preciados tesoros. La acompañan las otras entrevistas y testimonios que, en los años siguientes, iría recopilando acerca de esas dos grandes personalidades.
Ustedes estén atentos. Algún día terminaré este libro y se llevarán una gran sorpresa.
Después de todo mi periplo y de mi escala en el diario, volví a mi departamento con el estómago vacío y gruñendo brutalmente. Sólo entonces me percaté de que, salvo los sándwiches que habían acompañado todas esas tazas de café en casa de Hunter y Hayes, no había comido nada en todo el día.
Entré al departamento y no tardé en encontrarme a Denise, sentada en el sofá del holovisor y vestida con ropas que ni ebria llevaría a la corte. Era una buena señal: mi novia no tenía pensado salir de casa en el resto de la jornada.
Exactamente lo que necesitaba.
– ¿Cómo te fue? – me preguntó algo agitada, ya que le hice saber de mi presencia con un sorpresivo beso en los labios.
No me culpen: ella siempre se distrae cada vez que dan "Robotech" en holovisión.
Me senté junto a ella a disfrutar un poco de esa adaptación artística de la historia viviente con la que había hablado. Precisamente era uno de los episodios ambientados durante la Primera Guerra: el retorno del SDF-1 a la Tierra... y coincidentemente, el retorno de Rick Hunter, Lisa Hayes, Max Sterling y Ben Dixon a la fortaleza espacial tras su cautiverio en la nave de Dolza.
Enfoqué mi atención en los actores que representaban a Hunter y Hayes. Había en ellos algo de parecido a los verdaderos y se notaba su esfuerzo en representar bien esos papeles, pero supe sin lugar a dudas que nunca, por más que lo intentaran, podrían llegar a dar una cabal idea de quiénes eran y quiénes fueron Rick Hunter y Lisa Hayes.
Esa es una tarea para la Historia, no para los productores y guionistas de holovisión.
– ¿Qué tal son ellos? – me descerrajó Denise su pregunta. – ¿Hayes y Hunter?
Una hermosa pregunta me hizo. ¿Sabrá ella que si me pongo a explicarle, probablemente termine la semana siguiente?
¿Puede siquiera imaginarlo?
– ¿Estás bien? – me preguntó algo preocupada cuando yo tardé en responderle.
De todos modos, no le respondí, o al menos no lo hice con palabras. Decirle que había conocido a la Historia hecha carne así nomás no le hubiera hecho justicia a la experiencia que viví en Woodland. Simplemente, la miré a los ojos, le sonreí y la besé. Sería toda la advertencia que le daría al respecto.
Iba a ser una buena historia para contarle durante la cena.
- FIN -

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"!HAZLO SOLO O SAL DE MI CUBIERTA!"
(CMC A. Steinhauser, RDFN, CVS-101 Prometheus, SDF-1, Urano)
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REM TENE, VERBA SEQUENTUR

Catón


Dom Dic 19, 2010 11:52 pm
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Registrado: Lun Abr 27, 2009 1:13 am
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Nota Re: La Entrevista (Final)
que deleite leerlo amigo, espero leer mas de ud proximamente!

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Ne Obliviscaris!


Lun Ene 10, 2011 12:35 pm
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