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 La Entrevista parte II 
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Sargento
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Nota La Entrevista parte II
La Entrevista
(Parte II)


– ¡AMOR, YA LLEGUÉ Y VENGO CARGADO! – escuché que bramaba un vozarrón masculino y jovial desde la entrada de la casa. – ¿POR CIERTO, DE QUIÉN ES ESE AUTO TAN LINDO EN LA ENTRADA?
No sé qué le habrá parecido más divertido, si mi pánico o la estridencia de su esposo, pero la cuestión es que Hayes rió con ganas, algo a lo que apenas me pude sumar con una risa nerviosa en cuanto superé mi propio shock.
– ¿Me disculparía, Jeff? – dijo ella con suavidad mientras se levantaba del sillón.
– Por supuesto.
Con otra sonrisa a modo de agradecimiento, mi anfitriona me dejó en la sala de estar mientras iba camino a la puerta.
– ¿Lisa, estás viva? – volvió a gritar el almirante Hunter desde la entrada de la casa, aunque esta vez sonó más bajo, claramente por haber notado que su esposa estaba cerca. – ¿O estás engañándome?
– Estoy viva y sigo sin engañarte... como en los últimos cuarenta y muchos años – escuché que decía Lisa con resignación. – Veo que compraste todo.
– Sí, incluso ese paté que tanto te gusta... Bertie dice que tendrá suficiente para el resto del invierno, si somos juiciosos y no le vaciamos las existencias.
– Que no cuente con ello – replicó ella, y entonces creí oír un gemido de placer. – Ya extrañaba este aroma tan delicioso.
– Entonces te encantará esto – le contestó Rick Hunter, quien debió haberle mostrado algo que le gustó todavía más, pues el gritito de felicidad de Lisa Hayes fue... épico.
– Chocolate suizo... Rick, sabes cómo tratar a una dama.
– Por algo sobreviví casi cincuenta años contigo – contestó sin perder un segundo él. – A base de sobornarte en las buenas y esconderme en las mañas.
– Idiota.
– Pero un idiota adorable – fue la contestación antes de que esa escena, que no me había atrevido a presenciar, tuviera un nuevo tema de discusión. – ¿De quién es el auto?
– Oh, cielos... – escuché murmurar a Lisa, y mi cuerpo se estremeció de escalofríos en preparación de lo que estaba por venir. – Jeff, ven aquí, no tengas miedo...
¿Les dije que Lisa Hayes es capaz de inspirarle disciplina marcial a un neohippie? Bueno, es capaz de hacerlo, de modo que a un simple periodista como yo, su pedido me hizo moverme como cadete reclamado por el director de la academia.
Fui a su encuentro, y allí la pude ver junto a su esposo.
Ya lo mencioné antes, pero vale la pena repetirlo: esperaba más de Rick Hunter. No por lo que era el hombre, sino por la imagen desproporcionada y delirante que su reputación provocaba.
Allí, frente a mis ojos, tenía a un hombre que a mi edad ya era almirante y comandaba flotas, que había escapado de la base de Dolza (sé que ustedes vieron la película y la serie de holovisión, pero siendo alguien que conoce de primera mano los detalles, les diré que ni siquiera Veracruzwood puede hacerle justicia a la historia real), que había derrotado en combate a todas las especies alienígenas con las que la Tierra había cruzado disparos, que había planeado y ejecutado la liberación de la Tierra, y tantas cosas más que si las enumero, convierto a este pasaje en un panegírico.
Ahí tenía a ese hombre cuya leyenda era más grande que la vida misma... un anciano no mucho más alto que yo, canoso, de rostro arrugado, penetrantes ojos azules... con dos bolsas de supermercado en las manos y vestido con gorro y chaqueta de leñador.
– Rick, él es Jeff Piersall, del Times de Nueva York, vino para la entrevista de la que hablamos – nos presentó ella. – Jeff, él es mi esposo, el almirante en jefe retirado Rick Hunter.
En silencio le agradecí al almirante Hunter por tenderme él primero la mano, liberándome de la obligación de hacerlo yo mismo y quedar como un idiota tembloroso.
– Encantado de conocerlo, señor.
– Lo mismo digo, señor Piersall – me respondió el almirante Hunter, apretándome la mano con tanta fuerza que pensé que no me quedaría un hueso entero. – ¿Qué lo trae a esta morada perdida en los bosques?
– Una entrevista que quiero hacerles con motivo del cincuentenario de la Primera Guerra Robotech... estamos planeando un suplemento especial para el día del aniversario, y quería contar con sus testimonios y vivencias.
Hunter sonrió, y luego miró a su esposa... supongo que entre ambos se dijeron todo con esa telepatía conyugal que debieron haber desarrollado en todos estos años.
– Pues si me aguarda a que me quite esta maldita ropa y me ponga algo más cómodo...
– Por supuesto, almirante, lo que necesite.
– Visto una chaqueta de invierno y una gorra de piel que me cae hasta las orejas, no un uniforme – me contestó en un tono tan duro que de no ser por su sonrisa hubiera tomado por un regaño. – Llámeme Rick, señor Piersall. Ahora vuelvo.
Dicho y hecho, o más hecho que dicho dado que ni me dijo nada, Rick Hunter se fue a lo que presumo que era su dormitorio, mientras yo me quedaba en el vestíbulo haciendo el esfuerzo necesario para que mi mandíbula no quedara colgando, mientras Lisa Hayes me sonreía.
– ¿Volvemos?
– Por supuesto.
Quizás fuera por toda esa disciplina militar o lo que fuera, pero la cuestión era que lo que esperaba que fuera una larga espera hasta que Hunter estuviera listo, no fue más que una pausa de cinco minutos en la que apenas tuve tiempo para sentarme en el sofá. Bien rápido apareció el almirante Rick Hunter, vestido con algo más de interior que no lo hiciera parecerse a un viejo leñador de montaña.
Lisa le sonrió mientras él le tomaba la mano antes de sentarse junto a ella en el sofá de enfrente.
– Listo, ya estoy preparado para enfrentar lo que tiene en mente, señor periodista – me dijo Hunter, sin dejar de mirarme mientras se sentaba, aunque luego enfrentó a su esposa. – ¿Ya habían empezado ustedes?
– Estábamos hablando de lo que significó para nosotros la guerra, en especial cuando comenzó – confirmó Hayes con un tono clínico que me hizo sentir como que no existía.
Asentí como si tuviera un ataque de epilepsia, carraspeé para asegurarme de que no me saliera voz de niño, y le hablé directamente.
– Si usted quisiera aportar su visión...
– Oh – suspiró él, y juro por lo que ustedes quieran que lo vi sonrojarse. – Bueno, le diré... en ese entonces yo era un civil, sin más ambiciones que ganar competencias de vuelo para llevarme algo al estómago. ¿Qué diablos sabía yo de la guerra? Cuando la Guerra Global, yo ayudaba a mi padre alcanzándole las herramientas que usaba para reparar los aviones.
Hunter se reclinó en el sofá y puso sus manos detrás de la cabeza, en una pose que me recordaba mucho a la de algunos compañeros de redacción cuando no había nada más que hacer.
– Así que, un día estoy en Isla Macross para asistir a una ceremonia a la que me invita un amigo, y esa misma noche estoy... perdido en las entrañas de una fortaleza espacial que orbita Plutón luego de ser atacada por alienígenas... ¿cree usted que a los dieciocho años yo estaba en condiciones de procesar eso?
– Su esposa dijo algo similar – observé, mientras Hayes asentía y Hunter ponía una media sonrisa traviesa a su esposa.
– Si me lo permite, y si Lisa me disculpa, creo que va desde puntos de vista distintos, pero similares.
– ¿Cómo es eso? – quise saber.
– Lisa ya estaba en el servicio en esa época, y la enormidad de la situación, la imposibilidad de procesarla adecuadamente, ella la vivió en lo referido a cumplir con su deber militar y pelear una guerra como nunca antes se había luchado en la historia de la humanidad – comenzó a explicarme, y al notar mi interés, Hunter sonrió. – En mi caso, y me atrevería a decir que en el caso de todos los que, como yo en ese momento, eran civiles en medio del fuego cruzado, se trataba de absorber una realidad que se había vuelto grotesca e irreconocible. Si bien desde que cayó el SDF-1 sólo un ermitaño podía ignorar que existían los extraterrestres y que eran lo bastante violentos como para construir naves de guerra, sólo los militares, o al menos los que estaban en puestos de responsabilidad, tenían alguna idea de lo que era esa amenaza, aunque más no fuera una concepción vaga y general.
– Puedo dar fe de eso – acotó Lisa vigorosamente, y vi cómo él le apretaba la mano con más fuerza mientras retomaba el curso de su respuesta.
– ¡Dios mío! ¿Estar en el espacio exterior en una nave interestelar atacada por gigantes y con robots transformables para su defensa? ¿Cómo diablos podía un contador, un abogado, un verdulero o un piloto amateur asimilar eso dentro de su propio universo ¡Hombre, o te volvías loco o te enfocabas en tu pequeño pedacito de la realidad para no perder la cabeza!
El almirante dejó escapar una carcajada monumental; yo no pude acompañarlo ni siquiera de haberlo querido. Simplemente no era mi derecho.
Sin mencionar que había perdido cualquier posibilidad de reírme de algo así luego de pasar mi infancia con mis padres encerrándonos a todos en el sótano de casa y apagando todas las luces y equipos electrónicos cada vez que una patrulla Invid venía al pueblo para cazar a la Resistencia. El sentido de la realidad de un niño no sobrevive a esas cosas sin hacer grandes ajustes.
– La primera víctima de la Primera Guerra Robotech fue el sentido de la realidad – me dijo entonces Hunter; ya no había rastros de la carcajada y su voz sonaba como si tuviera un millón de años de edad. – Todavía estamos tratando de revivirlo, aún a quince años de que todo terminara.
Para mi sorpresa, me encontré asintiendo durante unos segundos antes de recuperar el hilo de la entrevista y aprovechar para encarar otro ángulo que se abría ante mí.
– Quisiera volver sobre esa idea un poco más tarde, pero por ahora, almirante Hunter, ¿cómo vio los cambios desde dentro de la institución militar durante la guerra?
– Bueno, en una guerra los cambios tienden a ser... darwinianos, por así decirlo – me explicó Hunter, y era claro que buscaba la mejor forma de hacerle entender a un civil (que había portado alguna que otra arma durante la Ocupación, pero que seguía siendo un civil) algo que como militar él había vivido y asimilado sin pensarlo. – Cuando yo me integré al servicio, el grupo aéreo del SDF-1 era una mezcolanza caótica donde estábamos los pilotos civiles reclutados de urgencia, los muchachos del Ejército, de la Fuerza Aérea y de la Armada que habíamos heredado de la base de Isla Macross, del Prometheus y del Daedalus y que en algunos casos no volaban nada remotamente parecido a un Veritech, algún que otro veterano llamado nuevamente al servicio, y un pequeño cuadro de pilotos de las Fuerzas Espaciales capacitados e instruidos para volar cazas Veritech y combatir contra extraterrestres.
De pronto se detuvo y pareció tragar saliva; apretó los labios y su mirada se perdió, mientras era ahora su esposa la que lo tomaba de la mano y le daba fuerzas.
– Las primeras batallas de la guerra fueron una carnicería. Sólo le diré que quienes no se adaptaron o no supieron adaptarse a la realidad de la guerra espacial... no volvían a casa – me dijo con una voz casi monótona.
Los ojos del almirante se ensombrecieron. Tal vez piensen que ese es un detalle sin sentido, pero le aseguro que es escalofriante ver ese dolor repentino en el rostro de un hombre que atravesó por todo lo que tuvo que atravesar y que todavía tiene espíritu para ser alegre.
– La guerra espacial es cruel, amigo – suspiró, sin que por ello esa frase dejara de sonar... bueno, cruel. – En última instancia, un caza Veritech no es más que una burbuja de metal que opera en el vacío absoluto, y en la que sólo una capa de material reforzado y una cúpula de vidrio te protegen de la nada. En el espacio no sólo no hay aire... hay radiaciones capaces de freírte en segundos, eso si sobrevives al doble impacto de la descompresión y del frío absoluto, cosa que no pasa jamás. Si pierdes tu caza, no sobrevives. Claro, hay algunos sistemas de eyección, esos que te permiten separar la cabina de tu caza del resto antes de que explote, pero con mucha suerte sólo uno de cada diez pilotos derribados pudieron "eyectarse" en el espacio... el resto moría milisegundos después del primer impacto.
No dije nada. ¿Qué podía opinar cuando la sola idea, tal como me la describía, me aterraba como si una vez más tuviera cinco años y frente a mí estuviera un Shock Trooper Invid? O peor todavía, porque lo que me contaba Hunter era lo más parecido a la muerte misma que podía imaginar... y eso que he visto muerte...
– Dos o tres semanas después de la Batalla de los Anillos de Saturno, todos los que quedábamos éramos veteranos curtidos, adiestrados y disciplinados, viniéramos de otras fuerzas o de la vida civil – me dijo Hunter como si fuera lo más sencillo del mundo. – Todas las viejas distinciones ya no valían, porque todos éramos hermanos en la supervivencia a esta guerra. El resto, los que no se adaptaron, los que no aprendieron a tiempo los gajes del oficio, los que no podían desconectarse de sus experiencias en guerras clásicas contra humanos en la Tierra, todos estaban muertos.
Luego calló y se hundió en el sofá. Había una taza de té por ahí, y Hunter la tomó sin siquiera mirarla. Yo estaba mudo, y Hayes en silencio, pero sólo de palabras pues su mirada lo decía todo...
Y entonces a Hunter se le escapó una lágrima.
Quise imaginarme estar en el lugar de ese hombre y no pude. Y sentí rabia... demasiada rabia...
No podía aceptar que Rick Hunter, el hombre que había tenido a la humanidad dependiendo de sus decisiones, fuera tan humano. Quizás me era más fácil imaginármelo como un héroe insensible, porque así era más fácil poner en sus manos esas decisiones que todavía hoy en día despiertan tantos debates y amargas discusiones.
Pero ver que era un hombre el que había decidido por toda la humanidad... me costó aceptarlo. A veces pienso que todavía no lo hice más que intelectualmente.
– Hice la instrucción básica junto a otras ciento noventa y tres personas. Hasta donde yo sé, sólo diecisiete, contándome a mí mismo, seguimos vivos hoy – me dijo, y fue una combinación de esas palabras, de su tono, y de su mirada devastada la que me hizo sentir un horror muy parecido y muy distinto a todo lo que vi durante la Ocupación. – La guerra nos encontró desprevenidos, confundidos y sin la menor idea de lo que nos esperaba... y los que no pudieron adaptarse a ese cambio brutal de la realidad, no la sobrevivieron.
Lo que me dijo después era algo obvio, pero que en boca de él parecía una verdad incuestionable.
– Es cruel, pero es la verdad... la verdad de la guerra.

Habíamos hecho una pausa en ese momento, lo cual era hasta necesario moralmente luego de la gravedad de los temas que habíamos discutido. Si yo andaba seriamente necesitando un respiro, no quería pensar en lo que ellos debían necesitar en ese preciso instante.
No quiero que piensen que me mareo muy fácilmente. Crecí durante la ocupación, y mi primer trabajo para un periódico consistía en llevar copias de un pueblo a otro mientras evitaba las patrullas Invid en Nueva Inglaterra. Nunca estuve en uno de los equipos de combate de la Resistencia, pero de todas maneras aprendí a usar todo tipo de armas de mano, y en más de una ocasión tuve que disparar cuando una patrulla de babosas trataba de... impedir el ejercicio de la libertad de prensa. He visto pueblos destruidos, ciudades abandonadas, bandas de renegados y pandilleros... creo que ya se imaginan que he visto cosas en mi vida.
Por lo cual, sepan lo que significa que diga que lo que les escuchaba decir a los Hunter-Hayes me dejaba con escalofríos. Me incomodaba un poco, y también me molestaba por razones que les diré en un rato, pero de pensar en lo que habían visto esos dos ancianos con los que hablaba, toda mi "experiencia" se revelaba como modesta.
Hablen con un veterano si es que consiguen que les hable, un veterano de verdad, no uno que estuvo en puestos administrativos, uno que haya estado en combate. No serán los mismos cuando termine de hablar.
Pero en fin, luego de la pausa y de reponer las existencias de té, café, agua y galletas, estábamos a punto de retomar la entrevista. Mi idea era hablar un poco sobre... bueno, sobre el desafío de constituir la Fuerza Expedicionaria en momentos en que la Tierra trataba de recuperarse del Holocausto de Dolza, pero antes de poder hacer la primera pregunta, Lisa se me adelantó.
– Si me permite...
– Adelante, por favor – le dije.
– Gracias – me sonrió Hayes mientras tomaba la mano de su esposo entre las suyas, un gesto cuya regularidad empezaba a notar a lo largo de la entrevista. – Creo que Rick ha dicho algo muy importante, y que puede aplicarse tanto a lo que ocurría específicamente entre los combatientes como a la raza humana en general.
Puse mi mejor sonrisa. Normalmente no es bueno que el entrevistado hable de lo que él quiera, pero con gente como ellos, a los que de seguro no basta con una sola entrevista para sacarles todo el jugo, vale la pena ver a donde nos quieren llevar.
– ¿En qué sentido? – pregunté, y mientras Hunter la miraba confundido, ella me devolvió la sonrisa y comenzó a hablar de lo que quería.
– En 2009 todavía vivíamos en el mundo clásico que la generación de nuestros padres y la nuestra propia habían conocido. Había guerras entre nosotros, había divisiones profundas que no sanaban jamás, había rivalidades nacionalistas, odios religiosos, venganzas étnicas, caos en ebullición por debajo de un orden cada vez más frágil... la caída del SDF-1 abrió sólo en parte las puertas de la humanidad a la realidad más amplia del Universo – explicaba ella en un tono que, imaginé, había sido el que escucharon generaciones de oficiales y militares que la tuvieron al mando. – Digo que sólo en parte porque hasta que vinieron los Zentraedi, y me atrevo a decir que hasta el día de Dolza, muchos siguieron viviendo como si en 1999 el SDF-1 nunca hubiera caído.
Mi sonrisa dejó de ser forzada y se tornó genuina. Al diablo con mi línea original de preguntas. ¿Saben por qué? Porque de los setecientos ochenta millones de humanos vivos allá en el '59, apenas la cuarta parte había vivido en el mundo antes del Holocausto... lo único que habían conocido mi generación y la de mis padres era este mundo destrozado, desierto y ruinoso que había quedado luego de que el Universo se ensañara con la humanidad.
Claro, intelectualmente todos sabemos lo que era el mundo antes del Holocausto, pero para quienes crecimos conscientes de los pocos que éramos y de lo cerca que estábamos de la extinción en un planeta arruinado y en penosa reconstrucción donde lo más viejo que podíamos encontrar eran los edificios modulares de después del '11, pensar que hubo una era en donde la superpoblación era tomada como un problema, y en donde había ciudades antiguas y milenarias con todo el confort de la tecnología moderna era... bueno, era un sueño.
Y al margen de mi deber periodístico, había algo de mí que me hacía sentir ansias de escuchar algo de ese mundo, de boca de quienes lo habían conocido. Era como si se hiciera real...
Y Lisa Hayes-Hunter siguió hablando.
– Entiendo que lo que dije puede sonar cruel, pero no lo es... el cambio de mentalidad que representaba pasar de la realidad mundana, provincial y clásica que la humanidad había conocido hasta 1999, a la realidad de saberse sólo una especie entre millones que viven en un universo infinito y maravilloso, pero violento y brutal a veces, era algo casi imposible para miles de millones. Creímos, todos creímos, que era posible adaptar la vida que habíamos conocido, el estilo de vida que llevábamos, la manera de encarar la realidad, al Universo grande al que entrábamos... y no fue posible.
Su esposo apretó los labios y la tomó de la mano como si temiera perderla, y pensé en lo cerca que habían estado ambos de perderse.
– Si la llegada de los Zentraedi no nos lo demostró, el Día de Dolza fue el final de esa ilusión – dijo ella, deteniéndose para tomar aire... como supuse que debía hacerlo alguien que había visto, y sobrevivido, al día de Dolza. – Al día siguiente del Holocausto, debimos reconstruir un mundo, una civilización, una especie, desde las cenizas, sin la menor posibilidad de volver a la vida que habíamos conocido antes. Nos obligó a empezar desde cero, a replantearnos cosas que antes dábamos por sentadas y que ahora no podíamos permitirnos más... nos obligó a reconstruir nuestra civilización para que pudiéramos sobrevivir en el nuevo universo en el que nos hallábamos. Fue una transición dura y catastrófica, pero el hecho de que estemos aquí hablando, usted y nosotros, en la Tierra luego de tres guerras como nunca antes habíamos siquiera imaginado, es prueba de lo que cambió en nosotros a partir de las Guerras Robotech.
Luego, ella se inclinó hacia adelante y cambió de postura. La vi... dura, tenaz, desafiante quizás. Me pareció algo chocante al principio y me quedó el sabor de boca por un tiempo, hasta que después pensé que había sido su generación la que vivió esa "transición dura y catastrófica", y que el hecho de haber sobrevivido a la misma le daba todo el derecho del mundo a ser desafiante.

– Antes de las Guerras vivíamos en un mundo superpoblado por siete mil millones de personas, dividido en naciones, Estados, religiones y etnias que si no se odiaban, apenas se toleraban entre sí, con una mirada limitada al pequeño planeta en el que vivíamos y con una perspectiva limitada a lo que habíamos conocido – me relató Hayes, y debo admitir que el mundo que me describía me sonaba tan real como la Tierra Media de Tolkien. – Ahora, no somos más de ochocientos millones, la Tierra es un lugar solitario, despoblado y en varios lugares todavía devastado y faltan siglos para que curemos las cicatrices de las Guerras, pero habitamos docenas de mundos y nos expandimos por toda la Galaxia, estamos dispersos por el cosmos pero unidos en nuestra humanidad, en nuestra herencia y en nuestra historia, naciones y mundos unidos bajo una misma bandera, y tenemos la fuerza para resistir lo que sea que nos amenace.
Miré de reojo a un cuadro que colgaba de la pared. En realidad no era un cuadro, sino un marco que rodeaba a una vieja bandera de la Tierra Unida. La bandera estaba hecha jirones, había manchas de lo que fuera en su paño azulado, y el emblema de la Tierra Unida estaba casi desdibujado.
– Me dieron esa bandera luego del Holocausto... una partida de rescate la encontró entre las ruinas del consulado del GTU en Chicago – me explicó ella sin que yo le preguntara de donde había salido ese pabellón. – Le costará creerlo, pero entonces estaba en mucho mejor estado... cuarenta años de guerras, de combates, de victorias y de derrotas, de marchas triunfales y de retiradas desastrosas... de llantos y júbilo... de Zentraedis, Tirolianos e Invid... de reconstrucciones, devastaciones, ocupaciones y liberaciones... cuarenta años de todo y todavía sobrevive. Hecha jirones, tal vez, pero todavía sobrevive...
Cuando volví a ver esa bandera, mi corazón se estremeció. Llámenme patriotero o lo que quieran, pero la verdad es que cuando vi a esa bandera, no vi un paño hecho trizas... vi a la Tierra y a la humanidad mismas. Golpeadas y sufrientes, pero todavía allí. Y eso era lo que contaba.
Un carraspeo de la almirante me trajo de vuelta a la realidad de la entrevista. Cuando la vi, me sonrió... y no pude sino sonreírle de vuelta.
– La guerra nos transformó. Fue una transformación brutal, cruel, desgarradora y violenta, pero a la vez fue irrevocable e irreversible – concluyó Hayes, mientras yo veía en esos ojos verdes qué tan cruel, desgarradora y violenta había sido esa transformación para quienes la vivieron de cerca. – Somos lo que somos ahora a consecuencia de las Guerras Robotech, y como bien dijo Rick antes, y creo que era algo que usted quería abordar más tarde, la primera víctima de las Guerras fue nuestro sentido de la realidad.
Dicho eso, volvió a callar y no se dijo más por un rato. Era una de esas conversaciones en las que era necesario recobrar el aliento y el control de sí.
– Ustedes fueron parte de las últimas generaciones en conocer el mundo anterior al Holocausto – les pregunté al cabo de unos instantes en los que simulé chequear la grabadora cuando en realidad estaba calmándome a mí mismo, sintiendo la garganta seca luego de todo lo que me habían dicho. – ¿Cómo lo recuerdan?
Hunter respondió primero, y lo hizo encogiéndose de hombros como si le hubiera preguntado qué tal le parecían las uvas de la tienda de la otra cuadra.
– Ruidoso. Caótico. Desesperante.
– Mucho tránsito – agregó Hayes con una sonrisa. – Especialmente en horas de oficina.
– Mucha gente. Muchos problemas – volvió a decir él, esta vez en un tono más serio y grave. – Mucho odio, mucha historia sin resolver, muchos dolores sin curar. Mucha historia... un legado milenario, tradiciones de todos los tipos, desde las curiosas hasta las sublimes... pequeños rincones de belleza en medio del caos... lugares donde la tranquilidad era apreciada por el contraste con la locura de todos los días.
Hunter calló y entonces habló su esposa antes de que pudiera intervenir, lo cual me hubiera resultado difícil dado lo boquiabierto que me había dejado escuchar esa apreciación de parte de... bueno, de parte de Rick Hunter, demonios...
– Vivíamos en un mundo vibrante, Jeff... un mundo de muchos idiomas, de muchas culturas, con una diversidad tal que sólo podías maravillarte de cómo era posible que cupiera en un planeta como la Tierra – me explicaba una maravillada Lisa Hayes, en cuyos ojos alcancé a ver algo de ese mundo que sólo conocía por leyendas y testimonios. – Era un mundo asombroso, en el que podías estar frente a un rascacielos impresionante y moderno, y con sólo doblar por una esquina podías encontrar una iglesia de trescientos años de antigüedad... el progreso y la tradición, en el mismo lugar. Había partes feas y desagradables, o incluso lugares en donde el "progreso" había condenado a verdaderas piezas de la Historia a desaparecer o ser demolidas...
Volví a sonreír, cómodo en la certidumbre de que mi decisión de dejar que ellos tomaran esta línea de conversación y no insistir en la que yo tenía en mente había dado grandes resultados. Aunque para ese momento, yo ya los escuchaba más con el interés ansioso de un niño que con la frialdad del periodista.
– Tanto pasado, tanta historia, tanta maravilla y creíamos que no servía para nada – agregó ella con la voz partida de dolor y nostalgia. – Y pensar que ahora, si encontráramos intacto algún edificio de antes de 1980, tendríamos mucha suerte...
– Tenía sus problemas... deterioro ambiental, superpoblación, guerras y rencillas de todo tipo, desconfianza... – aportó entonces el almirante Hunter, con un tono más clínico y en apariencia desapasionado, aunque la mirada en sus ojos era todo menos desapasionada. – Lejos de resolver los problemas, en algunos casos la Unificación los agravó, porque ahora había alguien a quien todo el mundo podía culpar de sus problemas. Por un lado tenías a muchos que hacían lo posible por crear un mundo nuevo, más seguro y más próspero... mientras desde grandes religiones hasta sectas dementes, y desde aspirantes a potencias mundiales hasta pequeñas facciones terroristas, todos culpaban al GTU de todo y trataban de derrocarlo por la fuerza.
Hunter se detuvo, como queriendo resguardarse de lo que iba a decir después.
– Mucho me temo que si los Zentraedi no hubieran llegado cuando llegaron, habríamos tenido una nueva guerra mundial antes de 2030, o incluso de 2020... así de complicadas estaban las cosas – acabó por decir.
Arqueé una ceja. Mis conocimientos de historia no eran los mejores; tampoco podía esperar mucho habiendo estudiado en la escuela que mi pueblo había logrado mantener abierta durante la Ocupación, pero de ahí a pensar que sin los Zentraedi hubiéramos caído en una nueva ronda de guerras entre humanos... bueno, no soy extraño a la violencia entre nosotros los bípedos sin plumas, con todo lo de la Ocupación y la anarquía, pero las viejas naciones y Estados que se habían hecho la guerra durante milenios no existían para mí más que en los pocos libros de Historia que tenía; la unificación era una realidad viva y palpitante para mí.
Sonreí. Quizás había idealizado demasiado al viejo mundo de antes de Dolza. Lo único cierto era que nunca esperé escuchar que ese mundo maravilloso y feliz que los Zentraedi habían arrasado hubiera podido terminar de cualquier manera a manos de nosotros mismos.
Había sido otro mundo radicalmente distinto al que yo conocía. Pero no por ello había sido una utopía.
Antes de que ellos me volvieran a sacar de los pensamientos en los que había caído, me sacudí y asentí para que siguieran hablando.
– Es curioso... creo que ni los extraterrestres más extraños hallarían más alienígena a este planeta que aquellos que lo conocimos antes de las Guerras – dijo risueño Hunter, y Lisa se contagió de su sonrisa. – Para usted, señor Piersall, es normal ir por la ruta que va desde Nueva York hasta Nueva Albany y cruzarse con sólo tres o cuatro autos en diez kilómetros. Para nosotros, que conocimos las superautopistas repletas de autos hasta el horizonte, nos parece desesperadamente solitario.
– Antes, nosotros teníamos que hacer viajes de varios kilómetros desde el centro de una ciudad para ir al campo abierto, lejos del bullicio de las ciudades, del ruido y de todo – agregó ella. – Ahora, con quince o veinte minutos de viaje, estás en el medio de la nada... y el silencio que tanto apreciabas antes te deprime y te llena de desesperación. Crecimos siendo muchos, y ahora somos tan pocos... tan desesperadamente pocos.
Asentí y miré para otro lado. No quería que me vieran con los ojos humedecidos de lágrimas. Sentí que no tenía derecho a llorar. No en frente de ellos. Aunque les tuviera rabia en algún lugar de mi cuerpo que no podía precisar.
¿Les sorprende? Era la verdad. En algún lugar sentía rabia hacia ellos, y conforme lo que me decían me hacía sentir más compasión hacia ellos, al mismo tiempo mi rabia se tornaba feroz. Si les parece que no tiene sentido, les invito a que me digan qué parte de las emociones humanas tiene sentido.
Lo que no contaba para nada en mis planes era que Rick Hunter saliera por una tangente insólita.
– O los trenes – dijo, y yo le pregunté movido por una incipiente duda sobre los efectos de la senilidad:
– ¿Qué pasa con los trenes?
– ¿Qué pasa con los trenes, Rick? – dijo su esposa, a quien evidentemente también le había parecido extraña aquella salida.
– Todos los trenes de ahora son de esos modelos de levitación magnética, supermodernos, confortables y silenciosos, que hacen cien kilómetros en media hora... – comentó él con nostalgia y tristeza. – Todos.
Lo miré extrañado. ¿Qué diablos tenían que ver los trenes en esto? No los usaba muy seguido que digamos, bastante tenía con el Metro de Nueva York, pero...
– Ya no queda ni uno sólo de los viejos trenes eléctricos, o de los suburbanos que conocimos, o alguna locomotora de vapor – agregó él, y en sus ojos pude ver la tristeza por todas aquellas cosas que él había conocido y que yo sólo sabía gracias a las fotografías y videos. – Es como si el pasado nunca hubiera existido.
Vi que empezaba a mover los labios como si quisiera decir algo más, pero no dijo nada... sólo se quedó allí sentado, con su sonrisa triste y sus recuerdos de una era que él nunca verá de nuevo y que yo nunca conoceré.
– El otro día, hurgando entre las cajas de mi oficina, encontré un viejo reloj de pulsera que mi padre me regaló cuando tenía diez años – agregó luego Lisa Hayes, buscando en su bolsillo hasta dar con el reloj en cuestión. – Aquí lo tiene.
Me dejó el reloj en la mano y yo lo estudié... o más bien puede decirse que lo devoré. Comparado con los relojes y cronómetros que yo conocía, era indudablemente más primitivo y menos funcional... pero tenía algo que no sabía cómo identificar. Era como si no perteneciera a este mundo, sino a una era completamente distinta e incomprensible...
Y era un reloj. Un maldito reloj de pulsera.
– Lo había comprado en una relojería... en ese momento no era más que un reloj comercial fabricado en masa. Era y es hermoso, especialmente desde que mandé repararlo en la relojería del pueblo... pero cuando lo encontré y lo tuve entre mis manos, pensé que quizás fuera el último reloj de su tipo en todo el Universo – continuó contándome, mientras yo seguía fascinado con el reloj, y entonces rompió en carcajadas. – Un reloj de pulsera modelo 1995 fabricado industrialmente en China o Japón, convertido en una pieza arqueológica... ¿puede imaginarlo? Las cosas y chucherías de nuestra época son rareza en estos días.
– No crea que pensamos que el pasado era mucho mejor, o que tendría que haber desaparecido. Nada de eso, por favor – intervino el almirante con prisa, como si temiera lo que sus palabras me pudieran hacer pensar. – El mundo en el que vivimos ahora es el que la historia y la humanidad pudieron construir. Si lo comparamos con el que conocimos en nuestra juventud, antes de las guerras, debemos decir que es un mundo más pujante, menos dividido y más... resistente, por decirlo de alguna manera.
– Pero le falta esa historia, esa diversidad de la que hablábamos. No porque la hubiéramos abandonado, sino porque nos la arrebataron a fuego y muerte. Estamos escribiendo nuestra nueva historia, pero perdimos casi todo lo que vino antes – murmuró ella, con una voz que casi le desapareció al final de las palabras.
Sin darme cuenta, me encontré asintiendo... y pensando en mis padres. Ciertamente no en el mismo grado que a los Hunter-Hayes, pero podía ver cómo ellos, que habían conocido el mundo anterior a Dolza en su niñez, sobrevivido a la Primera Reconstrucción, a la guerra contra los Amos Robotech y la ocupación Invid, de vez en cuando parecían encontrarse sin lugar en el mundo.
Y veía a aquellos dos héroes y en cierto modo veía a mis padres... reliquias vivientes de una era consumida en el fuego de la guerra.
– Somos huérfanos tratando de sobrevivir en un Universo hostil, señor Piersall, sin alcurnia, sin herencias, pero con tenacidad y energía – dijo el almirante sin pretender nada más que decir lo que para él era la verdad. – Esa es la raza humana y esa es la civilización de hoy. Y es un mundo que le pertenece a las nuevas generaciones, a los que nacieron en él y tuvieron que luchar para sobrevivir contra todo lo que el Universo arrojó en su contra.
Luego él calló, pero me siguió mirando a los ojos, y créanme que fue difícil para mí sostener esa mirada. Por algún motivo, sentí el peso de la Historia y la responsabilidad de "las nuevas generaciones" en mi espalda. No importa que hubiera sido cierto o no. Lo que importa era que en ese momento Rick Hunter lo estaba haciendo cierto para mí.
– Este mundo es de su generación, Jeff – me dijo entonces Hayes con una sonrisa devastadoramente triste en sus labios. – La nuestra... no lo puede comprender. Puede vivir en él, puede contribuir y de hecho lo hace, pero nos sentimos extraños en tierra extraña. Y así lo será hasta que nos vayamos.

...Continuará...

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Catón


Dom Dic 19, 2010 11:33 pm
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Nota Re: La Entrevista parte II
increible que no haya tenido posts de feedback con lo genial que es lo que aqui se ha escrito.

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Lun Ene 10, 2011 12:37 pm
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