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 La Entrevista Parte I 
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Sargento
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Nota La Entrevista Parte I
A propósito de la publicación en fanfics de "El estruendo de las armas" , escrito por mi buen amigo y colega de fanfiction.net, Mal Theisman (Y dicho sea de paso, ese relato es solo el prologo de su monumental narración panorámica "Renacimiento"), he solicitado su autorización para colgar aquí uno de sus últimos y mas maduros relatos. Que lo disfruten...

LA ENTREVISTA
Por Mal Theisman


Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

Martes 28 de enero de 2059
Odio el sonido del despertador.
En realidad no odio al aparato o al ruido, sólo a la secuencia de eventos que desata.
La estridente molestia de su repique en mis oídos, el esfuerzo sobrehumano que me obliga a hacer para abrir los ojos, el mareo inicial, la desorientación espantosa que me hace perder segundos en recordar mi identidad, el lugar en el que estoy, la fecha y todo lo demás... y el movimiento de la cabeza para comprobar en el mismo despertador qué maldita hora era.
Eran las 05:45. La hora a la que había pedido al aparato que me despertara. Que fuera a pedido mío no hacía menos molesta la sensación de despertarse.
Yo no era el único molesto, he de aclarar. Un brazo me arrastró con fuerza para encontrarme con su dueña al otro lado de la cama, y tan pocas eran mis ganas de despertarme que ni intenté resistirme.
– Mmmmmm... – la oí murmurar en cuanto me tuvo cerca, y deseé no tener que dejar esa cama tan agradable.
Jugué un poco con sus cabellos castaños, la besé en la mejilla, acaricié su hombro, la abracé con las pocas y desorientadas fuerzas que tenía, disfruté ebrio de cariño cada una de sus reacciones... quise hacerlo todo a la vez y aún más, cualquier cosa era buena, todo lo que pudiera hacer con Denise esa mañana era preferible a dejar el nidito de amor.
"Nidito de amor"... si seré cursi a veces.
Bien pronto ella se estremeció y gruñó, y yo supe que no le faltaba mucho más para que se despertara. Me sentía como un imbécil: que yo tuviera que madrugar no significaba que debiera hacerle pasar por lo mismo a la hermosa y encantadora mujer con la que habría de casarme en unos cuantos meses.
– No te vayas... – gruñó Denise, y sus ojos azules entreabiertos y soñolientos fueron todavía más elocuentes que sus palabras.
Cómo hubiera deseado poder quedarme allí... a fin de cuentas, no tenía que ir a trabajar. Bueno, no tenía que ir a trabajar a mi oficina... porque la razón de mi madrugón era ciertamente laboral. Puesto a elegir entre conducir a horas infames fuera de la ciudad o quedarme todo el día retozando con una hermosa muchacha de veintitantos años en el departamento en el que vivíamos, mi Denise ganaba en todas las elecciones.
Excepto en la más importante: en la del deber.
– Tengo qué – le contesté desganado, y ella se despertó del todo.
– ¿Por qué?
Hice un esfuerzo sobrehumano para no quedarme allí mirando embobado los ojos que me habían enamorado, me tallé los ojos como para quitarme la modorra y me senté en la cama.
– Tengo un largo viaje y es mejor salir temprano...
– ¿Qué? – preguntó ella... bendita sea, todavía no se había despertado por completo.
– Mi entrevista – le contesté y la miré... era hermosa por donde se la mirara, pero con los cabellos desaliñados, la carita de dormida y el cuerpo completamente desnudo... era mi diosa personal.
– ¿Cuál?
Me eché a reír. No había otra posibilidad.
– Estás demasiado dormida...
– ¿No me lo digas? – replicó antes de bostezar con tanta fuerza que me hubiera podido arrancar la cabeza de una sola mordida, para luego sentarse junto a mí y apoyar su cabeza en mi hombro. – ¿Con quién tienes tu entrevista?
En vez de responderle, decidí ganar tiempo y la callé con un beso que me mantuvo ocupado y a ella entretenida... hasta que recordé, en medio de mi embotamiento amoroso, que mi aliento debía ser catastrófico a esa hora de la mañana.
Ese es el lado desagradable de amanecer junto al ser amado.
Contra todo lo que mi cuerpo me reclamaba, dejé de besar a Denise y me levanté de la cama. Me calcé un par de pantuflas y caminé casi arrastrándome al baño. Por la ventana del dormitorio el sol empezaba a asomar, iluminando el paisaje de rascacielos de Nueva York hasta hacerlo glorioso.
Desafortunadamente, mi higiene personal superaba cualquier deseo de disfrutar del amanecer neoyorquino. Ni yo mismo me soportaba, había momentos en que pensaba en cómo podía hacerlo Denise.
– ¡Buen día! Hoy es martes, 28 de enero de 2059. Son las 05:51 de la mañana – me dijo la voz del despertador en cuanto entré al baño... algún día les explicaré por qué programé al despertador para que me diera el informe matutino justo cuando entro al baño, aunque primero debo saber por qué yo mismo lo elegí así. – El clima en la ciudad de Nueva York y alrededores es ligeramente nublado y la temperatura es de 8 grados centígrados. El viento sopla levemente desde el este-noreste. Se prevé que las condiciones se mantendrán durante la jornada, aunque hay 40% de probabilidad de que se produzcan precipitaciones leves de nieve hacia las últimas horas del día.
Aunque no tuviera mucho sentido, le agradecí al despertador con un gruñido mientras preparaba todo para afeitarme... sólo para descubrir que no encontraba la afeitadora.
– ¿Desea el resumen de las principales noticias de esta mañana, señor Piersall? – me preguntó solícita la máquina.
– No, gracias – le contesté mientras hurgaba como un maniático por la afeitadora hasta encontrarla en un cajón en el que Denise insistía en guardarla cuando yo me olvidaba de hacerlo. – ¿Mensajes?
– Un mensaje de voz, de Raymond Latimere, grabado a las 02:24 de hoy.
– Reprodúcelo.
Abrí el grifo y empecé a echarme agua en el rostro al tiempo que manoteaba la crema de afeitar. En el mismo instante, la voz chillona y nerviosa de mi editor sonó por los parlantes del baño, recordándome lo mucho que en ciertos momentos deseaba poder callarlo a como diera lugar.
– Jeff, habla Ray, son las... dos y media, y como podrás comprobar, sigo en la oficina – me decía la grabación de mi editor, que parecía haber tenido que gritar para sobreponerse al ruido y bullicio de la redacción. – Sólo quería recordarte que tengas muy en cuenta todo lo que importa esta entrevista... bueno, creo que te molesté lo suficiente, y dado que vas a escuchar esto cuando estés despierto, espero que hayas dormido bien y que hagas un buen trabajo hoy. ¡Suerte!
Cumplí concienzudamente con todos mis rituales matutinos de limpieza y aseo, hasta que la voz de Denise me recordó mis cuentas pendientes.
– ¿Piensas contestarme?
– ¿A qué?
– ¿A quién entrevistas hoy? – insistió ella, que ya se había aparecido en el baño a pasos de mí. – Y ya que estamos, ¿por qué es tan importante que te despiertes a las seis de la mañana?
– Porque tengo que viajar a Nueva Albany, por eso.
– ¿Y quién diablos puede vivir en Nueva Albany y ser tan importante como para que-? – preguntó el amor de mi vida, hasta que su rostro me indicó que las últimas desorientaciones de la mañana habían pasado. – Oh, diablos...
– ¿Ya te despertaste? – le dije, sin poder evitar bromear con ella, aunque maticé el golpe abrazándola y besándole la frente.
– Eso creo – me respondió y luego me clavó esos ojos tan hermosos en los míos. – ¿Hoy es el día?
– Hoy es – confirmé, inspirando como para calmar mis nervios. – Rick Hunter y Lisa Hayes, amor...
Hubo un silencio increíble, como si el nombre de esas dos leyendas fuera suficiente para congelar el Universo entero.
Había hecho una buena cuota de entrevistas en los cuatro años que llevaba trabajando como periodista en el Times, además de infinidad de otras coberturas y artículos relativamente intrascendentes... pero nunca jamás había entrevistado a gente de la talla de Hunter y Hayes. Aunque, siendo honestos, ¿había alguien en el Universo que fuera de la talla de esos dos personajes? Lo dudo muchísimo.
Era algo simple, no crean que se trataba de algo ultrasecreto. Estando cerca de cumplirse por ese entonces el quincuagésimo aniversario del inicio de la Primera Guerra Robotech, el Times estaba en proceso de preparar una edición especial que cubriera absolutamente todo lo relacionado con aquel conflicto histórico, desde los hechos puros y duros hasta las libreas de cada escuadrón de Veritech y unidad de soldados de tierra.
Naturalmente, había toda una sección dedicada a los testimonios. Como era de esperarse, muchos de ellos eran esos "expertos" cuyas direcciones de Comnet teníamos almacenadas para esos casos en los que necesitábamos de su opinión para colorear nuestros artículos. Sin embargo, además de los historiadores, militares retirados, analistas y otros "expertos", también teníamos testimonios de gente que había vivido la Primera Guerra, que nos podía contar ese episodio de la historia desde el punto de vista de un testigo presencial.
¿Y qué mejor suerte para mí que la Región de Nueva York fuera el lugar en donde los dos veteranos más famosos del conflicto habían elegido pasar sus vidas de retiro?
– Wow... – exclamó Denise, trayéndome de regreso a la adorable realidad de tenerla abrazándome y sentir sus pechos oprimiéndose contra mi cuerpo. – ¿Cómo te sientes?
– Bien, bien... estoy listo – me mentí y traté de mentirle a ella. – Es sólo una entrevista.
– No es cualquier entrevista – replicó ella, destrozando mi mentira como si nunca hubiera existido. – Y no me mientas.
Asentí. Fue todo lo que podía hacerle... ningún hombre que esté por dentro temblando de los nervios y de otras emociones que aún no he de contarles es capaz de prometerle a cualquiera que no se pondrá nervioso.
– Sólo... no te lo tomes muy a pecho – insistió en esa voz baja que me llenaba de ansias de besarla.
– Lo sé, lo sé, lo sé... – repetí, tanto para tranquilizarla a ella como para calmarme a mí. – ¿Y qué tienes que hacer tú hoy?
Denise se irguió y me puso su mejor cara de arpía, esa que pone en los tribunales en los momentos más complejos de algunos de los casos que conduce como abogada.
– Presentaciones para el caso Kosygin ante el tribunal...
– ¿Cómo marcha eso?
– Creo que los estamos apretando, amor – me dijo ella con esa sonrisa triunfal que de tanto en tanto me motivaba a bromear con ella comparándola con un tiburón. – No me atrevo a decir nada, pero creo que nos puede ir muy bien en la sentencia...
La dejé sonreír un rato más, luego le tomé el rostro con la mano y la acerqué a mí. Después la besé todo el tiempo que se me antojó, el que podría haber sido mucho más de no ser porque me hacía falta respirar. Cuando la dejé ir, le guiñé el ojo y le hice saber mi opinión sobre el resultado del juicio.
– Los harás trizas.
– Eso espero – dijo ella, y entonces me empujó de manera fingida de regreso al baño. – Y dúchate de una vez, que tengo que bañarme antes de hacer el desayuno.
De pronto tuve una idea... no voy a decir que fuera una idea original, ni siquiera una que no se me haya ocurrido antes. Fue simplemente una de esas cosas que de tanto en tanto sientes que hay que hacer, porque si no el universo mismo dejaría de tener sentido. Ni hablar de que se sentía correcto intentar aquello, de modo que entre idea y acción no medió más que una décima de segundo.
¿Mencioné que todo eso ocurría estando ambos completamente desnudos?
– ¿Por qué no ahorramos tiempo y agua? – le dije en el tono más lascivo que pude pensar a esa hora de la mañana y la tomé de la mano justo cuando ella la ponía en mi pecho para otra ronda de empujones.
– ¿Quéee-?

Había hecho mi trabajo a conciencia, naturalmente.
En cierta manera era sencillo: no había ser humano vivo en todo el Universo que no conociera quiénes eran Rick Hunter y Lisa Hayes. Bueno, quizás los hubiera, no lo descarto... pero creo que muy posiblemente se trate de gente que se metió en un bunker allá en el '11 cuando Dolza arrasó todo y que sigue ahí abajo muy cómoda y calentita.
¿Cómo nadie iba a saber algo de la pareja que tras luchar endemoniadamente contra los Zentraedi, estar al frente de la reconstrucción de la Tierra tras el Holocausto, liderar la mayor expedición militar de la historia de la humanidad al otro lado de la galaxia, derrotar a lo que quedaba del Imperio Tiroliano, acabar con los Invid en esa región y volver a la Tierra para liberarla de la ocupación enemiga, había literalmente reconstituido el gobierno unido de la raza humana y dado forma a la Segunda Reconstrucción?
Claro, las opiniones sobre cómo habían hecho las cosas y si habían estado bien o mal eran tan diversas como las personas a las que se les podía preguntar. Pero esa es otra cuestión que prefiero abordar más tarde, si no les molesta.
Desde que me asignaron la tarea cuando surgió la idea, me metí a leer cuanto libro de Historia hubiera en el que los nombres de Rick Hunter y Lisa Hayes estuvieran mencionados. Conseguí los reportes oficiales de las Fuerzas de la Tierra Unida desde 2009 hasta 2045... y también algunos que las Fuerzas mismas preferían mantener, por decirlo de alguna manera, lejos del ojo público. No pregunten cómo lo hice o cuánto me costó.
Todo tenía su justificación. Necesitaba conocer a los personajes, necesitaba entenderlos, saber lo que habían hecho y lo que habían pensado antes de hacerlo. Necesitaba saberlo todo.
Todavía puedo escuchar los gruñidos y las quejas de Denise a las dos de la mañana o a otra hora inconveniente porque seguía con la luz encendida mientras hundía la nariz en partes de guerra de la época de la invasión a Tirol, o encontrando algún nuevo detalle en el registro oficial de Rick Hunter de la Primera Guerra Robotech. Quizás les parezca sumamente aburrido leer reportes oficiales, partes de guerra y esos otros textos burocráticos, pero les aseguro que son apasionantes... el ejercicio de leer entre líneas lo que de verdad pasó es fascinante, y esos documentos oficiales fueron fabulosos para ejercitarme en ese sentido.
Todavía tengo esos reportes. Todavía los leo de tanto en tanto. Quién sabe, quizás acabe por escribir un libro al respecto. Son así de interesantes.
Y les aseguro que ustedes no saben ni la cuarta parte de la vida de Rick Hunter y Lisa Hayes. Tómenme la palabra. Sé lo que les digo.
Al margen de los reportes, pocos recursos me quedaban. Había muy poca gente viva (y no estoy siendo figurativo) que hubiera tratado con ellos personalmente durante su servicio militar, y la mitad de ellos ni siquiera estaban en la Tierra. De hecho, fue gracias a uno de ellos que pude concertar la entrevista con Hunter y Hayes, pero por lo general eran muy pocos.
De modo que para mí fue una sorpresa considerable saber que en mi mismo periódico había alguien que había trabajado con los Hunter-Hayes.
Bueno, quizás "trabajar con los Hunter-Hayes" era exagerar un poco las cosas. En rigor de verdad el viejo Karl Redmond, que en esa época trabajaba en el Times como secretario adjunto de Redacción, era un comandante retirado de la División de Prensa y Comunicación de las Fuerzas Expedicionarias que había estado entre los refundadores del diario luego de la Liberación. Fue un descubrimiento increíble para mí encontrar que ese viejo, gruñón y hosco carcamán había pasado algunos de los largos años de su servicio (específicamente entre 2030 y 2034) asignado nada más y nada menos que al equipo de prensa del mismísimo Mando Expedicionario.
Ni en mis sueños hubiera esperado encontrar en mi mismo trabajo a una de las personas que habían estado, aunque fuera en una posición un tanto alejada, en el entorno de Rick Hunter y Lisa Hayes.
Abordar a Redmond fue un tanto extraño, pues el viejo me recibió como si supiera lo que quería de él. No intenten encontrarle connotaciones místicas al hecho; ningún secretario adjunto de Redacción en ningún periódico del espacio humano, desde Nueva York en la Tierra hasta Dixon Harbor en la colonia de Brandenburg, podía ser tal y no conocer todo lo que se cocinaba en la redacción.
Para mi sorpresa el viejo fue más accesible de lo que hubiera esperado; creo que esa tarde me habló más que lo que lo había hecho en los cinco años que llevaba trabajando en el Times. Me habló de su trabajo en Prensa y Comunicación, y ahí tomé notas que me sirvieron mucho en mi carrera, me contó todo lo que sabía de Hunter y Hayes, sus hábitos personales, sus reacciones y comportamientos... todo.
Lo que de verdad me dejó pasmado fue lo que Redmond me contestó cuando le pedí que me dijera qué pensaban los dos acerca de la prensa. Nunca está de más saber cómo puede reaccionar un entrevistado. Es cuestión de supervivencia pura, por así decirlo.
– No conocen el significado de la palabra "mentira"... imagina los dolores de cabeza que nos daban en Prensa y Comunicación cada vez que las noticias nos exigían un poco de... economía con la verdad. Si les haces una pregunta, puedes estar seguro de que de boca de ellos va a salir la más pura y descarnada verdad. Pero ten cuidado, porque así como te dan la respuesta sin atenuantes, ellos te atacarán sin anestesia a la primera oportunidad posible – me dijo el buen y viejo Redmond, a quien a partir de entonces y por el resto de mi tiempo en el Times traté como "comandante". – Son soldados de alma y hasta el tuétano, y para ellos es matar o morir. Aún con la prensa.
Seguí hablando por un par de horas, café de por medio, con el viejo Redmond, pero esas frases ya habían marcado todo para mí.
Yo, Jeff Piersall, de apenas 29 años a la sazón, iba a enfrentarme con una grabadora, una lapicera y un anotador, a la pareja que había derrotado a tres razas en las guerras más brutales de la historia humana.
Ya estaba advertido. No tendría ninguna excusa para cuando el momento llegara.

Del viaje no hay mucho para contar; no tienen idea de lo aburrida que es la carretera en invierno. Si la tienen, les aseguro que la idea que pueden hacerse tras un viaje por las rutas de la Región de Nueva York es mucho peor.
Woodland, la residencia privada de los Hunter-Hayes, estaba a unos cuantos kilómetros de Nueva Albany, lo que me permitía hacer la mayor parte del viaje a través de la autopista Nueva York-Nueva Toronto, excepto por unos diez kilómetros que debía hacer por un camino alternativo que se abría del tronco principal de la autopista faltando unos quince kilómetros para Nueva Albany.
Sólo un demente o un periodista como yo podía acometer esa carretera a las ocho de la mañana de un día de invierno, por lo que el tránsito era virtualmente inexistente. A ambos lados de la ruta, los árboles lo dominaban todo, con sus ramas sin hojas o tapadas de nieve. Un panorama hermoso... casi sin señales de presencia humana.
Así había quedado el mundo tras las Guerras. Desolado y solitario.
En total, el viaje no debía llevarme más de una hora. El clima infame de ese día le agregó media hora más al viaje, pero contra viento (demasiado viento) y nieve (agradable cuando estás en un jardín haciendo angelitos y no conduciendo solo por una carretera vacía), pude hallar mi camino sin mayores complicaciones.
Excepto una.
Evidentemente, los Hunter-Hayes apreciaban considerablemente su privacidad. El único letrero que indicaba un camino hacia Woodland en toda la ruta derivada estaba casi cubierto de árboles, y hasta el día de hoy no sé cómo pude haberlo encontrado. Supongo que debo dejar de preocuparme por esas cosas y dar gracias que pude encontrar el camino en mi primer intento, en lugar de entrar a la mitología del lugar como "el neoyorquino que entró al bosque para nunca más salir".
Mi recorrida me dejó finalmente en un claro del bosque junto a un pequeño arroyo congelado por los fríos invernales. En el centro del claro había una casa grande aunque modesta, de dos o tal vez tres plantas; el empinado techo a dos aguas hacía difícil determinar si existía realmente una tercera planta o si sólo era un altillo. Aunque grande en comparación con otras casas y caseríos de la región, Woodland (el cartel junto a la entrada al claro así lo confirmaba) era modesto y espartano.
Ahí tuve mi primera sorpresa. No se veía como la casa de dos héroes de la humanidad que habían ocupado todos los cargos imaginables... y varios que no podían siquiera ser imaginados.
Dejé mi automóvil lo más cerca que pude de la entrada y apagué el motor. Tras apearme del auto, un ventarrón helado me abofeteó, impulsándome a correr cuanto antes al porche de la casa. Allí, apenas resguardado del frío, me quedé congelado por otras razones.
Dios santo, estaba allí, tenía trabajo que hacer, para eso había madrugado, ¿por qué diablos no me atrevía a llamar a la puerta?
Para hacerles más breve la historia en esta parte tan poco interesante, les diré que hice acopio de valor y toqué prudentemente el timbre de la puerta. Al cabo de unos segundos en los que no había pasado nada, mi sentido de la supervivencia me impulsaba a descartarlo todo y a partir... hasta que escuché pasos junto a la puerta, el ruido de unas llaves, y finalmente se abrió la puerta.
– ¿Sí? – me preguntó una voz amable que nunca había oído en persona, pero que conocía de memoria. – ¿En qué puedo ayudarle?
Dios mío. Era ella.
Bueno, no era precisamente como me la imaginaba.
Claro, eso es comprensible... después de escuchar sobre Rick Hunter y Lisa Hayes durante toda mi vida, tendí inconscientemente a creer que debían medir tres metros de altura, lanzar fuego por la boca, incinerar gente con la mirada, y vivir a base de una dieta constante de pecadores y réprobos.
No voy a decir que fue decepcionante encontrarme con una mujer mayor a la que superaba en altura por una cabeza, con arrugas en el rostro, cabello en partes castaño y en otras cano, de sonrisa amable y unos ojos verdes vivaces e inteligentes. Pero sí fue curioso ver a esa mujer como una abuelita tan parecida al estereotipo.
Aparentaba menos años que los que tenía en verdad, quizás 65 en comparación con los 74 que realmente tenía; sé que la transposición hace cosas extrañas con el metabolismo humano.
De todas maneras, el efecto que tuvo en mí el verla fue el que podían esperar. Creo que objetivamente perdí el habla al verla allí esperando a que le dijera qué demonios estaba haciendo yo en la puerta de su casa.
– ¡¿Es uste-? – empecé a decir, y mientras me maldecía por la trabazón de mi lengua, la mujer me sonreía maternalmente. – Ehhh... yo...
– Usted debe ser el periodista... – contestó ella, abriendo un poco más la puerta y sonriendo para sacarme de mi miseria. – ¿Piersall, verdad?
– S-sí, soy Jeff Piersall, señora... almirante... Primera Ministra... senad-
– Lisa, por favor... – volvió a interrumpirme esa mujer que había hecho historia, para luego tenderme la mano. – Encantada de conocerlo, Jeff.
Tardé un poco en estrechar esa mano. Sabía que cuando lo hiciera, Lisa Hayes-Hunter dejaría de ser "una figura" para ser una persona real. No quiero sonar obsequioso pero... ¿alguna vez tocaron a un héroe? Si lo hicieron, entonces saben de lo que les hablo.
Quizás no sepan lo extraño que es que una persona a la que conocen por su reputación como alguien más grande que la vida misma, que ha acumulado todos los honores, títulos y méritos posibles por su propia cuenta y sin ayuda, les dice con la sonrisa más maternal y amable del mundo que la llame por su nombre de pila.
Mis tripas tardaron mucho en volver a la normalidad. Más tardaron cuando tomé la mano que me ofrecía la senadora, ex Primera Ministra, almirante retirada y Dios sabe cuántos otros títulos más, Lisa Hayes.
– El honor es mío, señ- Lisa.
Ella volvió a sonreír. Lo hace mucho, por si no les quedó claro. De todas maneras, no eran sonrisas falsas o de ocasión... cada una de ellas era distinta y especial. Y no todas ellas reflejaban emociones agradables, cosa que descubrí a fuerza de espanto.
– Pase, por favor... sólo déme unos minutos y empezaremos – me dijo, adentrándose en la casa y deteniéndose cuando notó que seguía clavado en el umbral. – Sígame, por favor.

Ya me sorprendió bastante el interior de la casa de Woodland.
Debo decir que iba con preconceptos. Verán, Hayes había sido la Primera Ministra y ocupaba por entonces una banca vitalicia en el Senado de la Tierra Unida (que no hiciera el viaje a Ginebra más que en octubre para votar el Presupuesto y que devolviera íntegramente la dieta senatorial que recibía del GTU era un detalle especial, lo reconozco), de modo que inconscientemente esperaba que su vivienda en Woodland fuera como la típica casa de un político: grande, fastuosa, de mal gusto y con olor a fondos malhabidos.
Woodland no era así. Antes al contrario, daba la impresión de necesitar algo de reparación y de mantenimiento... hasta que me percaté que si parecía austera, era porque a sus dueños así les gustaba. Alfombras con unos cuantos años, cuadros con paisajes verdes o escenas militares... y los recuerdos de toda una vida llena de eventos y aventuras.
Lo verdaderamente curioso para mí fue que me sentí en un lugar acogedor, no como si fuera mi propio hogar, pero sí como un lugar donde se me daba la bienvenida.
Tras recorrer un largo vestíbulo, llegué a una espaciosa sala de estar que ocupaba buena parte de la planta principal de la casa. Había un hogar apagado, aunque todavía veía restos de leña. Dos mesas, una grande y otra pequeña para el té, ocupaban sendos lugares centrales; la primera rodeada de sillas, la segunda por sillones y un gran sofá. Por un enorme ventanal, podía ver el paisaje cubierto de nieve hasta donde la vista permitía alcanzar.
Si yo tuviera cuarenta años de locuras, aventuras y guerras interestelares encima, aquel sería el lugar que elegiría para retirarme.
– Espere aquí a que vuelva – me pidió Lisa Hayes, dejándome en la sala de estar mientras avanzaba hacia donde fuera que ella iba; su voz se tornaba más alta conforme se alejaba... y me sorprendía de escuchar cómo una mujer de casi setenta y cinco años de edad mantenía una voz tan potente. – Debe haber sido un largo viaje el que hizo desde Nueva York, Jeff... y ni hablar del frío que hace.
– Fue un viaje largo, aunque no tanto como pensé – le respondí, todavía de pie en la sala de estar y consumido por la duda de alzar mi voz para que se escuchara desde donde ella estaba, o jugar a seguro y no gritarle a Lisa Hayes-Hunter. – La carretera estaba mejor de lo que esperaba.
– Han estado trabajando mucho en los últimos meses para reparar la carretera... creo que el gobernador está nervioso por las próximas elecciones – explicó Hayes cuando retornó, y luego me señaló uno de los sillones de la sala de estar. – Siéntese, por favor... el sillón parece viejo, pero créame que puede aguantar.
Tomé asiento sin dudarlo.
– Gracias.
– No hay por qué – me contestó en un tono que me hizo recordar a mi propia abuela, que Dios la guarde en su piedad. – ¿Quiere que le traiga un café? El frío está terrible en estos días.
– No, no quisiera ser una molestia, se lo agradezco-
– No es una molestia. Es lo menos que puedo hacer por usted... – insistió, ya de camino a la cocina. – Volveré en un rato.
Y volvió a dejarme solo, levantándose cuando tenía una nueva lista de excusas y disculpas. Cuando la vi marchar hacia la cocina, desistí; no iba a ser yo quien le diera instrucciones a Lisa Hayes-Hunter.
Pero no me quedé quieto. En cuanto superé mis propios nervios, me levanté del sillón y recorrí un poco la sala de estar, deteniéndome en los pequeños tesoros y recuerdos personales de aquella pareja a la que había ido a entrevistar.
Otra sorpresa me esperaba.
Había recorrido varios despachos oficiales, y no pocas residencias privadas de funcionarios regionales o municipales. En todos ellos había algo común: un rincón del despacho o de la casa en donde se acumulaban las fotografías propias y con gente famosa, recuerdos oficiales, diplomas, artículos periodísticos, condecoraciones, premios y lo que se les ocurra. En el ambiente, nos referimos a esos rincones como "santuarios yo me amo", verdaderos monumentos al ego personal de los importantes.
Lo más parecido en esa sala de estar a un "santuario yo me amo" era una repisa junto a la chimenea... pero cuando me acerqué a ella, lo único que vi fueron fotos familiares, algunos objetos e incluso dibujos de niños. Fotos de sus tres hijos, de sus nietos, de sus yernos y nueras, de sus amigos... fotos de familia.
Sonreí. Después de medio siglo de estar en el candelero de la humanidad, lo único que los Hunter-Hayes creían necesario mostrar a sus visitantes eran sus recuerdos de familia, no las medallas, insignias, citaciones y condecoraciones. Sólo su familia.
La sonrisa se me borró del rostro. Bastante meritorio era que todavía tuvieran una familia entera. No había muchos en la Tierra, aún a quince años de la Liberación y del fin de las Guerras, que pudieran decir lo mismo.
Sin pensarlo, tomé en mis manos una caja envuelta en papel de regalo, y mientras me preguntaba qué diablos podía ser, escuché la voz de Lisa Hayes a mis espaldas, paralizándome de pánico. Todavía no sé cómo hice para que no se me cayera la caja y se destruyera su contenido.
– Es algo que compramos para nuestra nieta – me explicó mientras sostenía el paquete con tanto cuidado que pensé que su contenido podía romperse con sólo mirarlo. – Todavía no nació, aunque Andie cree que será el mes que viene.
Con otra de sus sonrisas misteriosas, Lisa Hayes dejó el paquete donde lo había encontrado y meneó la cabeza con resignación antes de proseguir.
– Insisto en que será un poquito antes... mi hija siempre ha pecado de excesiva prudencia.
– Cabría esperar prudencia de una jueza – observé entonces; magistrada militar o no, Andrea Hunter-Ravelli tenía una fama que superaba los límites de la Justicia Militar... una fama que no tenía en absoluto nada que deberle a sus padres.
– Si supiera lo mucho que me costó dominar el temperamento que tiene...
No se cómo diablos pensé que podía salir vivo si intentaba un chiste en ese instante, pero como les dije antes... es una de esas cosas que se convierten en correctas e imprescindibles en un determinado momento, de modo que la hice.
– ¿De parte del padre? – dije e inmediatamente callé, a la espera de la mirada letal y de las palabras brutales que me convertirían en un manchón de sangre en la alfombra de la sala de estar.
Para mi sorpresa y eterno alivio, no sólo no morí en el instante sino que miré cómo Lisa Hayes me sonreía como si acabara de contarle un chiste del que no se podía reír como quería para no quedar mal frente a los que la estaban viendo.
– No precisamente...
Siguió caminando, y al cabo de unos pasos se detuvo junto a unos papeles en los que se veían las trazas que hizo un niño pequeño que seguía sus impulsos artísticos con todo lo que pudiera tener a mano.
– Ésta es una obra maestra... un Eric Hunter original – Hayes levantó en alto el dibujo y lo miró como si fuese lo más precioso desde la Mona Lisa... cosa que para ella bien podía ser así. Luego bajó la hoja de papel y sonrió una vez más. – Mi hijo Daniel cree que tiene talento, pero mi nuera Camille piensa que acabará siguiendo la tradición familiar.
– ¿Y qué piensa usted?
– Que Danny sabe más de Historia y que Camille tendrá razón en esta... cada vez que vienen a casa, Eric pasa el día entero en el estudio de Rick – rió ella mientras veía una fotografía de Daniel Hunter, de su esposa Camille y de su hijo Eric. – No lo puedes despegar de los modelos de cazas y de naves de guerra.
Asentí y luego reparé en una fotografía. En ella se veía a un joven con traje de vuelo junto a un caza de combate. No sabía mucho de armas, pero cualquiera que hubiera crecido en la Tierra durante la Ocupación podía reconocer a un caza Alpha. El piloto no era ni Hunter ni, obviamente, Hayes... pero había algo de ambos en su rostro y en su porte.
Hice la búsqueda necesaria en mi cabeza y no me llevó mucho tiempo dilucidar quién era el muchacho de la foto.
– Y este es su hijo Mitchell, ¿verdad?
– Así es – confirmó para mí; pasó luego con nostalgia su dedo por el rostro fotografiado de su segundo hijo. – Esta foto la tomamos en Tiresia el día en que consiguió sus alas de piloto de combate...
Volví a ver la foto, reparando en pequeños detalles como el uniforme, el cielo levemente alienígena del planeta Tirol... y la expresión orgullosa del muchacho, que ni por asomo era tan orgullosa como la de la mujer que estaba junto a mí.
– Hace mucho que no lo vemos – me contó, y su voz se volvió distante y triste. – Lo asignaron hace dos años a la Séptima Flota, así que puede estar en cualquier lugar entre la Tierra y Tirol... ¿Tiene usted hijos, Jeff?
– No. Me caso en seis meses... pero mi novia y yo ya hemos pensado en algunos, naturalmente – le conté, y mi propia voz tembló; no sabré si fue por pensar en Denise o por estar contándole de mi vida privada a Lisa Hayes-Hunter. – Además de los dos requeridos, claro...
– Hágalo... y disfrute todo el tiempo que pueda con ellos... todo lo que pueda – me aconsejó ella, sin quitar sus ojos verdes de los míos, y sin ocultar una tristeza que no podía comprender en su totalidad. – No tiene una idea de lo rápido que pasan veinte años...
El repique de una campanilla sonó por toda la casa.
– ¡Ah! Ya está listo su café – anunció mi anfitriona. – Aguárdeme un segundo.
Se fue, y otra vez me dejó solo en la inmensidad de sus recuerdos.

Esta soledad fue breve, pues no tardó más que uno o dos minutos en retornar con una bandeja en la que había tazas, jarras y azucareras. Me sonrió y me indicó en silencio para que me sentara, y una vez que lo hice, ella apoyó la bandeja en una repisa cercana, para luego acomodar las otras cosas que había traído en la bandeja junto a las tazas de café.
– Aquí tiene – me dijo mientras dejaba con sumo cuidado mi taza de café humeante sobre la mesa. – ¿Leche, azúcar?
– U- un poco de leche, si no es molestia.
– No lo es, y aquí la tiene – respondió, dejando junto a mi mano una jarra de leche que vacié en parte en mi propia taza, y luego contestó una pregunta que no sé cómo demonios no había hecho en el momento mismo de mi llegada. – Rick fue al pueblo a hacer unas compras y puede volver en cualquier momento desde ahora hasta dentro de una o dos horas, así que será mejor que empecemos sin él, si le parece.
– Como usted prefiera, almir- Lisa – me corregí a último momento, y su mirada me hizo saber que había sido justo a tiempo.
– Excelente. ¿Qué necesita de mi, Jeff Piersall? – me preguntó con súbita dureza en la voz y en la postura; atrás había quedado la dulce abuelita, y ahora podía ver en sus ojos y en su porte a la almirante que supo ser. – Dudo que a los lectores del Times les interese saber qué es de la vida de una pareja de retirados septuagenarios.
– Verá... como estamos cerca del cincuentenario del inicio de la Primera Guerra Robotech, queríamos hacer para el Times un suplemento especial con detalles sobre la guerra, historias, evaluaciones de expertos... – pude explicarle tras contener mis nervios de una manera que nunca supe cómo la logré. – Testimonios de testigos presenciales.
– Como Rick y yo.
– Como el almir- – asentí, volviendo a corregirme antes de que ella lo tuviera que hacer. – Como Rick y usted... si no le molesta.
– Por supuesto que no... – dijo para aliviarme, y luego calló, como si algo particularmente enorme acabara de hacer mella en su conciencia; luego, con esos ojos verdes perdidos en el infinito, dijo con voz casi inaudible: – Cielos... cincuenta años.
No dije nada. No era mi lugar presionarla. Cuando ella quisiera hablar, cuando se reconciliara con la realidad y con la historia, empezaríamos. Por una nota como esa, esperaría hasta días.
– Supongo que, si me perdona el cliché, lo apropiado sería comenzar desde el principio – dijo ella luego, volviendo a sonreírme. – ¿No le parece?
– Por supuesto – asentí y me puse manos a la obra, tomando el anotador y la lapicera en la mano, y cerciorándome de que la holograbadora funcionara a la perfección antes de empezar. – Usted estaba en la Isla Macross el día que empezó todo... como primer oficial del SDF-1.
– Así es... hasta cierto punto.
– ¿Hasta cierto punto? – pregunté sorprendido, y no era para menos.
La historia oficial era clara: la teniente comandante Lisa Hayes fue la primer oficial del SDF-1 durante toda su carrera operativa. Acababa de toparme con el primer descubrimiento de la entrevista, y estaba tan entusiasmado que la lapicera casi se cae de mis manos cuando ella empezó a explicar.
– Mi puesto fijo era el de oficial de operaciones de vuelo, pero era primer oficial en ejercicio a falta del designado por el Alto Mando. Tenga en cuenta que si bien el SDF-1 iba a despegar ese día, aún faltaban miles de detalles administrativos por resolver antes de pasar de ser un proyecto de defensa a ser una unidad de combate.
– ¿Y quién iba a ser el primer oficial?
Ella se encogió de hombros y su sonrisa me indicó que no era algo que le importara demasiado luego de cinco décadas.
– No lo sé... el Alto Mando no llegó a decidir, y después del despegue quedé yo a cargo del puesto – fue todo lo que me dijo, y era claro que para ella era todo lo que necesitaba saber. – Claro que había oficiales de mayor jerarquía que la mía... había media docena de comandantes en los equipos de Ingeniería y de Desarrollo Robotech, y suficientes tenientes comandantes en todos los departamentos de la nave como para armar una liga de fútbol, sin mencionar un par de capitanes de la Armada que siguieron a cargo de las operaciones del Prometheus y del Daedalus, y los coroneles que habían mandado las fuerzas de tierra y aire de Isla Macross. Esos dos coroneles, Stanislav Maistroff y Winston Carruthers, fueron una especie de "primeros oficiales" de Gloval, aunque en un sentido más político que otra cosa, porque ninguno de los dos tenía la menor idea de cómo operar el SDF-1.
– Y usted sí la tenía.
– Y yo sí la tenía... odio sonar así, pero esa era la verdad – asintió con una pizca de incomodidad en el rostro y en la voz... la que desapareció inmediatamente y fue reemplazada por algo que nunca esperé ver en esa mujer. – Por más que la cuarta parte del tiempo estuviera muerta de miedo, y las otras tres cuartas partes restantes estuviera demasiado ocupada para estar asustada.
– ¿Por qué?
– Tenía veintitrés años cuando el día que empezó la guerra, señor Piersall... – me dijo al cabo de un silencio que me heló la sangre. – Había pasado por la Academia Militar, hice mi carrera con todo mi esfuerzo y llegué a donde llegué a fuerza de romperme la espalda, había conseguido un rango ridículamente alto para mi edad y un puesto por el que todos hubieran matado, y sin mover ninguna influencia, como sé que algunos imbéciles sugerían cuando ni mi padre ni yo podíamos escucharlos... pero la pura y simple verdad era que, teniente comandante o no, primer oficial del SDF-1 o no, seguía siendo una muchacha que se enfrentaba a una guerra como nunca antes había conocido la especie humana.
La vi acomodándose en su sillón, la vi entristeciéndose al paso de los recuerdos, la vi ensombreciéndose con cada nueva memoria que evocaba, y por primera vez en toda esa entrevista, la vi tanto o más anciana que su edad real.
– Una mañana estábamos ultimando los detalles de lo que tendría que haber sido un vuelo ceremonial en medio de una fiesta... y esa misma noche estábamos del otro lado del Sistema Solar, a miles de millones de kilómetros de la Tierra, en una nave que apenas empezábamos a entender, con decenas de miles de civiles que dependían de nosotros, completamente desorganizados, y perseguidos por una raza alienígena de la que no sabíamos nada, excepto que habían venido a destruirnos – relató ante mi completo silencio, y luego suspiró como si estuviera quitándose un miedo muy viejo de su ser – Nada en la Academia Militar puede prepararte para eso.
Sacudió la cabeza un par de veces, mientras todo lo que podía escuchar era el sonido del reloj.
– Nada.
– Pero el SDF-1 llegó a la Tierra y sobrevivió a la guerra. Lo que sea, usted hizo bien las cosas – le dije, con esa seguridad que acabaría por perder cuando todo aquello terminara. – Todas las fuentes así lo dicen.
– Porque ninguna de esas fuentes sabe lo que es estar en esos zapatos, señor Piersall – contestó ella con esa sonrisa amigable y escalofriante a la vez. – ¿Cuántos años tiene usted?
– Veintinueve.
– ¿Se imagina usted como el segundo al mando de una nave que lleva setenta mil civiles y diecisiete mil militares, que debe atravesar todo el Sistema Solar evitando ser destruida o capturada por una raza alienígena completamente desconocida, sabiendo que de sus órdenes depende la vida y la muerte de todos los que están a bordo, y consciente de que usted es la anteúltima persona que puede darse el lujo de mostrarse humano en medio de semejante situación? – me desafió ella a pensar, y la última frase la dijo clavando sus ojos verdes en los míos mientras su voz sonaba glacial. – ¿Sabe lo que es saber que tus órdenes mandan a cientos a una posible muerte?
Sé que lo escuché todo; o al menos sé que la holograbadora lo captó. También supe que había quedado estremecido ante lo que me decía. Tengo una imaginación hiperactiva. A veces es una maldición. Estén acostumbrados a esa clase de reacciones bruscas de parte mía: esa entrevista me daría demasiadas de ellas.
Pero todavía no había terminado... no, Hayes todavía no había terminado. Todavía le faltaba algo más por decir.
– ¿Sabe lo que es tener todo eso sobre sus espaldas a los veintitrés años?
Negué con la cabeza. No tenía aire en la garganta para hilar palabras.
– ¿Sabe lo que es llorar a solas en su camarote, porque no hay nadie en el mundo, o en el Sistema Solar, para ser más precisos, con quien puedas compartir todo lo que ese peso te hace sentir? – prosiguió, pero luego la traicionó una sonrisa tan traviesa que pareció por un segundo como si fuera una adolescente. – En realidad he exagerado un poco... no estaba precisamente sola.
– ¿Habla de las Chicas del Puente? – le pregunté, pero no contestó inmediatamente.
Sé que debí sonar como si hubiera contenido la respiración durante los cinco minutos anteriores, o al menos así se oyó en la grabación. Lo diré de manera simple: cuando Lisa Hayes calla, yo callo. Nunca serví bajo sus órdenes ni porté uniforme, pero así de fuerte e imponente era ella, aún a esa edad.
– Así es... de Claudia y del Trío Terrible... – me confirmó ella, y esta vez su sonrisa fue algo mucho más agradable y cálido... de pronto, pude ver a la joven que había sido hacía 50 años y no a la venerable anciana que tenía frente a mí. – Ya llevábamos mucho tiempo juntas cuando empezó la guerra... a fuerza de trabajar juntas todo el tiempo, terminamos como si fuéramos una familia...
Me acomodé en mi silla mientras ella se reclinaba en su sillón y dejaba que los recuerdos de medio siglo atrás volvieran a ella...
– Claudia era la hermana mayor, de eso no hay dudas. Yo podía tener un rango superior, pero era ella la de mayor edad, la de mayor experiencia y la más "veterana" en todos los asuntos, desde la vida militar a los "temas de chicas" – me dijo, guiñándome el ojo antes de ponerse muy pero muy seria. – No sé si hubiera podido sobrevivir a todo sin ella...
De pronto Lisa Hayes entró a reír; me sobresalté, pues con el clima que había, nunca hubiera esperado ver a esa mujer más grande que la vida misma prorrumpir en carcajadas.
– Y el Trío... bueno, yo soy hija única, pero no creo que hubiera podido tener mejores hermanas menores que esas tres loquillas – rió Hayes, aunque la risa se desvaneció pronto con la nostalgia. – Competentes como sólo ellas podían serlo, pero alocadas hasta aterrarte... había días en que le teníamos más miedo a Kim, Sammie y Vanessa que a los Zentraedi.
– No lo creo.
– Usted no estuvo en esa nave, señor Piersall – fue todo lo que ella me respondió, y el clima volvió a cambiar bruscamente, pues le veía en los labios una sonrisa que no llegaba a contagiarse a sus ojos.
– Buen punto – concedí en medio de los escalofríos; si eran de imaginar al Trío Terrible o de la sonrisa de Lisa Hayes, nunca lo sabré ni quiero saberlo. – ¿Y el capitán Gloval?
Esta vez no hubo ni el asomo de una sonrisa. Sólo un silencio... un silencio eterno mientras ella bebía un par de sorbos de su taza.
– Un líder nato en combate... un padre para todos – me dijo con una voz formal a la que no debía faltarle mucho para que se quebrara. – No diré que nunca hubo problemas o inconvenientes, o que la relación siempre fue fluida, pero si había un hombre que pudiera ponerse al hombro toda esa situación, ese era Henry Gloval.
Calló y no insistí. Me bastaba con verla para saber que cuando ella quisiera seguir hablando, me lo haría saber al instante.
– No tenga ninguna duda, señor Piersall – retomó Hayes la conversación, sin dejar de mirarme a los ojos. – Si volvimos con vida a la Tierra, si sobrevivimos a Dolza, y si pudimos sobrellevar la Primera Reconstrucción, fue sólo gracias a Henry Gloval. Fue como mi segundo padre... y lo vi morir al igual que al primero.
Revisé mi reloj de reojo. Hacía ya casi cuarenta minutos que estaba ahí, y caí en la cuenta de que no había señales de vida de Rick Hunter. ¿Pero cómo preguntarle a su esposa qué pasaba con el almirante que no aparecía? Hubiera sido descortés en grado sumo, y suicida si llegaba a hacer algo así con Lisa Hayes.
Creyéndome el tipo más astuto del mundo, decidí que bien podía infiltrar el tema de su esposo en la conversación.
– ¿Y Ri-?
Un portazo fuerte como una explosión tronó por toda la casa, y por un segundo se oyó el rugido del fuerte viento que soplaba afuera de la vivienda.
Y después bramó la voz...

… Continuará...

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Nota Re: La Entrevista Parte I
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