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 El estruendo de las armas - CAPITULO 1 
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Cabo
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Registrado: Jue Mar 25, 2010 9:40 pm
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Nota El estruendo de las armas - CAPITULO 1
Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

La historia transcurre durante el capítulo 27, "La Fuerza de las Armas", y cuenta un camino alternativo que pudo haber seguido esa historia. Algunos de los diálogos originales del capítulo fueron modificados

***********************************

“Concéntrate en la misión”, era lo único en lo que pensaba el primer teniente Rick Hunter mientras realizaba las últimas revisiones a su caza Veritech.

“Reactor, en línea... turbinas funcionando en stand-by... radares y sistemas ECM operativos... armamento revisado...” La lista de revisión, algo que Rick había hecho prácticamente por reflejo durante los últimos dos años, cobraba ese día un significado especial, y la manera en que Rick la pronunciaba en su mente se parecía más a una plegaria al Cielo por la supervivencia que a un procedimiento militar estándar.

La expresión de Rick se transformó hasta convertirse en un rictus de ira.

“Dios no escuchó las plegarias de siete mil millones de personas... ¿por qué habría de escuchar las mías hoy?”

Era difícil mantener la esperanza luego de los eventos de aquel día, por no decir imposible. La mera noción de “esperanza” había perdido todo significado en medio del cataclismo en el que se había visto envuelta la raza humana.

¿De qué esperanza podía hablarse cuando lo único que hay en el futuro es la aniquilación?

Por más que Rick lo intentara, esos pensamientos pesimistas lo asaltaban a la menor señal de debilidad. Reuniendo todas sus fuerzas, Rick se concentró con una voluntad casi obsesiva en las revisiones finales, sin la menor intención de darle espacio al miedo que sentía en lo más profundo de su ser.

Lo único que separaba a Rick del vacío del espacio era la cúpula transparente de la cabina del Skull 001, mientras flotaba en el espacio a la espera de la batalla.

Detrás del Skull 001 y formados en escuadrones, los cientos de cazas Veritech del SDF-1, y los abnegados hombres y mujeres que los piloteaban, esperaban impacientes la orden de atacar, con sus dedos fijos en los controles de vuelo y las consolas de armas. La gigantesca fortaleza de batalla se hallaba con todas sus armas preparadas y su tripulación lista como nunca jamás lo había estado, encabezando a un millón de naves de guerra Zentraedi, a punto de dar inicio a la batalla más grande de la historia de la Humanidad.

Sus objetivos: tres millones de naves Zentraedi que los estaban esperando con todas las armas apuntando hacia ellos, amenazantes y letales.

Hacía menos de una hora, esas mismas naves habían desatado una violenta lluvia de muerte y destrucción sobre la indefensa Tierra. En escasos segundos, la superficie de la Tierra se había convertido en un calcinado desierto moteado de ruinas, en donde antes hubo orgullosas ciudades e imponentes escenarios naturales. La inimaginable mayoría de sus habitantes, posiblemente todos ellos, había sido pasada a degüello sin remordimiento alguno por las impiadosas hordas de Dolza.

El planeta que aquel día había amanecido siendo el fértil hogar de la pujante raza humana, atardecía convertido en un arrasado páramo, privado de la luz del sol por una densa capa de polvo, fuego y radiación, una mortaja fúnebre para sus asesinados habitantes.

Todo lo que quedaba de la humanidad estaba en el espacio, a bordo de la inmensa fortaleza de batalla, escondida en los subsuelos de los puestos lunares o temblando en las pocas naves espaciales militares y civiles que se hallaban lejos de la Tierra al momento del ataque.

Pero los seres humanos no eran una raza que aceptara mansamente caminar en silencio hacia la noche, ni tampoco eran de aquellos que se rinden a lo que parece ser un destino inevitable.

Aún cuando el planeta humeaba a consecuencia del bombardeo, los desafiantes supervivientes de una aislada base militar en el extremo norte de la Tierra habían logrado disparar una monstruosa arma en contra de los asesinos de su mundo y su raza. Con una furia nacida de la venganza, ese acto se llevó al otro mundo a casi dos quintas partes de la flota Zentraedi, antes de detenerse por algo tan ajeno a las intenciones de sus operadores como la falta de energía.

Ahora, luego de que esa arma hubiera caído en el silencio, una solitaria nave de guerra, aliada a una flota de aquellos que habían sido sus enemigos, se preparaba para una carga desesperada contra los Zentraedi de Dolza, en un intento de arrancar una victoria de entre las garras de la aniquilación, o morir luchando en el intento.

Y el primer teniente Rick Hunter, piloto del Skull 001, líder del Escuadrón Skull y a la vez Comandante del Grupo Aéreo del SDF-1, era el hombre que conduciría a los cazas de la fortaleza de batalla en lo que prometía ser el último combate de la humanidad.

La única esperanza de victoria –en una guerra en la que la victoria había quedado reducida a seguir con vida– estaba cifrada en una joven de apenas diecisiete años. El plan había nacido de la desesperación, como tantas cosas aquel día, y se basaba en la loca idea de que la música pudiera triunfar allí donde las armas habían fracasado.

Rick Hunter se detuvo a pensar la joven que cantaría en escasos minutos lo que sería o el himno triunfal de una Humanidad que prevalecía, o el canto fúnebre que acompañaría el sacrificio de sus últimos miembros.

Aquella joven a la que amaba... o creía hacerlo.

Podía recordar con claridad la última vez que se habían visto... la última vez que se verían. Recordaba las palabras que le había dicho en ese momento de sinceridad. “De cualquier modo no hubiera funcionado”, le había dicho, sorprendiéndose no sólo de haber sido capaz de pronunciar semejantes palabras luego de todo lo que había suspirado por ella... sino de lo profundamente verdaderas y ciertas que le habían parecido. Había sido uno de esos momentos en los que las cosas aparecían perfectamente claras, sin ningún tipo de ilusión que las deformara. Sus universos eran demasiado diferentes y sus vidas habían tomado caminos que los apartaban irremediablemente. En ese último momento, Rick se había dado cuenta de la realidad... ambos no eran el uno para el otro, y quizás jamás lo hubieran sido.

Y a pesar de esas palabras, segundos después la besó, declarándole su amor a pesar de todo.

Algunas ilusiones tardan en morir.

Fue al besarla que se dio cuenta. Lo había deseado durante años, había soñado con aquel momento casi hasta la locura, y cuando finalmente lo hizo, no se sintió... correcto. Estuvo muy lejos de despertar en él aquellas sensaciones que había imaginado, e incluso llegó a sentir en algún lugar muy íntimo que estaba besando a la persona equivocada.

Aún en medio del éxtasis que significaba para él posar sus labios sobre los de ella, una pequeña parte de su mente insistía en recordar un momento que creía sepultado en el pasado, pero que no había dejado de intrigarlo. Un momento en el que se había visto forzado por las circunstancias a hacer algo que jamás hubiera creído posible.

Rememoraba el interrogatorio al que lo había sometido el gigantesco comandante Dolza en la nave insignia de Breetai. En particular, su mente giraba en torno a un momento determinado, el momento en el que se había visto obligado a besar a su oficial superior tan sólo para satisfacer la curiosidad de aquellos gigantes.

Durante mucho tiempo, Rick creyó que había besado a Lisa Hayes sólo porque un gigante de dieciocho metros de altura lo había amenazado con aplastarlo. Pero para su sorpresa, conforme pasaba el tiempo y conocía más acerca de Lisa Hayes como mujer y persona en lugar de Lisa Hayes como oficial militar, Rick encontró que ese beso no había sido tan malo después de todo... y luego, poco a poco y paulatinamente, empezó a pensar que tal vez Lisa estuviera despertando en él algo que valía la pena buscar. Pero desafortunadamente, Lisa regresó a la Tierra en un intento desesperado de convencer al Gobierno de la Tierra Unida de la necesidad de llegar a la paz con los Zentraedi, y Rick no la había vuelto a ver desde entonces.

Y justo en el momento, en ese momento tantas veces ansiado en que las lenguas de Rick y Minmei se trenzaban y el beso se hacía más apasionado, Rick se halló deseando algo que jamás hubiera creído posible.

Deseó estar besando a Lisa en lugar de a Minmei. Deseó que fuera Lisa quien le hubiera deseado buena suerte antes de partir a la batalla.

Lisa. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos al pensar en Lisa, quien seguramente habría muerto a consecuencia del ataque. Aquella persona irritante, inflexible y endiabladamente molesta, quien se había revelado para sorpresa de Rick como una mujer sensible, amable y atractiva. Lisa Hayes era un misterioso conjunto de contrastes que picaba la curiosidad de Rick, y que ahora sabía que picaba algo más que eso.

“De nada sirve pensar en ella, Hunter”, se dijo, obligándose a aceptar el hecho de que Lisa estuviera probablemente muerta. Sólo un milagro la hubiera salvado de la muerte, y Dios no se había mostrado pródigo en milagros ese día.

El vozarrón de Henry Gloval, amplificado por los circuitos de comunicación del Veritech, interrumpió sus reflexiones, señalando el momento en que el ataque daría inicio.

– Atención a todos los pilotos de combate, les habla el capitán Gloval. Una vez que entremos a la zona de combate, deberemos mantener un estricto silencio de radio bajo cualquier circunstancia. Sólo la canción de Minmei será transmitida en todas las frecuencias militares. Si todo resulta de acuerdo al plan, el enemigo se confundirá y atacaremos con todas nuestras fuerzas...

Rick tragó saliva, y por una razón que no supo explicarse, imaginó al capitán Gloval haciendo exactamente lo mismo.

– Esta puede ser nuestra única oportunidad... ¡Buena suerte! – dijo Gloval segundos antes de que la red táctica callara.

Casi por reflejo, Rick dio plena potencia al Veritech, que inmediatamente se lanzó a toda la velocidad que le daban sus turbinas en dirección a la flota de Dolza. Detrás del Skull 001, los Veritech y los mecha de la flota del comandante Breetai lo seguían en su ataque desesperado.

En ese momento, la red táctica y todos los sistemas de comunicación, tanto amigos como enemigos, cobraron vida con la imagen de una linda joven que empezaba a cantar...

- “Life is only what we choose to make it...”

***********************************

En las estaciones subterráneas de la Base Alaska, el ambiente reinante era de locura absoluta, muy alejado de lo que correspondía a la base militar más importante del Gobierno de la Tierra Unida.

Los sonidos mecánicos de las computadoras e instrumentos de la base se confundían con las órdenes e informes verbales de los hombres y mujeres que los operaban y dirigían, entremezclándose en una cacofonía que era lo más parecido a la locura que hubiera podido hacer el ser humano.

Por todos los corredores y centros de operaciones de la base, los oficiales supervisores corrían de un lugar a otro en estado de completa desesperación, asegurándose de que el personal y equipo estuvieran en plena condición de combate, en un esfuerzo tan frenético como inútil. Los operadores mismos estaban alterados en sus nervios, ladrando órdenes en muchos casos incoherentes y buscando a toda costa establecer contacto con cualquier punto de la Tierra que hubiera resistido al bombardeo. Todos los presentes experimentaban emociones violentas y encontradas... estupefacción ante la magnitud del holocausto que había sufrido la Tierra, dolor ante la casi certera muerte de todo lo que conocían y amaban, excitación frente al combate que se desarrollaba, y un negro terror ante la posibilidad muy real de ser completamente aniquilados.

Muchos de los militares asignados a la base eran veteranos de guerra; algunos habían luchado con valor y distinción en guerras tan remotas en el tiempo como Vietnam, Afganistán o Kuwait, o en la miríada de conflictos de la Guerra Global, o en las innumerables acciones militares emprendidas por el Gobierno de la Tierra Unida contra renegados y rebeldes de toda laya. Sin embargo, todos ellos habían combatido guerras contra enemigos humanos, lo que daba un margen de previsibilidad y conocimiento del enemigo que les daba un confortable reaseguro... que no servía de absolutamente nada para la amenaza inconcebible que enfrentaban. Aún con los sistemas de armas más avanzados que habían conseguido gracias a la Robotecnología, los militares de la Tierra Unida estaban frente a los Zentraedi como los indígenas americanos del siglo XV lo habían estado frente a los conquistadores europeos. Completamente indefensos.

Todos ellos, desde los veteranos hasta los novatos, desde los más encumbrados generales y almirantes hasta el más humilde de los reclutas, eran presa de un pánico tan atroz que nublaba su propio juicio y los conducía peligrosamente cerca de la insanía.

Todos ellos, excepto quizás una joven mujer que se mantenía profesional y dedicada en su estación de comunicaciones, una de tantas que trabajaban casi en el anonimato en la Sala de Operaciones de Combate Aéreo 47. Los pocos que reparaban en aquella mujer lo hacían por ser ella la hija del Supremo Comandante de las Fuerzas. Lo que ninguno de ellos sabía, y ése era un hecho que constituía una de las ironías más crueles de toda aquella situación, era que se trataba de la única mujer en toda la base, por no decir en toda la Tierra, que se había enfrentado anteriormente a los alienígenas y conocía acerca de su mentalidad y capacidades.

Era también la única entre todos ellos que, armada con ese conocimiento de primera mano, había tratado hasta con desesperación de evitar el Apocalipsis en el que se hallaban. Y en una cierta y perversa manera, su fracaso en esa empresa desesperada la hacía sentirse culpable de la extinción inminente de la raza humana.

¿Había algo más que ella pudiera haber hecho? ¿Existía algún argumento que no hubiera intentado, alguna razón a la que no hubiera apelado, algún contacto al que no hubiera recurrido? Eran preguntas que no dejaban de atormentar a la comandante Lisa Hayes mientras intentaba por enésima vez coordinar los movimientos de los aterrados escuadrones de combate que habían resistido aquella lluvia de muerte.

Aniquilación, era lo único en lo que pensaba desde aquel instante en el que el fuego había abrasado a la Tierra. Ella había visto a los Zentraedi hacer algo muy parecido a un planeta del que nada sabía, pero cuya destrucción igual la había llenado de pánico. Los había escuchado amenazar a la humanidad, representada en ese momento por su propia persona y la de los oficiales que la acompañaban en su cautiverio, con un destino similar. Todo su ser se sacudió de espanto al siquiera pensar en el grado de devastación al que había sido sometido el resto del mundo, allá afuera de ese agujero en el que el Gobierno de la Tierra Unida había cifrado tantas esperanzas.

Pero es en momentos como aquel, en medio de la devastación más completa, en los que la claridad consigue abrirse paso entre las nubes de caos y terror que obscurecen el pensamiento, y permiten vislumbrar las verdades y realidades con una serenidad imposible de concebir.

Y la verdad a la que Lisa Hayes se enfrentaba era una sola: ella moriría allí, de eso no tenía la menor duda. Moriría en su puesto, como correspondía a una buena militar. Moriría siguiendo el destino que su familia, que su dinastía, más había enaltecido durante siglos de orgulloso servicio en la carrera de las armas.

Sacudió la cabeza como queriendo quitarse aquella idea. ¿De qué serviría una muerte valiente, si no quedaba nadie en el mundo que la recordara? Era tan fácil entregarse a la locura colectiva, tanto que incluso era un prospecto más atrayente que morir absurdamente en cumplimiento de un deber que ya no tendría sentido... era tan fácil rendirse...

Con firmeza, ella se enderezó en su asiento y se concentró en su trabajo, tratando de dejar atrás todo lo que no fuera su trabajo. Si había de morir ese día, lo haría con la cabeza en alto y con honor, como había vivido toda su breve e intensa vida.

Revisó en su pantalla para comprobar si había recibido alguna respuesta a los pedidos de informe que había enviado a bases y puestos de mando del GTU en todo el planeta. Y no había otro resultado más que estática: Dakar, Seattle, Copenhague, Sebastopol, Mysore, Yokosuka... todos habían sido aniquilados en ese instante de fuego. Pensó en dejar de intentar, pero se obligó a continuar. Mientras hubiera una sola estación que respondiera, había esperanzas de, valga la redundancia, mantener las esperanzas. Tal vez algunos hubieran seguido con vida, pero no respondieran a causa de la interferencia o del simple terror. Había que seguir intentando. La alternativa era dejarse morir.

El disparo del Gran Cañón, escasos minutos atrás, había traído esperanzas a muchos de los que seguían con vida en la Base Alaska. Algunos hasta habían gritado de alegría al comprobar en sus sistemas que el disparo aniquilaba a las naves Zentraedi de a miles por segundo. Incluso, muchos se habían ilusionado ante la posibilidad de que esa arma acabara por completo con la flota enemiga. Esas ilusiones morían tan rápido como habían surgido, conforme la potencia del disparo se atenuaba y el rayo de destrucción se hacía cada vez más tenue, hasta desaparecer por completo. Al final del ataque, dos millones de naves Zentraedi habían desaparecido, y de todas maneras de nada había servido, ya que tres millones de naves permanecían como si nada hubiera pasado.

Otro disparo había sido ordenado por los aterrados comandantes de la base, y los técnicos que servían a aquella monstruosidad robotecnológica trabajaban contrarreloj para poner al arma a punto para un segundo disparo.

Lisa no había reaccionado ante el disparo del Gran Cañón. Por supuesto, había deseado que aquel acto desesperado aliviara la presión a la que se veía sometida la Tierra, aún cuando no pasaba de ser un gesto inútil que no iba a salvar a la Tierra y a la Humanidad de la aniquilación completa. Desear, después de todo, no costaba nada.

Sus pensamientos vagaban otra vez hacia sus amigos en la fortaleza de batalla, que seguramente estaría ahora en el espacio, combatiendo a los Zentraedi o preparándose para hacerlo. Se permitió incluso una leve sonrisa al pensar en Henry Gloval, proyectando como siempre su imagen de padre protector y remanso de seguridad; en Claudia, cumpliendo fielmente con su rol de madre de las oficiales del puente, asegurándose de que todas cumplieran con su deber; pensó en Kim, Vanessa y Sammie, que como siempre dejarían atrás sus comportamientos a veces infantiles y se abocarían por completo a lo que la situación demandaba de ellas; pensó en Max Sterling y en la esposa que Lisa jamás conocería, cuyo matrimonio había sido una breve e ilusoria vela de paz apagada con crueldad por la tormenta del Armagedón.

Pensó en Rick Hunter, y al hacerlo Lisa sintió un dolor punzante en lo más profundo de su ser.

Rick...

“Dios, cuánto tiempo desperdiciado”, se dijo Lisa, y en su memoria desfilaron uno tras otro aquellos breves pero inolvidables momentos compartidos con Rick. Aquellos instantes especiales que por un tiempo reavivaron en su corazón la esperanza de un nuevo amor. Recordaba con igual cariño las peleas feroces y los momentos de descubrimiento mutuo; las mordaces discusiones en la red táctica y las atrapantes conversaciones que había tenido en momentos libres. Especialmente, y con cada vez mayor frecuencia desde su regreso a la Tierra, recordaba aquellos besos en la nave insignia Zentraedi, aquellos besos que a pesar de haber sido dados por necesidad, habían despertado algo en ella que creía muerto para siempre.

Deseó con todas sus fuerzas volver a ver a Rick, aunque más no fuera escuchar su voz, antes de que la muerte viniera a buscarla. Deseó, imploró, rogó a Dios que le concediera un único deseo... que lo último que viera antes de morir fuera a Rick junto a ella, acompañándola en el último adiós. Si había algo que le quedaba por hacer en la vida, incluso con su último aliento si era necesario, era revelarle que lo amaba con todo su corazón, y sentía que su muerte sería inútil si no lo decía.

Pero sabía que no sería posible. Ya nada era posible, nada en absoluto, excepto lo inevitable. Había tenido su oportunidad antes de regresar a la Tierra, y esa oportunidad ya no existía.

Las alarmas sonaron en todos los rincones de la Base Alaska, y el personal se entregó con más energía a sus tareas, mientras los altoparlantes proclamaban con voz monocorde:

– A todo el personal. Disparo del Gran Cañón en T menos cinco minutos y contando...

***********************************

“Adiós, Minmei... siempre te recordaré”, pensó Rick, dejando que la imagen del beso entre Minmei y Kyle se disipara en su mente. Resignado como estaba a lo que vendría, Rick casi ni sintió la usual molestia que normalmente lo acosaba cada vez que veía a Lynn Kyle acercándose a Minmei.

Ese beso, transmitido no sólo a la red táctica de los Veritech sino también a la flota enemiga, había marcado el fin de todas las ilusiones para Rick. En silencio, deseó a Minmei una vida feliz junto a un hombre que la amara de verdad. Ahora no quedaba más en la vida de Rick Hunter que luchar.

– “As the battle goes on we feel stronger
How much longer must this go on? ...”

Otra docena de battlepods entró al alcance de las armas del Veritech. En cuanto los sistemas de adquisición de blancos los captaron por completo, bastó que Rick oprimiera un botón para lanzar un enjambre de misiles contra las naves de combate Zentraedi. Los misiles tardaron escasos segundos en encontrar sus objetivos, y persiguiéndolos con lo que sólo podría describirse con una tenacidad obsesiva a prueba de toda maniobra evasiva, terminaron por estallar al momento de hacer contacto, borrándolos del espacio.

De cualquier manera, y a pesar de lo impresionante que podía ser aniquilar a doce battlepods en un único ataque, docenas de mechas ya llenaban el radar de Rick, dispuestos a reemplazar a sus caídos camaradas.

Rick no llevaba la cuenta de las naves que había destruido en lo que iba de la batalla, ni siquiera le importaba hacerlo. Todo lo que estaba en su mente en ese momento era la misión, cuyos simples e inflexibles objetivos le habían sido fijados por el capitán Gloval minutos antes del despegue.

Avanzar hacia el enemigo. Acabar con todos los Zentraedi posibles. Mantenerse con vida.

Eran órdenes que los escuadrones de combate del SDF-1, el Skull a la cabeza, cumplirían a rajatabla.

Cientos, tal vez miles de battlepods, cazas y armaduras de batalla Zentraedi habían sido aniquiladas a manos de los Veritech y sus pilotos. Y a pesar de ello, millones de mechas Zentraedi se lanzaban sin pensarlo en frente de la patética y ridículamente pequeña fuerza de ataque que el SDF-1 había enviado en contra de la flota de Dolza. Para los pilotos Zentraedi, y para sus comandantes en las naves de guerra, ese combate tenía una lógica inexorable que lo llevaría a una conclusión obvia, que bien podría haber estado prefijada desde los inicios del cosmos.

Pero los Zentraedi no contaban con lo que podían llegar a hacer los humanos. Ellos podían ser pocos, y sus fuerzas una miseria comparadas con las innumerables legiones de los Zentraedi, pero ciertamente no eran patéticos, y mucho menos entendían de lógicas en momentos como aquel. Lo único que entendían los humanos era la voluntad de luchar hasta el último hombre, y de vender caro su exterminio a los Zentraedi. Si el destino dictaba que la humanidad hubiera de morir aquel día, se asegurarían de que los Zentraedi lo recordaran con terror por el resto de sus existencias.

Las tácticas de Gloval y Breetai eran crudas y brutales, desprovistas de toda elegancia. Las naves Zentraedi que seguían a Breetai disparaban sin parar a la flota de Dolza, no sólo causándoles daños monstruosos sino también previniendo nuevos bombardeos en contra de la Tierra. Luego el SDF-1, que marchaba al frente de la flota combinada, disparaba sus potentes armas Robotech contra la flota enemiga, liberando así un camino para que los escuadrones Veritech y los mechas de Breetai penetraran dentro de las filas enemigas, causando todo el caos y daño que pudieran.

Era una táctica en la que los humanos y sus aliados se estaban volviendo cada vez más capaces, con consecuencias devastadoras para la flota de Dolza conforme continuaba la batalla.

– “Blessed with strong hearts that beat as one
Watch us soar, and with love that conquers all
We'll win this battle, this last battle...”

Las divisiones de la flota Zentraedi que avanzaban para ocupar los espacios dejados por aquellas naves destruidas a manos de los humanos y sus aliados se encontraban acosadas desde todos los flancos por los incansables escuadrones Veritech, que descargaban con furia sus cañones y misiles en contra de ellos. Las pocas naves que conseguían sobrevivir a los desesperados ataques de los Veritech llegaban al frente de la flota sólo para caer bajo el fuego de las armas del SDF-1 y de la flota de Breetai.

Los Veritech del Escuadrón Skull se habían convertido en la personificación de su emblema: eran ahora un símbolo de muerte, provocando tanto terror entre los Zentraedi como el que despertaban los piratas que habían enarbolado la calavera y las dos tibias durante sus correrías por los océanos de la Tierra.

Otros escuadrones de mechas Zentraedi convergieron en la posición de Rick, y con extraordinaria sangre fría Rick atinó a cambiar a configuración Battloid para mayor movilidad y agilidad, dispensando muerte y destrucción al por mayor.

En algún lugar de ese combate estaban Max y Miriya Sterling, devastando las filas Zentraedi como si fueran los mismísimos ángeles de la muerte. El resto del escuadrón, así como los otros escuadrones Veritech de la fortaleza de batalla, hacía estragos entre las confundidas huestes de Dolza, repartiendo misiles y láseres sin discriminación alguna.

Los radares del Skull 001, reconvertido ya a modalidad Fighter, detectaron un inmenso destructor Zentraedi que avanzaba a toda máquina hacia las líneas del frente. Con una sonrisa tétrica en su rostro, Rick armó los misiles nucleares que portaba el Skull 001 en los pilones subalares. El destructor continuaba su avance, sin reparar mucho en el solitario caza blanco y negro que se acercaba hacia él, a tal punto que su comandante ni siquiera se molestó en ordenar su destrucción. Ese fue un error que no tendría tiempo de pagar.

– Muy bien, desgraciados... ¡Esto va por Lisa! – gritó a la nave Zentraedi un segundo antes de jalar del gatillo y lanzar los misiles en contra del destructor.

Pocos segundos luego de ser lanzados, el destructor Zentraedi desaparecía envuelto en una serie de catastróficas explosiones nucleares, y una vez que las explosiones se disiparon en el espacio, del destructor no quedaban más que restos flotantes, ninguno de ellos mayor que una puerta tamaño humano.

– ¡Tengan duro! – proclamó Rick con orgullo luego de ver los momentos finales de ese destructor, y ese breve instante de suficiencia casi le cuesta la vida.

Escasos segundos después de cambiar a Battloid, Rick comprobó con horror que un escuadrón Zentraedi había descargado sobre su Veritech una lluvia de misiles... y casi al mismo tiempo se dio cuenta de que no había posibilidades de evadirlos a todos.

Parecía ser que, después de todo, la muerte había llegado para buscarlo.

Pensando rápido, protegió la sección central del Battloid con los brazos blindados, obteniendo así un mínimo resguardo para sí mismo en el momento en que los misiles hicieron explosión, haciendo que el Skull 001 desapareciera en una bola de fuego.

Lo último que vio antes de que la luz lo encegueciera fue la figura sonriente de Lisa frente a él.

***********************************

Otro conducto estalló, regando de chispas y dscrgas eléctricas la sala de control, que ya se hallaba sumida en una oscuridad interrumpida sólo por las luces de las pocas pantallas que funcionaban. Los corredores y estaciones de la Base Alaska temblaban ante cada nuevo impacto de las armas enemigas.

La mayoría de los controladores de la Sala de Operaciones de Combate Aéreo 47 estaban muertos o moribundos, sus vidas segadas por las monstruosas explosiones provocadas por las armas Zentraedi. Algunos pocos trataban de mantener funcionando los sistemas, en un esfuerzo desesperado e infructuoso que ya no tenía sentido.

Una de esas personas era la comandante Lisa Hayes, para quien su mundo se había reducido a la maltratada consola de comunicaciones frente a la cual estaba sentada.

Por fortuna, los Zentraedi no habían podido lanzar una segunda andanada contra la Tierra; el disparo del Gran Cañón había logrado causar tantas pérdidas a la flota enemiga que ésta se vio obligada a reagruparse antes de lanzar un segundo ataque. Las pocas imágenes transmitidas por los sistemas de observación supervivientes daban cuenta de un ataque a gran escala contra la flota Zentraedi, previniendo así que pudiera reagruparse.

Al ver esas breves imágenes y a pesar de la pésima calidad de recepción, el corazón de Lisa se estremeció. Era el SDF-1, de eso no tenía ninguna duda. La increíble fortaleza espacial estaba atacando a la armada de Dolza, encabezando una lucha temeraria y de final incierto. Lisa pensó entonces en sus compañeros del SDF-1, y se los imaginó determinados y firmes en su voluntad de lucha, con el mismo espíritu desafiante ante la adversidad que habían demostrado a lo largo de toda la Guerra Robotech.

Pensó en Rick, quien de seguro estaría liderando los escuadrones Veritech en aquella carga suicida, y en silencio le deseó toda la suerte del mundo.

Pero a pesar de verse ocupada con el imprevisto ataque, la flota de Dolza no tuvo ningún inconveniente en asignar algunos cientos de naves para que devolvieran a la Base Alaska el favor que le había hecho. Las naves Zentraedi bombardearon toda la región de Alaska con furia, sin importar el costo. Dolza quería aquella base destruida, y si tenían que evaporar todo el continente para hacerlo, lo harían sin pensarlo dos veces.

Había que concederle crédito a los ingenieros militares que diseñaron y construyeron la Base Alaska. Protegida por kilómetros de roca sólida y firmemente construida en las entrañas de Alaska, la base principal del GTU soportó los primeros ataques con relativa facilidad, sobreviviendo a fuerzas destructivas que hubieran reducido a una ciudad a átomos. Pero nada es invulnerable para siempre, y cada nuevo impacto de un cañón de partículas o misil provocaba daños crecientes en la golpeada base terrestre, acercándola un paso más a la destrucción.

Al principio se trataba de explosiones menores e interrupciones en los sistemas, pero pronto cada golpe provocaba cuantiosos daños e innumerables muertos y heridos entre el personal de la base. Una salva particularmente afortunada había forzado a abortar el segundo disparo del Gran Cañón apenas segundos antes de tener lugar. Apenas diez minutos atrás, un impacto había acabado con los generadores de energía principales, y toda la base quedó sumida en la más negra de las oscuridades.

Hacía cinco minutos que Lisa Hayes no sabía nada de alguna otra persona en la Sala 47, ni escuchaba voz alguna, excepto por los quejidos de algunos moribundos desperdigados por toda la Sala. Los ojos de Lisa, habituados ya a la oscuridad, estaban nublados por el humo, y el aroma de los cuerpos muertos y calcinados le provocaba náuseas y repulsión. A pesar de una curiosidad malsana, Lisa se contuvo de echar un vistazo a la Sala, temerosa de encontrarse con los rostros de terror de los otros oficiales de la Sala, congelados en el instante mismo de la muerte.

Allí sentada, rodeada por los muertos y moribundos de la Sala 47, Lisa Hayes descubrió que había una sola cosa peor que morir en combate: ser la única sobreviviente.

Quería que el fin llegara rápido, que esa agonía no se prolongara por mucho tiempo más.

A pesar de esos deseos de muerte, y como si estuviera siguiendo alguna compulsión enfermiza, Lisa se afanaba por contactar a alguna otra persona con vida en la Base Alaska. Cambió los sistemas de su consola a modo de comunicación interna, e intentó contactar a otros puestos de la base.

La respuesta era siempre la misma: estática, excepto por los tres segundos en los que pudo hacer contacto con una estación de monitoreo en el otro extremo de la Base, y sólo para escuchar los desgarradores gritos del operador de radio al momento de ser envuelto por las llamas.

Probó con otro canal, ya casi habiendo perdido las esperanzas de encontrar viva a alguna otra persona.

Para su sorpresa e infinita alegría, hubo alguien que respondió a su llamado. Su padre.

Lisa reprimió una expresión de espanto al ver las heridas que había sufrido su padre. A pesar del caos que ella podía ver que imperaba en la Central de Operaciones, el almirante Donald Hayes conservaba la dignidad hasta el último momento, e incluso su uniforme parecía no haber sufrido daño alguno.

– ¿Lisa, eres tú? ¡Te escucho, pero la transmisión es muy débil! – gritó el almirante tratando de hacerse oír por sobre la estática y las explosiones que ocurrían detrás suyo.

– ¡Padre, gracias a Dios que sigues con vida! – exclamó ella con alegría y lágrimas en los ojos.

Donald Hayes recuperó el porte militar luego de un breve instante de genuina alegría por comprobar que su hija seguía viva.

– El Gran Cañón ha sufrido graves daños, y no podrá disparar... – dijo en voz resignada, como si todas las esperanzas del planeta hubieran muerto con aquella gigantesca arma.

– ¡Oh, no!

– Tenías razón, Lisa... – admitió el almirante con una sonrisa triste en sus labios y la cabeza gacha – las fuerzas sZentraedi son demasiado para nosotros. No podemos hacer nada contra ellos...

La expresión del almirante cambió, y suplicó con desesperación a su hija, como si su tiempo se estuviera agotando:

– Debes irte mientras puedas, Lisa. Por favor, vete aho...

El almirante Hayes jamás pudo terminar la frase.

Desde donde estaba Lisa, todo lo que pudo ver fue una llamarada de fuego que devoraba a su padre sin darle siquiera la oportunidad de despedirse. Subsecuentes explosiones acabaron con lo que quedaba de la Central de Operaciones, y el ánimo de Lisa terminó por destruirse al saber que había sido testigo de la muerte de su padre.

– ¡¡¡NOOOOO!!! ¡Padre... padre! – sollozó dejándose caer sobre la consola y deseando morir de una vez.

***********************************

En su inconsciencia, pudo oír un sonido que parecía provenir del más allá. Conforme pasaba el tiempo -¿realmente pasaba el tiempo o era una ilusión?- el sonido se hacía más y más inteligible, hasta que pudo reconocerlo como... un llanto. Un apagado, pero desgarrador llanto que lo conmovía en lo más profundo de su ser, y cuya voz le sonaba muy familiar...

Ese llanto lo intrigaba, lo desconcertaba, y lo que era más, parecía llamarlo. Poco a poco, Rick fue recobrando el sentido, hasta que abrió sus ojos y trató de recordar en donde estaba. En ese momento, el llanto que pareció escuchar quedó tapado por el canto de Minmei, que continuaba invadiendo la cabina del Veritech a través de todas las frecuencias de la red táctica.

Todo su cuerpo le dolía, sobre todo la cabeza, que parecía latirle dentro del casco de vuelo de manera insoportable. Tardó un poco en incorporarse y una vez que lo hizo, lo primero que vio fue la pantalla principal de su cabina, que le indicaba con luces de alarma que se aproximaba peligrosamente a la atmósfera de la Tierra.

Una corta mirada a un indicador de diagnóstico le hizo saber que el Veritech se hallaba aún en condiciones de vuelo, a pesar de haber estado flotando a la deriva y en modo Battloid luego del impacto de los misiles. Los datos del radar mostraban que la batalla estaba en estos momentos a miles de kilómetros de distancia, iluminando con sus explosiones los cielos del Mar Mediterráneo.

El Veritech no tenía potencia suficiente para reunirse con las fuerzas del SDF-1, y aún de poder hacerlo, había prácticamente agotado su munición, excepto por los láseres. Peor aún, Rick comprobó que el Skull 001 había perdido ambos brazos en su intento de defenderse de los misiles Zentraedi. Retomar la batalla en esas condiciones sería una invitación al suicidio, ya que literalmente entraría al combate manco de ambos brazos.

De todas maneras, ni siquiera podía escapar la atracción gravitacional de la Tierra, lo que convertía cualquier plan de regresar a la batalla en una fantasía.

Lo único que le quedaba por hacer era controlar la manera en que entraría a la atmósfera terrestre. Con un movimiento de la palanca cambió a modalidad Fighter y maniobró el Skull 001 para un ingreso seguro a la atmósfera. Desplegó los campos térmicos del Veritech para no incinerarse en el proceso, e incluso llegó a sentir algo de fresco, un cambio de temperatura que Rick recibió con bastante alivio.

La transmisión de Minmei se interrumpió a causa de los campos térmicos y de la interferencia atmosférica, y por primera vez desde que había dado inicio la batalla, la cabina del Veritech estaba en silencio, matizado por el sonido de los instrumentos e indicadores de vuelo.

Su mente volvió a viajar a los instantes inmediatamente posteriores al bombardeo Zentraedi. Se hallaba junto a Minmei en su camarote, tomándola de las manos y dándole fuerza para seguir adelante y para poder llevar a cabo el plan que había pensado.

Recordaba aquella declaración de amor y el beso que la siguió, y por segunda o tercera vez en el día, su corazón se contrajo al sentir que había sido algo forzado, casi antinatural. Algo que no debía ser. Quiso quitar esos pensamientos de su mente, pero encontró que era prácticamente imposible. Era como si la verdad se hubiera abierto paso con la fuerza del rayo por entre la confusión, y se negara ahora a permitir el retorno de la fantasía.

En cierta manera, había sido como el beso de la Bella Durmiente, despertándolo de una ilusión que no pasaba de ser un sueño.

Realmente no quería seguir pensando así, porque sabía muy bien en donde terminaría ese tren de pensamientos. En Lisa.

Quiso golpear la cabina del Veritech, o hacer cualquier cosa para descargar su frustración y dolor. Tarde había llegado aquella revelación, demasiado tarde... Todo ese tiempo desperdiciado corriendo detrás de un sueño, mientras por debajo iba creciendo algo que había tenido tanto potencial para ser algo hermoso, y que ahora había dejado de existir.

Lisa...

Su imagen apareció frente a sus ojos... aquella figura atlética que el uniforme no podía ocultar, aquellas piernas interminables, sus encantadores ojos verdes, su largo cabello castaño, por más que ella insistiera en peinarlo de esa manera, su rostro iluminado por una sonrisa... Recordaba los pocos momentos en los que había tenido la rara oportunidad de ver a Lisa como mujer, y no sólo como oficial superior, y sintió una punzada en el corazón al pensar en todo lo que pudo ser y jamás sería.

“Si tan sólo la hubiera invitado a salir aquella noche antes de que regresara a la Tierra...” Rick cerró su puño e hizo un esfuerzo para no golpearlo contra algo.

Una alarma le indicó que había terminado la fase más peligrosa del ingreso a la atmósfera, y el radar volvió a funcionar con normalidad. Los campos térmicos habían sido desactivados, y la cabina había recuperado su visibilidad normal. Según los mapas de navegación de la computadora del Veritech, Rick se hallaba en ese momento sobrevolando la península de Kamchatka, en el extremo noreste de Asia.

Aunque por lo que podía ver, bien podría haber sido un paisaje de la Luna o Marte.

La devastación había sido absoluta. La superficie de la Tierra estaba completamente negra hasta donde alcanzaba la vista, y si era por las cenizas o porque simplemente había sido calcinada, Rick no lo podía determinar. Entre los gigantescos cráteres dejados por las armas Robotech, Rick podía divisar restos de lo que tal vez hubieran sido ciudades apenas horas atrás, convertidas ahora en cementerios para sus habitantes y para la raza humana. Nubes de polvo flotaban en el cielo, impidiendo que la luz de las estrellas atravesara y trajera algo de iluminación a la devastada superficie. Sólo podía verse la luz de la Luna, y por sobre el horizonte asomaban las brutales explosiones de la batalla, que continuaba rodeando a la Tierra en una procesión de muerte.

Rick se preguntó cómo estaría marchando la batalla. ¿Acaso los humanos y sus aliados Zentraedi estaban cerca de la victoria, o Dolza estaba también reduciéndolos al olvido?

“Sea como sea, no voy a formar parte de eso”, se dijo mientras volvía a revisar su posición.

Cayó en la cuenta de que no estaba muy lejos de lo que alguna vez había sido Alaska, y su corazón dio un vuelco cuando volvió a pensar en Lisa.

Los labios de Rick se contrajeron en una fina línea, y jamás se sintió tan decidido como en ese momento. Dando máxima potencia a las turbinas del Veritech, corrigió su curso hasta apuntar en línea directa a las coordenadas de la Base Alaska.

“Si tengo que morir, lo haré lo más cerca posible de ella”, pensó.

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El bombardeo ya había terminado, pero no antes de haber convertido a la Base Alaska en un montón de ruinas. Ninguna de las estructuras construidas sobre la superficie había sobrevivido, mientras que los vastos túneles del complejo subterráneo se asemejaban a catacumbas sembradas de escombros y muertos. El tiro del Gran Cañón era ahora un monstruoso agujero humeante que parecía una puerta directa al infierno.

Los niveles inferiores del complejo, a quince kilómetros de la superficie, habían sufrido menos daños en comparación con los superiores, resguardados como estaban por kilómetros de roca sólida. Pero eso no quería decir que hubieran salido indemnes.

Arrodillada en el suelo, Lisa se había tomado el trabajo de acompañar en sus últimos estertores al teniente Boylar y a la sargento Nakamura, quienes habían sido los últimos operadores de la Sala 47 en fallecer, luego de una agonía dolorosa y demasiado prolongada. Durante el poco tiempo que llevaba en la Base Alaska, Lisa no había conocido mucho a ninguno de los dos excepto por los requerimientos del trabajo, pero a pesar de todo ella sintió que lo menos que podía hacer por ellos era estar a su lado mientras morían. Aún sin poder hablar a causa de sus heridas, Boylar y Nakamura le habían dado a entender a Lisa que agradecían lo que hacía por ellos, y eso significó mucho para Lisa en un momento como ese. Al menos le estaba haciendo un bien a alguien.

No había dejado de ser una experiencia horrible. La devastación de la Tierra había sido un cataclismo cuyas magnitudes escapaban a cualquier esfuerzo de la imaginación, lo que paradójicamente contribuía a hacer más llevadero el impacto. Pero esto... Boylar y Nakamura le habían dado un rostro humano a la tragedia, y eso sin mencionar a su padre. Sosteniendo la mano inerte de la sargento Nakamura, Lisa rompió en lágrimas de dolor cuando el recuerdo de los últimos instantes de su padre se repitió en su mente.

Recuperándose, Lisa cerró suavemente los ojos de los dos difuntos, y con mucho esfuerzo se puso de pie. Recorrió con la mirada lo que había sido la Sala de Operaciones de Combate Aéreo 47, convertida ahora en un grotesco cementerio para sus operadores, y que pronto lo sería para ella también. Muchos de los cadáveres estaban aún sentados en sus consolas, sosteniendo micrófonos y con los dedos sobre los botones, como queriendo cumplir con su deber aún después de la muerte.

El lugar estaba a oscuras, salvo por una tenue luz roja de emergencia que milagrosamente continuaba funcionando, conectada a un generador auxiliar. No era mucho, pero bastaba para poder ubicarse y guiarse al caminar.

Lisa permaneció de pie, considerando lo que haría a continuación. Era tan sencillo, pensó, tan fácil dejarlo todo y sentarse a esperar a la muerte... Se preguntó cuánto tardaría en llegar. No había sufrido heridas graves, más allá de algunos magullones y golpes, y eso significaba que debería esperar un buen tiempo. Se preguntó bajo qué forma horrible llegaría la muerte. O quizás, y Lisa no evitó estremecerse al estudiar con tanta frialdad la posibilidad, ella pudiera acabar con todo por su propia mano... Esas reflexiones no dejabas de ser un deporte macabro y tétrico, pero a Lisa ya nada le importaba. Sólo le quedaba decir su último adiós a todos los que había amado.

Todo había acabado, y lo único que faltaba era que ella también acabara.

Cerró los ojos un instante, pero sintió algo dentro suyo que se rebelaba contra aquella resignación a la muerte. Aún le quedaba fuego dentro, y en lo más recóndito de su ser escuchaba una voz, que no sabía si era la suya propia, la de su padre o incluso la del capitán Gloval, que la instaba a no rendirse sin luchar, a hacer un intento final, a no dejar que simplemente la muerte pasara por ella.

Sus puños se cerraron, sintiendo la determinación revitalizando todo su cuerpo. Regresó rápidamente a la consola y comprobó que podía hacerla funcionar conectándola al generador auxiliar, cosa que gracias a su experiencia técnica le llevó menos de cinco minutos.

Dejó escapar una breve exclamación de victoria cuando vio que la pantalla y los indicadores se encendían gracias a la energía que recorría sus circuitos. Ahora sólo era cuestión de que el sistema pudiera funcionar... y de que hubiera alguien en algún lugar del mundo que respondiera a su voz.

Con que hubiera uno sólo, eso ya era motivo suficiente para seguir luchando. Lisa no quería ser la última persona sobre la faz de la Tierra.

El sistema respondió a sus comandos, y un menú en la pantalla le preguntó si deseaba transmitir a algún destino en particular, usar una frecuencia específica o emitir una transmisión general y abierta en todas las frecuencias. Por un segundo, la inercia de los procedimientos militares casi hace que Lisa seleccionara una frecuencia de uso militar, pero se detuvo antes de hacerlo.

Era un mensaje de auxilio, una llamada desesperada pidiendo ayuda, y Lisa la haría a cualquiera que pudiera captarla, sea militar o civil, distinción que por otro lado carecía de sentido en un momento como ese.

Una vez que el sistema estuviera listo para transmitir, Lisa tomó el micrófono y comenzó a hablar con una voz temblorosa, cargada de temor a pesar del tono serio e impávido que trataba de imprimirle.

– Aquí... Aquí la comandante Hayes de la Base Alaska. Cualquiera que pueda oír mi voz, por favor, responda...

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El Veritech sobrevolaba los últimos kilómetros del Mar de Bering en su vuelo hacia la nada. Las Islas Aleutianas habían quedado atrás y el Skull 001 se aproximaba ya a las costas de Alaska.

Rick Hunter no podía emitir sonido alguno, concentrado como estaba con pilotear el avión, y con sus sentidos abrumados por la dimensión de la devastación que podía observar.

Era inconcebible, demasiado espantoso como para poder ser verdad. Demasiado brutal para caber en el entendimiento de una simple persona.

Permitiéndose cerrar los ojos un instante, Rick deseó que nada de esto fuera cierto, y que todos los eventos de aquel día no fueran más que una enferma pesadilla creada por su imaginación. Por desgracia para él, al abrirlos debió hacerse a la idea de que lo que veía era la realidad.

Reconoció al instante algunos de los accidentes de la costa de Alaska. Había estado en Alaska en un par de oportunidades con el Circo Aéreo, y Rick se había maravillado con sus imponentes escenarios naturales. Esos escenarios, esos bosques, acantilados y montañas, ya no existían... por donde se la viera, Alaska se había convertido en un paraje yermo y cubierto de cráteres.

Los ojos de Rick divisaron una inmensa columna de humo y fuego que se elevaba hacia estribor, como pira funeraria. Comprobando la posición con su mapa, Rick descubrió con horror que esa columna de muerte había sido la ciudad de Anchorage, la más grande de la región, y sus labios se contrajeron en una mueca de espanto. Toda la ciudad ardía en llamas, elevando nubes de humo en el cielo negro. Durante aquellas visitas del Circo Aéreo, Rick y su padre se habían hospedado en Anchorage, y la ciudad traía numerosos recuerdos alegres para Rick.

Al sobrevolar la ciudad, Rick se santiguó y rezó una oración corta por los difuntos, sin olvidar en ella de pedir por Lisa.

Revisó por última vez su curso, fijándolo definitivamente en dirección de la región central de Alaska, en donde se hallaba la Base Alaska de acuerdo a la información que tenía. De cualquier manera, la base iba a ser fácil de identificar... por lo que sabía, se trataba de un gigantesco agujero que iba casi hasta el centro de la Tierra.

La costa había desaparecido debajo de él, y se adentraba en la extensión de Alaska.

¿Qué haría en cuanto llegara a la Base Alaska? ¿Permanecería afuera, esperando lo que el destino le deparara, o buscaría entrar? ¿Se atrevería a recorrer aquellos túneles en busca de Lisa? Su corazón palpitaba con mayor fuerza al pensar en ella, y dentro suyo crecía sin detenerse la necesidad de verla una vez más, viva o muerta. Tenía tantas cosas que decirle...

Impulsado por la costumbre, Rick encendió la radio del Veritech, como lo había hecho tantas veces para conectarse a la red táctica. Sonrió con tristeza al pensar que quizás lo había hecho para recordar cuando Lisa le gritaba a través de la red.

Pero en lugar de la voz de Lisa, o de cualquier voz humana, la radio sólo transmitía estática de forma ininterrumpida. No había nada que captar, ninguna voz que escuchar... nada en absoluto más que la estática, convertida en el sonido del exterminio.

Rick casi apagaba la radio cuando un sonido extraño lo sobresaltó. Por un breve instante, pensó que algo parecido a una voz humana se había colado por entre la estática. Al principio, lo consideró una ilusión, una mala pasada de su desesperada imaginación, pero después volvió a escuchar ese sonido, esta vez por un par de segundos. El corazón de Rick dio un vuelco al confirmar que sí se trataba de una voz humana.

Se precipitó sobre la radio en un intento de fijar la frecuencia a la que transmitía, pero se dio cuenta de que la voz aparecía de manera intermitente en distintas frecuencias.

“Debe de ser una transmisión abierta”, pensó mientras ajustaba los controles de la radio. Conforme pasaba el tiempo, se hacía más inteligible la transmisión, posiblemente debido a que se estaba aproximando a la fuente. Con impaciencia cada vez mayor Rick aguardó unos segundos que parecieron eternos a que la transmisión se hiciera comprensible.

Y en cuanto pudo escuchar la transmisión, y distinguir la voz de quien la estaba haciendo, pensó que se estaba volviendo lisa y llanamente loco. Porque lo que estaba escuchando era sencillamente imposible...

– Repito, habla la comandante Hayes de la Base Alaska. Cualquiera que pueda oír mi voz, por favor responda...

¡No podía ser! Rick tardó unos segundos en procesar lo que escuchaba. Era imposible, pero no había dudas... Lisa había sobrevivido al ataque y continuaba con vida. A pesar de aquel bombardeo monstruoso, ella había logrado escapar... El shock había sido tal que la mano de Rick demoró en responder a su voluntad, y pasaron unos instantes interminables hasta que Rick pudo activar el transmisor de radio.

Sin poder contener su ansiedad, Rick exclamó a través del radio:

– ¡Soy yo, Lisa!

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– ¡Soy yo, Lisa!

Los ojos de Lisa se habían abierto bien grandes en cuanto escuchó aquella voz. Durante varios minutos había estado transmitiendo su desesperado pedido de auxilio a través de todas las frecuencias, rogando que hubiera alguien en algún lugar de la Tierra que le pudiera responder.

Ya estaba a punto de perder las esperanzas cuando escuchó una respuesta a su llamado. Confundida por la adrenalina de las últimas horas, Lisa tardó en identificar aquella voz, que sin embargo le resultaba tan familiar. Poco a poco, ella fue cayendo en la cuenta de quién estaba respondiendo a su mensaje, y sintió que se le ponía la piel de gallina.

– Parece la voz de Rick... – se dijo como tratando de convencerse de ello. Por supuesto, su lado racional se rehusaba a aceptar la posibilidad. Era sencillamente imposible que de todas las personas en el mundo, la primera –¡la única! – en captar su llamado de auxilio y en responder fuera nada más y nada menos que Rick Hunter.

“Debe ser alguna clase de alucinación, Lisa” pensó. No había forma de que eso fuera real. Tal vez sí se estaba volviendo loca, tal vez era el primer paso antes de que sobreviniera la muerte.

Y sin embargo...

– ¡¿Eres tú, Rick?! – exclamó con una indisimulable alegría, sintiéndose viva por primera vez desde que había comenzado la batalla y esperando una respuesta como jamás había esperado algo en la vida.

La respuesta fue rápida y contundente, y eliminó todas las dudas de Lisa:

– Sí, Lisa... soy yo... – respondió Rick, todavía un poco atontado ante el impacto de descubrir que Lisa seguía con vida.

– ¡Es un milagro...! – suspiró Lisa en voz baja, y luego preguntó: – Rick, tú... pues... ¿Qué estás haciendo aquí?

– Tuve un problemita y quedé afuera de la batalla, y ya que estaba por el barrio decidí hacer una visita...

Para su propia sorpresa, Lisa sonrió ante el comentario de Rick, dicho con el desparpajo que lo caracterizaba. Un pensamiento optimista, algo ya de por sí extraño dada la situación, asaltó a Lisa y la llenó de nuevas esperanzas. Si Rick seguía con vida, tal vez el resto de la tripulación...

– ¿Qué hay del SDF-1? ¿Están todos bien? – preguntó sin contener su ansiedad.

– La última vez que supe de ellos, estaban dándole un buen castigo a la flota Zentraedi, pero eso no importa ahora... Lisa, ¿estás bien? - preguntó Rick con preocupación en su voz.

Lisa tragó saliva antes de contestar. ¿Qué podía responder a eso? El recuerdo de su padre y de los instantes de horror que vivió desde que empezó el ataque eran claras señales de que no estaba bien, pero a pesar de todo, sentía como si ahora realmente las cosas estuvieran mejorando. Ahora que sabía que había alguien más con vida, y que esa persona era justamente aquel a quien...

– Sí, pero creo que soy la única. Nadie más contesta... – respondió elevando su voz para que Rick la pudiera oír por sobre el ruido de fondo.

En la cabina del Veritech, Rick se permitió la primera sonrisa real desde que la Tierra fue bombardeada. Era una sonrisa de alivio y de completa alegría al saber que Lisa estaba aún con vida, y que a pesar de toda aquella destrucción le había sido dada una segunda oportunidad. Rápidamente llegó a una decisión. Escucharla decir que tal vez fuera la única con vida en aquella base sólo hizo que Rick ansiara aún más el estar a su lado para rescatarla y protegerla. Después de todo, tal vez las habladurías tenían razón y él sí tenía un complejo de caballero andante...

– ¿Estás sola? Lisa, dame tus coordenadas – preguntó sin pensarlo mucho más.

El pedido de Rick desconcertó a Lisa. “Espero que no esté pensando en lo que creo que está pensando”. Iba a decirle algo al respecto, pero la voz de Rick la interrumpió, dándole todas las respuestas que necesitaba.

- ¡Apresúrate, iré a sacarte de ahí!

Sí, el muy demente lo iba a hacer. Lisa no sabía bien las condiciones en las que se hallaba el resto de la base, pero sí sabía que la Sala 47 estaba en uno de los niveles más bajos de la Base Alaska, a kilómetros de la superficie, y se estremeció al pensar en todo lo que tendría que atravesar Rick para llegar a ella. Sintió ganas de protegerlo, y de cuidarlo de cualquier peligro, aún si eso significaba abandonar toda esperanza de salvar su propia vida...

– ¡Olvídalo, no puedes! ¡Es muy peligroso! – exclamó Lisa con repentina preocupación, dudando sobre si tendría que hacer de ese pedido una orden expresa.

Rick meneó la cabeza, sonriendo con picardía al escuchar el pedido de Lisa, y no tardó en decidir que lo ignoraría por completo, como lo había hecho tantas veces con tantas otras órdenes que Lisa le había dado en el pasado.

– Lo siento, comandante, su transmisión es muy débil. No escuché esa última parte – dijo con un tono algo jocoso.

– ¡Maldición, Rick, es demasiado arriesgado! ¡Vete ahora mismo antes de que te metas en algún problema! – exclamó ella, y una pequeña parte de su personalidad se indignó ante la idea de que aún en el fin del mundo Rick Hunter era capaz de desobedecer una orden suya.

– Un poco más de peligro no me va a hacer mal. Ya verás, te sacaré de ahí antes de lo que imaginas – respondió él, minimizando el peligro del que Lisa le estaba advirtiendo.

“¡Diablos, Rick! ¿Acaso no entiendes lo que es una orden?” quiso gritarle Lisa al escuchar aquella respuesta tan arrogante, tan típicamente de Rick. “¿Sabes que no quiero perderte?” Sin embargo, todo eso ya no importaba. ¿Qué sentido tenía impartir órdenes cuando las fuerzas armadas ya no existían? Lo único que le importaba a Lisa era que a pesar de todo, incluso de sus propias órdenes en contrario –por más que él no supiera que habían sido órdenes– Rick aún estaba dispuesto a intentar salvar su vida.

– ¡Hazme un favor y mantén el canal encendido, así puedo rastrear tu transmisión! – agregó finalmente Rick, dando los últimos preparativos para su inesperada y autoimpuesta misión de rescate.

“Bueno, parece que está decidido”, pensó ella mientras ponía al sistema en transmisión continua, para darle a Rick una baliza que lo guiara hasta ella.

Unas lágrimas escaparon de los ojos de Lisa, y la alegría la había embargado tanto que su voz se quebró al decirle con total sinceridad, mientras pegaba el auricular a sus oídos para no perder ni una palabra de la voz de Rick:

– Oh, Rick, me alegra tanto escucharte... ¡Ten cuidado! – agregó al final, rogando que no lo perdiera ahora que lo había encontrado, y agradeciendo al cielo por ese pequeño milagro en medio de tanta muerte y desolación.

Quiso decirle una cosa más, algo que llevaba en el corazón desde hacía demasiado tiempo, pero la emoción que la dominaba no le permitió decirlo, y se conformó con besar suavemente el micrófono, en un gesto tanto de aliento como de amor.

En la cabina del Veritech, Rick sonrió, y su corazón se derritió al escuchar esas palabras tan tiernas y sentidas de boca de Lisa. Pero lo que más lo enterneció fue un breve sonido que vino a continuación de la última frase de Lisa. Era un sonido inusual en una transmisión militar, y que sonaba muy parecido a un beso...

– ¡Allá voy! – exclamó por la radio, como un grito de guerra.

Dando potencia a sus posquemadores, el Veritech se lanzó a toda velocidad para llegar antes a la Base Alaska, ahora que había un buen motivo para llegar allí.

Mientras tanto, sentada frente a una consola en una devastada sala de operaciones enterrada kilómetros por debajo de la superficie de la Tierra, la comandante Lisa Hayes se recargó contra su asiento y se permitió soñar con un milagro más en ese día cargado de muerte, un milagro de ensortijados cabellos negros y brillantes ojos azules...

CONTINUARA...


Dom Nov 21, 2010 4:27 am
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